Medios de Comunicación

Rayma Suprani: de Mafalda al exilio, la caricaturista que incomoda al poder venezolano

La periodista venezolana repasa su carrera, su despido de El Universal en 2014 y su vida en Miami tras dejar su país

Redacción••3 min de lectura
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De Caracas a Miami: la caricaturista venezolana que comenzó viendo a Mafalda e incita a la reflexión política con sus dibujos

La caricaturista venezolana Rayma Suprani, de 57 años, construyó una carrera de casi cuatro décadas en la que el dibujo fue su herramienta para decir lo que el poder intenta silenciar. Formada en la Universidad Central de Venezuela, trabajó 19 años en el diario El Universal con una viñeta diaria, hasta que una caricatura sobre el sistema de salud público le costó el puesto en 2014. Desde entonces vive en Estados Unidos, donde reside hace más de diez años.

Su historia combina el oficio periodístico, la sátira política y el costo personal del exilio. En diálogo con LA NACION, Suprani repasó sus inicios, las amenazas que la empujaron a emigrar y los proyectos que desarrolló lejos de Venezuela.

Suprani descubrió el dibujo desde muy chica. Tímida, encontró en el trazo una forma de comunicarse con el entorno antes que en la palabra. “Yo no tenía mucha cancha para hablar, así que mi comunicación estaba en el dibujo”, contó. Su madre le compraba recopilaciones de Mafalda, la tira de Quino, y ahí encontró una lección que marcaría su obra.

“Me inspiró mucho el maestro Quino. De pequeña, comencé a entender los mensajes ocultos entre los guiones y la libertad de poder decir las cosas que están ocultas”, reflexionó. También influyeron en su formación los caricaturistas mexicanos que publicaban en los cómics de los diarios venezolanos de la época.

Al estudiar Comunicación Social entendió que podía traducir el mundo desde una mirada periodística. “Todo lo dibujaba y era mi forma de traducir el mundo, pero no entendía cómo lo iba a canalizar dentro de mi profesión”, señaló. Ya recibida, entró a El Universal, donde hizo una viñeta diaria durante casi dos décadas, en coincidencia con el gobierno de Hugo Chávez.

Esa etapa la describió como una exigente “gimnasia olímpica del trazo”. “Para mí, El Universal fue una escuela muy grande. Durante esos años fue duro porque el país estaba muy polarizado y uno siempre busca que el lector crea en ti y te busque”, sostuvo.

El quiebre llegó cuando el diario fue vendido a un “consorcio fantasma” y cambió su línea editorial. Un nuevo editor la citó para pedirle que “bajase el volumen” de sus contenidos. Su respuesta, según recordó, fue la de Mafalda: “Quieren que le baje dos, entonces yo le subo tres”. Poco después publicó una caricatura crítica del sistema de salud venezolano y fue despedida.

Su salida la llevó a las redes sociales, pero también a una etapa de amenazas y citaciones de la Fiscalía venezolana. Ante el temor por su integridad física, decidió abandonar el país en 2015. “Cuando sientes que un Estado te persigue y recibes amenazas de esa índole, tienes miedo incluso de dar tu dirección”, aseguró.

El desembarco en Estados Unidos implicó empezar de cero en lo material y lo emocional. “Cambia todo al emigrar. Primero, porque el agarrar tu maleta e irte significa que ya eres un inmigrante, y segundo, porque tienes que aprender de cero cómo vas a vivir, qué vas a trabajar, dónde vas a vivir”, remarcó.

Lejos de Venezuela, su mirada se amplió. Sus trazos empezaron a mostrar que el control social y la manipulación de los ciudadanos no son exclusivos de un país. Su primer proyecto en Estados Unidos fue “Amor en tiempos de Trump”, una serie de obras centradas en la persecución hacia la inmigración latina durante la primera campaña presidencial de Donald Trump frente a Hillary Clinton.

Por qué importa

Su historia expone el costo del periodismo crítico en Venezuela y conecta con el debate global sobre libertad de expresión y persecución a la prensa.

Qué sigue

Suprani continúa publicando caricaturas desde Miami y desarrollando proyectos internacionales, mientras la situación de la prensa independiente en Venezuela sigue bajo observación de organismos de derechos humanos.

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