Leonarda Cianciulli: la asesina que cocinaba con sangre de sus víctimas
Convencida de estar bajo una maldición, la italiana mató a cuatro personas para "salvar" a sus hijos y utilizó sus restos para preparar tortas, chocolates y jabones.

Leonarda Cianciulli parecía una vecina inofensiva en Correggio, Italia, pero escondía una historia de traumas, superstición y crímenes atroces. Entre 1939 y 1940, la mujer mató a cuatro personas en su cocina, convencida de que esos asesinatos romperían una maldición que amenazaba a sus cuatro hijos sobrevivientes. Lo que sus vecinos no sabían era que los chocolates y tortas que ella repartía contenían sangre de sus víctimas, mientras que los restos corporales se convertían en jabones perfumados.
Cianciulli había tenido una vida marcada por la tragedia. Fue esposa de un funcionario estatal, pero se separó. Años antes, había cometido varios delitos: robos, amenazas con arma blanca y una estafa a una campesina por la que cumplió más de diez meses de prisión. Cuando se mudó a Correggio, antes de la Segunda Guerra Mundial, sus antecedentes eran desconocidos en la comunidad.
Su obsesión por evitar tragedias tenía raíces profundas. Quedó embarazada 13 veces pero sufrió tres abortos espontáneos y diez mortinatos. Sugestionada por sus propias creencias y afectada por la superstición, consultó con brujas buscando romper lo que ella consideraba hechizos. Finalmente, logró dar a luz a cuatro niños que sobrevivieron.
Sin embargo, el miedo nunca la abandonó. En sus memorias, Cianciulli escribió que su madre le había lanzado una maldición antes de casarse, pronosticando que todos sus hijos morirían. Una vidente reforzó esa predicción. El peso de esos recuerdos y la pérdida de sus otros hijos la llevó a una conclusión extrema: necesitaba matar a cuatro personas como ofrenda para salvar a sus cuatro hijos vivos. Con esa convicción, comenzó a difundir su reputación como adivina capaz de predecir el futuro e hipnotizar a la gente.
La primera víctima fue Faustina Setti, una mujer soltera de 73 años que había pasado toda su vida buscando marido sin lograrlo. Cuando Cianciulli la conoció en 1939, supo exactamente cómo manipularla. Le contó de un supuesto amigo adinerado que deseaba casarse. Escribió cartas ficticias en su nombre para convencer a Setti de que vendiera su casa, se tiñera el cabello de rubio y se preparara para partir.
El día acordado, Setti fue a despedirse de Cianciulli, quien le ofreció café. Después de que la anciana escribiera tarjetas de despedida contando sus planes, Cianciulli le clavó un hacha en la espalda. Luego desnudó el cadáver, se apropió de sus pertenencias y cortó el cuerpo en nueve pedazos con una sierra y un cuchillo.
Lo que sucedió después revela la frialdad calculada de Cianciulli. En sus memorias describió el proceso: "Eché los trozos en la olla, sumé siete kilogramos de soda cáustica, que había comprado para hacer jabón, y removí todo hasta que el cuerpo diseccionado se disolvió en una pulpa oscura y viscosa. Llené varios cubos con ella y la vacié en una fosa séptica cercana. En cuanto a la sangre en el recipiente, esperé a que coagulara, la sequé en el horno, la molí y la mezclé con harina, azúcar, chocolate, leche y huevos". Las tortas resultantes las sirvió a sus vecinas y su familia las consumió.
La segunda víctima fue Francesca Soavi, una maestra viuda de 55 años. Cianciulli le prometió un puesto como docente en Piacenza, una ciudad a 106 kilómetros de distancia. El 5 de septiembre de 1940, Soavi fue a despedirse siguiendo el mismo patrón: escribió postales con fecha posterior antes de ser golpeada con un hacha. Cianciulli se quedó con las 2.000 liras que llevaba.
Tres meses después llegó la tercera víctima: Virginia Cacioppo, una excantante de 53 años. Cianciulli le ofreció un empleo bien remunerado en una fábrica en Florencia. Tras matarla y descuartizarla, utilizó sus restos de forma particular: produjo jabones perfumados y velas. En sus memorias escribió: "Su carne era grasa y blanca: cuando se disolvió, le agregué un frasco de colonia, y tras una larga ebullición, se convirtió en cremosas pastillas de jabón. Las regalé a vecinos y conocidos. Incluso los postres estaban mejor: esa mujer era realmente dulce". También se apropió de 35.000 liras en valores, bonos del Estado, joyas y efectivo.
Las sospechas surgieron cuando Virginia Cacioppo confió sus planes a tres amigas antes de desaparecer. Ellas comenzaron a hacer preguntas. Además, Cianciulli cometió errores: regaló joyas de sus víctimas y gastó dinero con demasiada libertad. El comisario Serrao, investigador de reputación meticulosa, se hizo cargo del caso y desenterró abundantes pruebas que llevaron al juicio.
Cianciulli fue condenada a prisión perpetua. Su caso trascendió fronteras y se convirtió en uno de los más estudiados en criminología, ejemplo extremo de cómo la superstición, el trauma psicológico y la falta de intervención temprana pueden llevar a crímenes de una crueldad sin precedentes.
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