Salud

Ébola en Congo: por qué la respuesta global se desmorona

Un sobreviviente del virus alerta sobre el desmantelamiento de infraestructura sanitaria internacional y los recortes en financiamiento que dejan al mundo menos preparado.

Redacción3 min de lectura
Ébola en Congo: por qué la respuesta global se desmorona
Ébola en Congo: por qué la respuesta global se desmorona

El brote de ébola en la República Democrática del Congo ya es el tercer más grande de la historia apenas días después de su declaración oficial. La República Democrática del Congo informó 246 casos sospechosos el viernes pasado, y casi simultáneamente surgieron reportes de una muerte en Kampala, Uganda, a cientos de kilómetros de distancia. Quienes conocen la enfermedad de cerca saben que esta velocidad de propagación anticipa un escenario catastrófico.

Craig Spencer, médico que se contagió ébola en 2014 mientras trataba pacientes en África occidental, advierte que el mundo está menos preparado que nunca para contener este brote. La infraestructura construida después de la epidemia de 2014, que mató a más de 11.000 personas, ha sido sistemáticamente desmantelada en el último año, precisamente cuando más se necesita.

El virus actual es la cepa Bundibugyo, contra la cual no existen vacunas ni tratamientos eficaces. A diferencia de la cepa Zaire, más común, las herramientas de contención disponibles se reducen a medidas básicas: rastreo de contactos, aislamiento y apoyo comunitario. Estas medidas resultan difíciles de ejecutar incluso en condiciones óptimas, y el este del Congo está lejos de serlo. El conflicto armado ha destruido numerosos centros de salud y desplazado a millones de personas.

El ébola se conoce como "enfermedad de la compasión" porque encuentra a sus víctimas entre quienes permanecen junto a los enfermos: padres que cuidan a sus hijos, familiares que lavan cuerpos y trabajadores sanitarios. Spencer recuerda haber ingresado a siete miembros de una misma familia en una unidad de tratamiento durante el brote de Guinea. Los padres pasaban todo el día cuidando a sus hijos mientras luchaban contra la enfermedad. Al final, solo los padres sobrevivieron.

La capacidad de respuesta internacional se ha erosionado dramáticamente. La Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional fue desmantelada en las primeras semanas de la segunda administración Trump. Con ella desapareció el financiamiento crucial para clínicas, trabajadores comunitarios de salud y organizaciones humanitarias en el este del Congo. También se eliminó un equipo especializado de respuesta rápida: decenas de expertos entrenados y listos para desplegarse en crisis exactamente como esta.

Durante brotes anteriores, estos equipos financiaban iniciativas de capacitación comunitaria sobre prácticas funerarias más seguras y coordinaban controles en aeropuertos para evitar que pasajeros sintomáticos abordaran vuelos. Todo eso dejó de existir. Elon Musk, responsable de los recortes presupuestarios, admitió en una reunión de gabinete que "accidentalmente" habían cancelado programas de prevención de ébola, aunque aseguró que luego fueron restablecidos.

Las consecuencias ya son visibles. La demora en detectar el virus se debió en parte a que muestras fueron transportadas a un laboratorio a temperatura incorrecta, algo que la Usaid habría supervisado. Cuando funcionarios estadounidenses se enteraron del brote, ya había pasado casi un mes desde la primera muerte.

La desarticulación institucional es total. Durante su primer mandato, Trump disolvió el equipo de seguridad sanitaria global del Consejo de Seguridad Nacional, creado tras la epidemia de 2014. Ahora, en su segundo mandato, vació de contenido la Oficina de Preparación y Respuesta ante Pandemias de la Casa Blanca. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades perdieron un cuarto de su personal en el último año y carecieron de director permanente durante 15 de los últimos 16 meses.

La brecha más grave es la ruptura con la cooperación internacional. Desde que Estados Unidos abandonó la Organización Mundial de la Salud, personal de los CDC tiene prohibido trabajar con la organización. Spencer recuerda con claridad la colaboración entre expertos del CDC y la OMS en 2015, siguiendo el brote paso a paso. Una coordinación así sería hoy mucho más difícil.

Estados Unidos no puede revertir rápidamente su renuncia al liderazgo en salud global, pero sí puede reforzar su respuesta inmediata. Spencer plantea acciones concretas: compromiso firme de trabajar con la OMS, movilización de fondos y expertos, aceleración del desarrollo de nuevos tratamientos y aumento de recursos para equipos de protección y pruebas ampliadas.

Después de sobrevivir al ébola, Spencer regresó a Guinea con Médicos Sin Fronteras. Tratar a pacientes con este virus fue, admite, lo más difícil que hizo en su vida. Una enfermedad cruel donde muchas veces los pacientes con los que hablaba por la mañana estaban muertos al regresar por la tarde. Es precisamente esa realidad la que el mundo necesita recordar ahora, cuando los mecanismos de defensa se desmoronan.

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