Política

El 40% del electorado busca un candidato que no existe para 2027

Un análisis sobre los votantes huérfanos que rechazan al kirchnerismo y a Milei, y el riesgo de un sistema político que se juega al todo o nada.

Redacción••4 min de lectura
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Votantes dispersos en busca del candidato que no existe

Una porción decisiva del electorado argentino no quiere que vuelva el kirchnerismo y tampoco desea que siga Javier Milei. Según las encuestas, ese grupo de votantes sin pertenencia fija oscila entre el 30% y el 40% y, de cara a las elecciones presidenciales de 2027, teme no tener otra salida que inclinarse por una de las dos grandes alianzas que dominan el sistema político.

La reconstrucción defectuosa de ese sistema, visible en medio de la desconfianza de los mercados y la quietud de la economía, vuelve a exponer un problema histórico: la falta de representación de quienes no se identifican con los dos conglomerados mayoritarios. La fórmula bipartidista que rige desde el comienzo de este siglo deja afuera a un segmento cada vez más grande.

Ese conjunto no es uniforme. Incluye a votantes que alguna vez eligieron al peronismo y a otros que siempre apostaron a sus versiones opuestas. La franja más intensa se integra al creciente ejército de personas que deciden no votar: las tasas de participación caen elección tras elección y la falta de votos positivos golpea directo la representación de los candidatos electos.

El rearmado de los dos grandes bloques, uno de ellos comandado por Milei, se observa en la mirada crítica que los votantes vuelcan en las encuestas. Eso habilita globos de ensayo, pichones del presidente que insinúan candidaturas desde la nada misma y ejercicios de diferenciación como los que practicó Patricia Bullrich.

La senadora nacional por ahora no cruzará esa frontera, pero nunca descarta convertirse en la variante prolija de Milei si encuentra que puede competir para tener un lugar en una segunda vuelta, es decir, dejar al propio presidente en tercer lugar. Bullrich necesita que le vaya mal a Milei, pero no al extremo de un derrumbe del esquema económico, para presentarse como la alternativa con buenos modales. Algo así intentó y logró Fernando de la Rúa, cuando ganó la presidencia garantizando mantener la convertibilidad de Carlos Menem.

El riesgo al que se expone, y al que también apuesta Milei, es poner al país a jugar al todo o nada: reforma capitalista con malos tratos o regresión al populismo. En ese punto el Presidente queda más expuesto. Empieza a desdibujarse la calidad y duración de la fuerte transformación macroeconómica cuando todas las turbulencias del presente son imputadas a las posibilidades de que gane el populismo.

Llevado al extremo, es una invitación a una situación circular y repetitiva. Es más que una insinuación dejar ver que la economía y su capacidad de desarrollo estarán eternamente limitadas al siempre latente riesgo del regreso del populismo. La calidad y sostenimiento de todo plan económico debería autosostenerse por sí mismo, empezando por blindar al país de una vuelta a las supercherías económicas de la familia Kirchner y sus derivados.

Milei y su ministro Luis Caputo han puesto sus propias deficiencias en el cómodo lugar de culpar al demonio agazapado. No es que ese demonio no exista; lo que no hay es una política sólida que elimine su capacidad de regreso. Si propuestas repetidas como las de Cristina e hijo o Axel Kicillof tienen una intención de voto que supera al tercio del electorado, es también un defecto de quienes para gobernar están obligados a borrar con nuevos y mejores hechos la posibilidad de presentar como soluciones del futuro los fracasos del pasado.

El gobierno libertario encuentra otra dificultad en la sobreventa de expectativas, en la idea de que la firme determinación de Milei de hacer un ajuste de gastos estricto era sinónimo de acortamiento de plazos para obtener los resultados esperados. Los cambios profundos llevan tiempo y exigen paciencia de los votantes. El Presidente tiene un presente cargado de malas noticias que los indicadores reflejan a pesar de las elucubraciones que hace para evitar reconocer los problemas que tiene.

El miércoles, desde París, en el Coloquio de Idea, usó la palabra paciencia varias veces en un reconocimiento de que no podrá mostrar una recuperación del metro cuadrado de sus votantes de clase media. La apuesta es a que los ciudadanos sigan esperando las mejoras y acentuar la diferenciación con el kirchnerismo para que la competencia sea otra vez un juego en blanco y negro.

Esos problemas son una puerta que conduce a una situación incierta y facilitan el armado de múltiples discursos opositores que empiezan en un cuestionamiento de las formas, pero impactan fuertemente en la realidad de una economía que crece poco y nada. Tal vez, una condición necesaria para la dieta contra la inflación. La fórmula mágica es poder bajar la inflación sin condenar a muerte a varios sectores clave de la actividad económica. Milei no la tiene y tampoco parecen conocerla quienes quieren aprovecharse de esta etapa complicada.

El Presidente se equivoca cuando autocelebra por anticipado y descalifica a quienes le hacen la más mínima observación. La palabra importa mucho cuando se trata de números. Y viceversa.

Por qué importa

Una porción decisiva del electorado queda sin representación y eso debilita la legitimidad de los futuros gobiernos. La falta de alternativas fuera de los dos bloques mayoritarios profundiza el desencanto y alimenta el ausentismo.

Qué sigue

Milei apuesta a que los votantes tengan paciencia y a polarizar con el kirchnerismo para que la competencia sea un juego en blanco y negro. Habrá que ver si esa estrategia alcanza cuando la economía no muestra una recuperación concreta.

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