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Elecciones en Brasil: el balotaje entre Lula y Flavio Bolsonaro que mira la Argentina

El resultado de la primera vuelta en Brasil muestra que la estabilidad macroeconómica no alcanza para que el oficialismo gane, con una advertencia directa para Javier Milei y el calendario electoral de 2027.

Redacción••4 min de lectura
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Elecciones en Brasil: el balotaje entre Lula y Flavio Bolsonaro que mira la Argentina

Las elecciones en Brasil del domingo pasado deberán definirse en un balotaje el 25 de este mes, después de que Flavio Bolsonaro obtuviera una estrecha victoria en primera vuelta. El resultado permite evaluar por contraste algunos de los dilemas que atraviesa el sistema político argentino: el debate económico, la cuestión institucional, la naturaleza de los nuevos liderazgos y, sobre todo, la cultura democrática.

La primera conclusión es que la estabilidad macroeconómica es una condición necesaria, pero de ninguna manera suficiente, tanto para el desarrollo como para que los oficialismos enfrenten los procesos electorales con ventaja. A pesar de tener baja inflación, un Banco Central independiente y una muy buena calificación en su deuda soberana, el oficialismo en Brasil no pudo capitalizarlo en términos electorales.

Las demandas insatisfechas de amplios sectores, comenzando por la inseguridad, y los altos niveles de desilusión con la política tradicional tienden a favorecer a la oposición. Esto puede leerse como una advertencia para Javier Milei, que parece enfocado en que la sociedad lo premie por luchar por la estabilidad, tal como ocurrió con Carlos Menem en 1995 y con él mismo en las legislativas del año pasado, aunque la inflación de los últimos doce meses supere el 30%.

¿Cuánto dura el reconocimiento de las sociedades por los logros de los gobiernos, aun cuando implican una mejora material significativa? En Brasil se ratifica una paradoja: la modernización con movilidad social ascendente modifica la agenda de prioridades, sobre todo de los segmentos más beneficiados. Más temprano que tarde aparecen nuevas demandas que interpelan a gobiernos atrapados por sus propias limitaciones y condicionados por viejas prioridades.

Desde que tuvo éxito en su proceso de estabilización, hace ya tres décadas, Brasil entró en un ciclo virtuoso que arrancó con las presidencias de Fernando H. Cardoso y se profundizó desde 2003, cuando Lula comenzó su primer gobierno. Ese progreso económico y social disparó cambios materiales, simbólicos y aspiracionales que los expertos en campañas del oficialismo no habían ponderado en toda su magnitud.

Otro elemento para considerar es la polarización extrema: 9 de cada 10 votantes se inclinaron por Lula o por Bolsonaro. La distancia ideológica, conceptual, valórica y hasta estética entre ambos candidatos es impresionante, como si pertenecieran a dos mundos y dos culturas absolutamente diferentes. La campaña fue inusualmente sucia, plagada de escándalos de corrupción, noticias falsas, operaciones en las redes y rumores infundados. Habrá un ganador, pero el sistema político como tal está enormemente desgastado, si no del todo quebrado.

Si bien en el Parlamento, sobre todo en la Cámara baja, sigue habiendo bastante fragmentación y una representación muy plural, en la elección presidencial no hubo espacio para terceras fuerzas, como sí ocurrió en la Argentina en 2007, 2015, 2019 y 2023. Algunos observadores sugieren que se adelantó la dinámica típica del balotaje con el voto estratégico, en el que predomina la idea de influir en un resultado o favorecer o castigar a un candidato al margen de las preferencias de los votantes.

Los atributos personales de los candidatos alimentaron la polarización: Flavio es menos controversial y extremo que su padre, Jair, mientras Lula siempre demostró una enorme versatilidad para correrse hacia posiciones moderadas y hasta pactar con partidos de centro o de centroderecha, como el PSDB de Cardoso o el histórico MDB, gran protagonista de la transición. Ambas campañas sedujeron al votante independiente y asfixiaron a los otros candidatos.

Vale la pena examinar también la cuestión de las dinastías en política. El apellido Bolsonaro en estas elecciones fue mucho más allá de Flavio: Michelle, la tercera esposa de Jair, fue elegida senadora por el Distrito Federal; Carlos, hermano, consiguió una banca en el Senado por Santa Catarina; Jair Renan, una como diputado en el mismo estado, y Renato, tío, obtuvo un cargo legislativo en San Pablo. Las dinastías políticas no son comunes en Latinoamérica, con la excepción de los Castro en Cuba o casos aislados de hijos de dirigentes, algunos exitosos como Luis Alberto Lacalle Pou en Uruguay y otros no tanto como Ricardo Alfonsín o Máximo Kirchner.

Por último, desde el punto de vista institucional, a pesar de los conflictos en el sistema judicial, los escándalos de corrupción y las campañas sucias, hay un logro fundamental: el sistema electoral sigue siendo transparente, a diferencia de los Estados Unidos, donde aún resuenan las dudas sobre los resultados de 2020. A pesar de la estrecha diferencia, nadie puso en duda el resultado de la primera vuelta. Para los argentinos, que seguirán de cerca el voto de los brasileños en el país, la comparación con el calendario electoral de 2027, que arrancará el 14 de febrero en Neuquén y se extenderá hasta octubre o el eventual balotaje del 21 de noviembre, será inevitable.

Por qué importa

El resultado brasileño marca un precedente incómodo para el oficialismo argentino: la baja inflación y el orden fiscal no bastan para retener el poder si la inseguridad y el desencanto con la política siguen intactos. Con 2027 en el horizonte, la advertencia llega directo a la Casa Rosada.

Qué sigue

El balotaje entre Lula y Flavio Bolsonaro se define el 25 de este mes. La campaña brasileña entra en su tramo final con la polarización al máximo y el sistema político en su punto más desgastado.

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