Psicología

Oír no es escuchar: por qué el arte de la escucha se pierde en un mundo cada vez más ruidoso

Filósofos y psicólogos advierten que la capacidad de escuchar de verdad se vuelve un don escaso, ahogado por el ruido y la distracción permanente

Redacción••3 min de lectura
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Oír no es escuchar: por qué el arte de la escucha se pierde en un mundo cada vez más ruidoso

Oír y escuchar no son lo mismo. Salvo que medie un problema orgánico, las personas oyen: como las orejas, a diferencia de los ojos, no tienen párpados, todos los sonidos del entorno penetran en ellas. Escuchar es otra cosa: es decodificar, entender, verificar y procesar lo que se oye. En un mundo cada vez más ruidoso, esa capacidad se vuelve un bien escaso.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han imagina un futuro inquietante. "En el futuro habrá, posiblemente, una profesión que se llamará oyente", dice. "Acudiremos al oyente porque, aparte de él, apenas quedará alguien que nos escuche. Hoy perdemos cada vez más la capacidad de escuchar. Escuchar es dar, es un don. Es lo único que le ayuda al otro a hablar".

Como si no fuera suficiente el bochinche que nos rodea y nos invade, cada día más personas eligen castigar sus tímpanos con auriculares que llevan incrustados a toda hora y en todo lugar, como si fueran parte inseparable de sus cuerpos

Pocos actos de reconocimiento al otro se comparan con la escucha verdadera, esa que no se limita a prestar la oreja mientras se piensa en otra cosa. Esa actitud tiende un puente entre dos personas y abre al oyente un mundo distinto del propio, según coinciden los especialistas que estudiaron el fenómeno.

Carl Rogers (1902-1987), uno de los pilares de la psicología humanista junto a Abraham Maslow, Rollo May e Irving Yalom, explicaba que quien de veras escucha "no absorbe pasivamente las palabras que se le dicen. Trata activamente de captar los hechos y los sentimientos de lo que oye". Veía en esa práctica una forma de comunicación, de ayuda al hablante y de crecimiento personal, y la llamaba escucha activa. Para ejercerla, decía, hay que atravesar un muro de ruido cognitivo.

Escuchar bien requiere esfuerzo y entrenamiento, como se entrena un músculo. "Exige que nos metamos dentro del hablante, que captemos desde su punto de vista qué es lo que nos está comunicando", señalaba Rogers. En una época de urgencias y ansiedades, con la atención puesta a menudo en el propio ombligo antes que en la voz del otro, no parece haber tiempo para cultivar ese arte.

El doctor en filosofía y ensayista inglés Matt Owen, que suele firmar como M.M. Owen, apunta que "el trabajo del oyente activo es simplemente estar ahí, concentrarse en pensar con las personas en lugar de pensar sobre ellas". Eso implica captar no solo lo que las personas dicen, sino registrar el sentimiento con que lo hacen. "Cortar con el monólogo interno que está esperando para derramarse desde nuestro cerebro a nuestra lengua", agrega.

De eso hablaba hace 2.500 años, en la antigua Grecia, el filósofo y matemático Pitágoras, cuando recordaba a sus alumnos que "la educación del alma comienza por aprender a oír. En el silencio se descubren las verdades que el ruido nos oculta". Cuando arqueólogos de siglos venideros excaven en lo que deje el presente siglo, encontrarán toneladas de verdades sepultadas por el ruido.

Según reflexiona el periodista catalán Pau Masmartí, especializado en historia del arte, la capacidad de escuchar se pierde de a poco, en pequeñas decisiones cotidianas: la respuesta apresurada, la mirada constante al celular, el tema que redirigimos hacia nosotros, la conversación que cortamos cuando se complica. Todo lo contrario de lo que contó alguna vez el poeta y filósofo Henry David Thoreau (1817-1862): "El mayor cumplido que me hicieron jamás fue cuando alguien me preguntó qué pensaba y atendió a mi respuesta".

La escucha activa, sostienen los expertos, también se vincula con la manera en que el cerebro procesa lo que oye y con la posibilidad de construir vínculos más sólidos. En tiempos de distracción permanente, recuperar ese gesto simple —estar presente para el otro— se vuelve casi un acto de resistencia.

Por qué importa

La pérdida del arte de escuchar afecta los vínculos cotidianos: sin escucha activa se deterioran las conversaciones, la empatía y la posibilidad de comprender al otro. Recuperar ese gesto simple se vuelve un acto de resistencia frente al ruido.

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