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Exit 8: el horror en los pasillos del subte de Tokio

La película de Genki Kawamura adapta el videojuego japonés con una premisa simple pero efectiva: un hombre atrapado en una estación de subterráneo.

Redacción2 min de lectura
Exit 8: el horror en los pasillos del subte de Tokio
Exit 8: el horror en los pasillos del subte de Tokio

Exit 8, la película de Genki Kawamura, lleva a la pantalla grande la premisa del videojuego homónimo: un trabajador desciende de un tren en Tokio y se ve atrapado en los pasillos de la estación, incapaz de encontrar la salida. Lo que comienza como un viaje cotidiano al trabajo se convierte en un laberinto de incertidumbre donde las anomalías ocultas lo obligan a retroceder una y otra vez. Con 95 minutos de duración y apta para mayores de 13 años, la cinta japonesa de 2025 explota el desasosiego de los espacios públicos modernos como territorio del terror contemporáneo.

El filme toma un concepto central: los no-lugares urbanos, esos pasillos anónimos y repetitivos donde desconocidos transitan ensimismados hacia destinos que parecen urgentes. Estaciones de servicio, autopistas, subterráneos. Espacios donde nadie se detiene, donde la soledad convive con la multitud. La película aprovecha esa atmósfera para construir su tensión: la verdadera inquietud no proviene de gore explícito sino de la imposibilidad de detectar qué está mal a simple vista.

El argumento arranca con una escena comprometedora en el vagón. Un bebé llora, un pasajero reacciona violentamente, y el protagonista decide bajar para no involucrarse. Pero antes de alcanzar la salida, recibe un llamado de su exnovia con una noticia que lo descoloca: está embarazada y le comunica una decisión pendiente. Así, el viaje físico por los pasillos se entrelaza con una encrucijada existencial. ¿Seguir adelante o retroceder?

Kawamura, quien fue productor de Monster de Hirokazu Koreeda, no apunta a la sofisticación. Su estrategia es más directa: explota la concentración espacial y la angustia creciente del personaje para transmitirla al espectador. Las anomalías visuales acumulan presión: rostros que se desfiguran, líquido oscuro que inunda los pasillos, paredes que sangran. Pero la tensión fundamental descansa en otro lado: la necesidad de escapar enfrentada a la incapacidad de reconocer el error.

Sin embargo, donde el misterio pudo haber permanecido intacto, la película elige revelar y reexplicar. Introduce un niño en el pasadizo como metáfora del dilema paternal del protagonista, luego un hombre que camina, figura ominosa que transita como parte del decorado repetitivo antes de convertirse en amenaza o espejo deformado. La voz de la exnovia resurge una y otra vez, corporizada en una fantasía final. Esa transición de lo implícito a lo explícito debilita el impacto, aun cuando la cinta no deja las manos del espectador completamente vacías.

Exit 8 funciona donde permanece contenida: en el agobio del espacio infinito, en la incertidumbre de no saber cuándo se ha cruzado la línea invisible entre lo conocido y lo anómalo. Es cine de entretenimiento que aprovecha una idea efectiva sin pretender originalidad, construido con oficio pero sin riesgos.

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