Capital cerebral: qué es y por qué los argentinos fallan en hábitos clave
Una encuesta revela que el 70% confía en su capacidad de aprender, pero solo el 24% hace actividad física suficiente.

Una encuesta del Instituto de Neurociencias y Bienestar de Insight 21, el think tank de la Universidad Siglo 21, indagó sobre el capital cerebral de los argentinos. Los resultados muestran una paradoja: mientras que el 70% de los consultados confía en su capacidad para aprender cosas nuevas, los hábitos que sostienen el funcionamiento cerebral están muy por debajo de lo recomendado.
El concepto de capital cerebral, desarrollado en la neurociencia y la economía del comportamiento, propone tratar las capacidades cerebrales de una población como un activo estratégico. Según los autores, invertir en este capital genera retorno en bienestar, productividad e innovación. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud cerebral como uno de los ejes de desarrollo.
El relevamiento se realizó mediante encuestas telefónicas a 1050 hombres y mujeres de entre 18 y 70 años en siete ciudades del país: Ciudad de Buenos Aires, Comodoro Rivadavia, Córdoba, Corrientes, Mendoza, Rosario y San Miguel de Tucumán. El informe identifica tres pilares del capital cerebral: habilidades cerebrales, salud cerebral y factores impulsores, entre los que se encuentran los hábitos de vida.
El pilar más débil es el de los factores impulsores. Apenas el 24% de los encuestados realiza los 150 minutos semanales de actividad física moderada recomendados por la OMS, el 47% duerme menos de siete horas por noche y solo el 29% consume frutas y verduras a diario, cuando la recomendación es de al menos 400 gramos por día.
Esta tensión entre la autopercepción positiva y los hábitos deficientes es, según el informe, el principal desafío y la mayor oportunidad del capital cerebral argentino. “Los hábitos de vida son, paradójicamente, el componente más débil y, al mismo tiempo, el más accionable”, explicó Fátima González Palau, directora del instituto. “Son conductas modificables: pequeñas mejoras sostenidas pueden traducirse en ganancias concretas para la cognición, el ánimo y la productividad”.
Las brechas se profundizan según el nivel socioeconómico y educativo. Por ejemplo, el 70% de los encuestados de nivel medio-alto consideró tener acceso a oportunidades de aprendizaje continuo, frente al 49% del nivel bajo. En salud cerebral, el 38% de los estratos bajos reportó buena salud mental, contra el 58% en los medios-altos.
El nivel educativo impacta en los hábitos: entre quienes completaron secundario o menos, solo el 17% realiza actividad física suficiente, mientras que entre universitarios el porcentaje asciende al 29%. El consumo diario de frutas y verduras también muestra diferencias: 15% contra 37%. Sin embargo, el déficit de sueño es transversal a todos los grupos.
“Las personas con mayor nivel educativo tienden a presentar hábitos de alimentación y actividad física más saludables”, señaló González Palau. Esto refuerza la importancia de la educación como facilitadora de conductas beneficiosas. La confianza en las propias capacidades, en cambio, se mantiene alta y pareja en todos los niveles, sin brechas significativas.
Fuente: Lanacion.
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