Arquitectura

Un arquitecto advierte que los compradores ya no eligen solo por ubicación o metros

Federico Brancatella sostiene que la funcionalidad, el bienestar y la flexibilidad se volvieron factores centrales a la hora de comprar una vivienda

Redacción3 min de lectura
Federico Brancatella, arquitecto: “La gente ya no mira solo la ubicación o los metros de un departamento, se quiere enamorar”

Durante años, buena parte de la arquitectura contemporánea quedó atrapada en una carrera por el impacto visual. Fachadas llamativas, renders espectaculares y edificios pensados para destacarse en redes sociales ganaron protagonismo en un mercado donde la imagen parecía pesar más que la experiencia de habitar. Sin embargo, mientras la tecnología permite producir visualizaciones cada vez más perfectas y la inteligencia artificial genera proyectos en segundos, emerge una pregunta más relevante: ¿para quién se diseña?

El arquitecto Federico Brancatella plantea que la buena arquitectura no comienza en la fachada, sino mucho antes, cuando alguien decide escuchar cómo viven las personas. Un edificio puede convertirse en ícono urbano, pero si quienes lo habitan encuentran circulaciones incómodas, espacios mal aprovechados o viviendas incapaces de adaptarse a sus necesidades reales, el proyecto pierde vigencia.

Las tendencias globales del mercado inmobiliario muestran ese cambio de paradigma. Después de la pandemia, conceptos como flexibilidad, bienestar, iluminación natural, eficiencia energética, espacios exteriores, áreas de trabajo dentro del hogar y ambientes multifuncionales pasaron a ocupar un lugar central en las decisiones de compra.

Los compradores ya no evalúan únicamente la ubicación o los metros cuadrados; buscan viviendas que acompañen una forma de vivir más dinámica y cambiante. La funcionalidad dejó de ser un atributo invisible para convertirse en uno de los principales factores de valorización.

En ese contexto, proyectar un edificio implica un ejercicio de empatía. Diseñar significa imaginar, casi como si se escribiera una historia, cómo será la rutina de quienes recorrerán esos espacios durante años. Una pareja joven, una familia con hijos, personas mayores o profesionales que trabajan desde sus casas tienen necesidades profundamente diferentes. Pensar la arquitectura desde esa diversidad obliga a abandonar soluciones estandarizadas para crear proyectos capaces de evolucionar junto con quienes los habitan.

Ese cambio también modifica el rol de los desarrolladores inmobiliarios. Ya no alcanza con ofrecer amenities tradicionales o departamentos correctamente resueltos. El mercado demanda propuestas con identidad, capaces de construir comunidad y generar sentido de pertenencia. Quien compra una vivienda no adquiere únicamente ladrillos: está definiendo cómo quiere vivir, cómo quiere relacionarse con su entorno y qué experiencias espera construir dentro de ese espacio.

Paradójicamente, cuanto más homogénea se vuelve la producción visual, más importante resulta encontrar una voz propia. Hoy cualquier plataforma puede replicar estilos arquitectónicos, generar imágenes impactantes o resolver variantes formales con enorme velocidad. Pero la inspiración difícilmente nazca de repetir aquello que ya existe. Las mejores ideas suelen aparecer lejos de las pantallas: en una conversación, en la música, en el cine, en un libro, durante un viaje o en actividades cotidianas que obligan a desacelerar y observar el mundo desde otra perspectiva. La creatividad sigue siendo un proceso profundamente humano.

La inteligencia artificial continuará transformando la manera de proyectar. Automatizará cálculos, optimizará tiempos y ofrecerá soluciones técnicas cada vez más sofisticadas. Probablemente, dentro de algunos años, gran parte del proceso de diseño pueda resolverse mediante herramientas que hoy apenas comenzamos a conocer. Sin embargo, existe una dimensión que difícilmente puede ser reemplazada por un algoritmo: la conversación entre el arquitecto y quien confía en él para imaginar un nuevo hogar.

Escuchar expectativas, interpretar miedos, comprender hábitos y traducir emociones en decisiones espaciales continúa siendo un ejercicio exclusivamente humano. Ninguna tecnología puede captar por completo aquello que una familia imagina cuando piensa en su próxima casa o en el lugar donde crecerán sus hijos. Esa capacidad de interpretar deseos y convertirlos en espacios habitables constituye el verdadero valor de la arquitectura.

En definitiva, el futuro del sector probablemente no pertenezca a quienes logren producir las imágenes más espectaculares, sino a quienes sean capaces de diseñar edificios que respondan a la vida real. Porque las fachadas cambian con las modas y las herramientas evolucionan con enorme velocidad, pero las personas seguirán buscando un lugar que se adapte a su manera de vivir.

Por qué importa

El cambio de criterio impacta en desarrolladores, inversores y compradores: los proyectos que no respondan a la vida real pierden valor de mercado frente a propuestas más flexibles y adaptables.

Qué sigue

Resta ver cómo los desarrollos en Buenos Aires incorporan estos criterios y si la funcionalidad se consolida como variable central en la próxima ola de lanzamientos.

¿Te gustó esta nota?

Recibí lo más importante del día en tu correo. Sin spam, con opción de baja siempre.

Seguí leyendo sobre #arquitectura

Ver todas →

Más en Arquitectura

Relacionadas