Divulgación Científica

Cómo el sonido modifica el cerebro y el corazón, según la ciencia

Investigaciones en Alemania y el Max Planck Institute muestran cambios en la actividad eléctrica cerebral, la respiración y la frecuencia cardíaca a partir de la música y la vibración

Redacción••3 min de lectura
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La ciencia afirma: “la música puede producir cambios en la actividad eléctrica cerebral y en la frecuencia cardíaca”

La música, la voz y la vibración pueden modificar la actividad eléctrica cerebral, la frecuencia cardíaca y el patrón respiratorio. Eso es lo que sostienen distintos estudios científicos que analizan qué ocurre en el cuerpo cuando una persona escucha, siente o produce sonido, y que retomaron Patri y Nico, creadores del proyecto Frecuencia Sonido, radicados en las sierras de San Luis.

Una investigación del Hospital Universitario de Regensburg, en Alemania, realizada con 34 participantes y cuencos apoyados sobre el cuerpo, registró cambios en la actividad eléctrica cerebral y en la frecuencia cardíaca, junto con una mayor percepción subjetiva de bienestar. Otro trabajo del Max Planck Institute for Human Development encontró que la respiración y la variabilidad de la frecuencia cardíaca se sincronizaban entre los integrantes de un coro durante el canto, y que esa sincronización era mayor cuando cantaban al unísono.

El recorrido de Patri y Nico empezó hace más de veinte años, cuando dejaron Buenos Aires y Rosario para instalarse con sus tres hijos en las sierras de San Luis. Construyeron su casa con sus propias manos y comenzaron a fabricar instrumentos de manera autodidacta. Con el tiempo notaron algo inesperado: dejaron de sentir tanta necesidad de escuchar música, pero apareció otra, hacerla.

"En medio de la naturaleza comenzamos a experimentar la música de otra manera. No como algo que necesariamente había que estudiar o interpretar correctamente, sino como una forma espontánea de expresión humana", explicaron los creadores de Frecuencia Sonido.

Las primeras pistas no llegaron de un laboratorio, sino de lo que observaban a su alrededor. Personas que se acercaban a compartir experiencias sonoras se relajaban profundamente y, en talleres realizados en escuelas, chicos con dificultades para sostener la atención en clase lograban concentrarse dentro de la experiencia sonora y terminaban más relajados.

La voz también funciona como puerta de entrada. Sostener una vocal, tararear o cantar puede modificar el patrón respiratorio: en un estudio experimental, la vocalización prolongada llevó la respiración de los participantes a unas seis respiraciones por minuto. Producir sonido con la propia voz puede cambiar la manera de respirar y, a través de ella, el estado fisiológico.

Uno de los primeros instrumentos que fabricaron fue el didjeridoo. Su sonido grave y continuo no solo se escucha: se siente físicamente en el cuerpo. Después comprendieron que la vibración puede estimular piel, músculos, fascia y otros receptores corporales conectados con el sistema nervioso.

Con el tiempo apareció otra observación: mientras hacían música con sus propios instrumentos, comenzaron a encontrarse de manera espontánea en estados meditativos profundos. La continuidad, la repetición y la escucha podían convertirse por sí mismas en un punto estable para la atención.

También marcaron una diferencia central: escuchar no es lo mismo que hacer música. Cuando una persona canta o toca un instrumento, además de escuchar, respira, coordina movimientos, presta atención, produce un sonido y responde a él. Esa participación activa suma dimensiones que la escucha por sí sola no tiene. La música compartida, en ese sentido, puede coordinar algo más que sonidos.

Más de veinte años después de aquellas primeras experiencias, buena parte de esa búsqueda tomó forma en dos instrumentos centrales de Frecuencia Sonido: la tampura y el monocordio. Ambos trabajan con sonidos continuos y ricos en armónicos. La tampura genera un sonido pedal estable, característico de la tradición musical india, que permite permanecer dentro de un mismo campo sonoro. El monocordio suma la dimensión corporal: sus numerosas cuerdas producen una vibración que, al entrar en contacto con la persona, se escucha y se siente al mismo tiempo.

La intención que guía su trabajo es desarrollar instrumentos que puedan ser utilizados por personas sin formación musical y que les permitan experimentar su propia musicalidad de manera intuitiva. Para Patri y Nico, el objetivo no es convertir a las personas en músicos, sino recuperar la capacidad de ser seres musicales.

Hoy continúan viviendo y trabajando en las sierras de San Luis, donde fabrican artesanalmente instrumentos musicales holísticos y herramientas sonoras que venden a distintos lugares de Argentina y del mundo, entre ellos España y México. También realizan talleres, retiros y comparten investigaciones sobre sonido, música, meditación y vibroacústica.

Por qué importa

La evidencia científica sobre cómo el sonido incide en el sistema nervioso y el bienestar abre una puerta concreta: prácticas simples como cantar, tararear o usar instrumentos vibratorios podrían influir en el estrés y la atención sin necesidad de formación musical.

Qué sigue

Queda por ver si estos hallazgos se traducen en protocolos aplicados a salud, educación y terapias complementarias, un campo que sigue en investigación y que aún no cuenta con regulación específica en Argentina.

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