Economía

Las críticas económicas a John Maynard Keynes: totalitarismo y desempleo

Un análisis sobre cómo las teorías del economista británico favorecieron sistemas autoritarios y contribuyeron a agravar crisis económicas.

Redacción3 min de lectura
Las críticas económicas a John Maynard Keynes: totalitarismo y desempleo
Las críticas económicas a John Maynard Keynes: totalitarismo y desempleo

El economista británico John Maynard Keynes escribió en el prólogo a la edición alemana de su obra principal que su teoría sobre la producción global "puede aplicarse mucho más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario" que a sistemas de libre mercado. Esta confesión del propio autor, plasmada durante la época nazi, abre una profunda crítica sobre el legado de sus políticas económicas y su compatibilidad con regímenes autoritarios.

Economistas de talla como Friedrich Hayek, Ludwig von Mises, Milton Friedman y James Buchanan cuestionaron severamente el pensamiento keynesiano. Sin embargo, fue el análisis de Henry Hazlitt en su tratado The Failure of the "New Economics" el que documentó con mayor profusidad las inconsistencias teóricas del economista británico y sus implicancias prácticas en la gestión de Estados.

En el capítulo 22 de su obra magna Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, Keynes sentenció: "El deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías en manos de los particulares". Esta afirmación condensaba su creencia en la necesidad de intervención estatal centralizada, un principio que, según sus críticos, allanó el camino para expansiones del poder gubernamental incompatibles con las libertades económicas.

Respecto al desempleo, Keynes acuñó el término de "paro tecnológico" como una "nueva enfermedad" que aquejaba a las sociedades modernas. Sin embargo, economistas liberales argumentan que esta interpretación malinterpretaba el fenómeno. En un mercado laboral verdaderamente libre, donde los salarios resultan de acuerdos voluntarios entre empleadores y trabajadores, no existe desocupación involuntaria estructural. El desempleo persistente, señalan, obedece más bien a intervenciones estatales que fijan salarios mínimos por decreto y desalientan la contratación formal.

La innovación tecnológica, lejos de destruir empleo neto, genera oportunidades en nuevos sectores. El historiador de la economía recuerda ejemplos recurrentes: los heladeros cuando llegó la refrigeración, los fogoneros ferroviarios tras la máquina diésel, o los carteros con el correo electrónico. La tecnología incrementa la productividad y, consecuentemente, los salarios reales y los ingresos poblacionales. El volumen de inversión, en última instancia, determina la brecha entre economías adelantadas y atrasadas.

Las políticas del New Deal implementadas por Franklin Roosevelt en Estados Unidos durante los años treinta constituyen, para estos críticos, el ejemplo paradigmático del fracaso keynesiano. Aunque buscaban recuperación, estas medidas agravaron la crisis económica. Incluso empleados públicos beneficiados por el programa debían recurrir a asistencia alimentaria estatal, evidencia de que la creación de empleo ficticio no generaba verdadera prosperidad.

La intervención monetaria sistemática, advierte la escuela liberal, es inherentemente problemática. Tanto Hayek como Friedman —ambos premios Nobel de Economía— señalaron que cualquier manipulación de la base monetaria por parte de bancos centrales distorsiona inevitablemente los precios relativos, confunde las señales del mercado y provoca consumo de capital que empobrece al conjunto de la población. El gasto estatal financiado mediante endeudamiento, advierten, extrae recursos de bolsillos privados para financiar proyectos burocráticos de eficiencia cuestionable.

Un aspecto poco discutido de Keynes es su apoyo al proteccionismo aduanero, como documentó el biógrafo R. F. Harrod. Esta posición fuerza mayores inversiones por unidad de producto, resultando en menor cantidad de bienes a precios más altos y calidad reducida. El proteccionismo contrae la productividad real, erosionando salarios e ingresos en términos reales.

Los críticos anotan una paradoja central: Keynes condenaba moralmente al capitalismo como "estética y éticamente dañino", pero su obra no propone abolirlo sino reforzar las funciones estatales. Esto permitió justificar expansiones del poder público bajo la retórica de salvar un sistema que, en el fondo, rechazaba. Su influencia perduró décadas en gobiernos democráticos y autoritarios, legando un marco teórico que legitimaba la intervención estatal masiva en la economía.

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