Macron y otros líderes europeos: aplaudidos afuera, rechazados en casa
Con apenas 20% de apoyo en Francia, el presidente goza de 41% de favorabilidad en Europa. La paradoja refleja una crisis de confianza generalizada en el continente.

El presidente francés Emmanuel Macron enfrenta una paradoja sin precedentes: mientras su aprobación en Francia cae a un 20-21% con 75% de opiniones desfavorables, el barómetro europeo de Opinonway lo posicionó este mes como el líder más popular de la Unión Europea, con 41% de favorabilidad entre ciudadanos de los 27 países encuestados. Esa contradicción no es exclusiva de Francia: sus pares alemanes, españoles e italianos viven escenarios similares, recibidos con honores en cumbres internacionales mientras enfrentan protestas y descontento creciente en casa.
El sociólogo Jerôme Fourquet atribuye el malestar a factores estructurales que dominan el debate político europeo. El 91% de los franceses considera mala la situación del país, y el 69% teme por su propia economía. Estos números no sorprenden: el poder adquisitivo deprimido, la inflación persistente y el desempleo resistente configuran un escenario de angustia colectiva. En Italia, España y Alemania el patrón se repite, con ciudadanos exigiendo soluciones inmediatas a problemas arrastrados durante años.
Las cifras de Macron resultan particularmente reveladoras. Su 20% de confianza lo equipara con François Hollande en 2016 y Nicolas Sarkozy en 2012 al cierre de sus mandatos. La desconexión es brutal: prometió reactivación económica, pero la realidad muestra inflación persistente y un poder adquisitivo que se resiste a recuperarse. En Alemania, la aprobación de Friedrich Merz se desmorona ante el estancamiento económico. En España, Pedro Sánchez lidia con una polarización extrema entre defensores del rigor fiscal y críticos de la austeridad.
El director de la encuestadora Elabe, Bernard Sananès, señala que los líderes se convirtieron en chivos expiatorios de la frustración acumulada. Macron, particularmente, es percibido como el "presidente de los ricos", etiqueta errónea pero sintomática de cómo sus reformas fiscales y laborales son interpretadas como ataques a las clases medias y trabajadoras. Cuando el Estado ya no garantiza seguridad económica, la desconfianza hacia quienes gobiernan se dispara.
El lenguaje de los líderes europeos agrava el problema. Tecnicismos sobre "fondos de cohesión", "reglas fiscales" o "transición verde" chocan con la realidad cotidiana de barrios obreros y zonas rurales. Para la opinión pública, las decisiones se toman en Bruselas, lejos de sus preocupaciones inmediatas. Los dirigentes aparecen como "tecnócratas sin alma", desconectados de la vida real.
Cada gestión de crisis genera efecto búmeran. Los chalecos amarillos, la pandemia, la guerra en Ucrania e Irán dejaron medidas de urgencia pero también críticas mordaces. Se acusa a los líderes de actuar con exceso de centralización o de hacer demasiado poco. En mayo de 2026, incluso Ucrania divide a la opinión pública: algunos creen que Europa hace demasiado por Kiev, otros insisten en que hace insuficiente.
Sananès resume el fenómeno: los líderes europeos pagan el costo de una desconfianza acumulada, alimentada por crisis recurrentes y un sentimiento de abandono entre clases populares y medias.
En el exterior, en cambio, los líderes no son juzgados como jefes de Estado nacionales sino como portavoces de una entidad supranacional. Su legitimidad reside en la capacidad para negociar compromisos a escala europea e internacional: fondos de recuperación, sanciones contra Rusia, acuerdos comerciales. En ese contexto, aparecen como "grandes estrategas" o "diplomáticos", alejados de los debates locales.
Sananès observa que la imagen internacional es la de una élite unida, capaz de hablar con una sola voz en la escena mundial, un contraste sensible con la imprevisibilidad de Donald Trump. La cobertura mediática refuerza esa percepción: cumbres orquestadas, visitas oficiales y discursos internacionales proyectan imágenes de cohesión y liderazgo. Los medios extranjeros capturan líderes sonrientes, firmando tratados ante banderas europeas, no las críticas internas.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, encarna ese fenómeno. Gracias a ese relato controlado, es percibida como figura estable y tranquilizadora, pese a críticas regulares de Estados miembros. En el exterior se valora su rol en la respuesta a Ucrania y la defensa de valores democráticos.
Macron ejemplifica la paradoja total. Los medios extranjeros lo presentan como el "último baluarte contra el populismo". En Francia, es rechazado por reformas de pensiones y desempleo, y por un estilo percibido como condescendiente. Pero en Bruselas, ese mismo estilo altivo, en términos diplomáticos calificado como "jupiteriano", se reinterpreta como liderazgo firme y visión estratégica.
Más en Política
Más leídas
7 días- 1
Milei intenta frenar la interna pero los celestiales desautorizan su mensaje
Política · 14 jun
- 2
Investigan espionaje y filmaciones al juez Rosatti en Santa Fe
Juicio Legal · 14 jun
- 3
Chiche Gelblung internado: diálisis semanal y recuperación en terapia intensiva
Salud · 14 jun
- 4
Los gobernadores radicales se reunieron en Capital y acordaron agenda común hacia 2027
Política · 14 jun
- 5
Phil Collins reaparece en público con muletas en evento de la realeza
Espectáculos · 14 jun









