Internacionales

A 25 años del 11-S: la historia de los cinco argentinos que murieron en los atentados

Tres de las víctimas estaban en las Torres Gemelas en el momento de los impactos; las otras dos acudieron minutos después para responder a la emergencia

Redacción4 min de lectura
La historia de los cinco argentinos que murieron en los ataques del 11 de Septiembre

Cinco argentinos murieron en los ataques suicidas de Al-Qaeda que el 11 de septiembre de 2001 dejaron cerca de 3000 víctimas en Nueva York. Sus nombres son Sergio Villanueva, Pedro Grehan, Guillermo Alejandro Chalcoff, Gabriela Waisman y Mario Santoro.

Todos habían emigrado a Estados Unidos en busca de una mejor calidad de vida y dejaron atrás familiares que atravesaron días, meses y años de búsqueda e incertidumbre. Tres de ellos estaban en las Torres Gemelas cuando impactaron los aviones; los otros dos acudieron minutos después, en respuesta a la emergencia.

Sergio Villanueva nació un 4 de julio en Bahía Blanca. En 1970, cuando tenía dos años, sus padres, Angelo y Delia, se mudaron a Nueva York para buscar un mejor pasar económico. Se instalaron en Queens, donde criaron a sus tres hijos y montaron un restaurante.

Tras siete años como oficial antidrogas, Sergio se sumó al cuerpo de bomberos para tener tiempo de gestionar un negocio de regalos que inauguró junto a Tanya, su novia, con quien fantaseaba tener dos hijas mujeres. Había terminado su turno a las 8 de la mañana, unos 45 minutos antes de que un avión de American Airlines se estrellara contra la Torre Norte del World Trade Center. Volvió al edificio poco después del impacto del segundo avión contra la Torre Sur.

Durante 28 días consecutivos, Tanya llamó a la línea telefónica para familias de bomberos y recorrió la ciudad junto a Delia y Maricel, madre y hermana de Sergio. Ese era el tiempo máximo que, según había escuchado, una persona atrapada entre escombros podía sobrevivir.

Pedro Grehan era oriundo de San Isidro y había hecho la primaria en el colegio San Juan el Precursor y la secundaria en el Marín. En agosto de 2001, tras casi dos años sin verlos, se despidió de sus padres y de sus ocho hermanos sin saberlo, en una visita no planificada a Buenos Aires impulsada por una operación de su papá. En ese viaje logró llevarse de vuelta a su mujer y a sus tres hijos, de entre cinco y nueve años, con quienes había intentado instalarse en Nueva York en 1997.

La familia pasó 15 días de vacaciones por Estados Unidos antes de que él retomara su trabajo en la financiera Cantor Fitzgerald y sus hijos empezaran el nuevo colegio, el lunes 10 de septiembre. Seis de sus nueve hermanos viajaron a Nueva York apenas se reactivó el tránsito aéreo y enviaban novedades al resto de la familia por medio de un blog. Pasados más de diez días de búsqueda sin descanso, entendieron que Pedro no estaba vivo, aunque no podían afirmar que estaba muerto.

Guillermo Chalcoff fue sumado a la nómina de víctimas argentinas unos años después del 11-S: su condición de ciudadano estadounidense dificultó su identificación. Nacido en Buenos Aires, se había mudado a Nueva York junto a su mujer a mediados de los ’80, después de recibirse en la UBA y casarse, cuando su suegro, que tenía oficinas en la ciudad, le ofreció emigrar.

Tenía 41 años en 2001 y trabajaba como desarrollador de sistemas para la consultora Marsh & McLennan, cuyas oficinas se desplegaban en los pisos exactos que recibieron el primer impacto. Ninguno de los 358 empleados y contratados que estaban ahí esa mañana sobrevivió. Chalcoff tenía dos hijos, Brian y Eric, de siete y nueve años.

Gabriela Waisman nació en el barrio porteño de Caballito y desde los seis años vivía en Nueva York junto a su familia. Estaba de visita en el piso 106 de la Torre Norte, un nivel por encima de Grehan, lista para dar una presentación en nombre de Sybase, la empresa de software en la que trabajaba. Había estudiado psicología en el Queen’s College y vivía a 40 minutos en automóvil de su trabajo, ubicado a nueve cuadras de las Torres Gemelas.

Trascendió que mantuvo llamados con su familia una vez que se desataron las explosiones y el humo. Estaba asustada, decía que había mucho humo y que le costaba respirar. En el último llamado ya no podía hacerlo. Lloraba mucho. Pasadas las nueve no se supo más sobre ella. Tenía 33 años.

Mario Santoro, rosarino, había emigrado a Estados Unidos junto a sus padres y su hermano cuando era muy chico. Para 2001, con 28 años, había formado pareja con una joven estadounidense, con quien tuvo una hija, Sofía, que entonces tenía dos años.

Era técnico en emergencias médicas del Presbyterian Hospital, uno de los más importantes de Nueva York. Estaba de franco cuando advirtió que una humareda negra anulaba la vista desde la ventana de su casa, ubicada a pocas cuadras del World Trade Center. “Me voy para allá, me van a necesitar”, dijo. Salió a ofrecer ayuda y nunca volvió. Se comunicó con Keith Farben, su compañero de ambulancia, y le pidió que lo esperara en el ingreso a una de las torres. Nadie volvió a escuchar su voz, como la de las otras cuatro víctimas argentinas de esa jornada.

¿Te gustó esta nota?

Recibí lo más importante del día en tu correo. Sin spam, con opción de baja siempre.

Más en Internacionales