Turismo

Azcuénaga, el pueblo a 100 km de Buenos Aires que ya tiene 10 restaurantes

El paraje de 350 habitantes, en el noroeste bonaerense, se consolidó como polo gastronómico rural y ahora suma alojamiento y una nueva propuesta de café y tortas.

Redacción3 min de lectura
A 100 km de CABA: el pueblo pintoresco que se afianza como polo gastronómico

Azcuénaga es un pueblo de 350 habitantes ubicado a 100 km al noroeste de la ciudad de Buenos Aires que en las últimas dos décadas se transformó en un polo gastronómico rural. Ya son 10 los restaurantes que funcionan en el paraje, en su mayoría abiertos los fines de semana, y a la oferta se sumaron nuevas propuestas de alojamiento.

El fenómeno se apoya en la reconversión de un antiguo pueblo ferroviario. En lo que fuera la Fonda de Sforzini de 1903, frente a la estación abandonada, el arquitecto José María Yanes diseñó las habitaciones de La Piamonte, un proyecto que combina arquitectura antigua con confort moderno y que este domingo abre además una propuesta de café y tortas, un rubro que faltaba en la zona.

La oferta para dormir incluye la hostería La Magnolia, en una vieja casona rural, las cabañas de Rancho Aparte con pileta que pronto será climatizada, la casa El Nido y opciones más alejadas como Los Vagones de Areco.

Entre los restaurantes se destacan La Porteña, de Analía Capecci y sus hijos cocineros Federico y Juan Manuel Gómez, conocido por sus pastas y su ossobuco con risotto de calabaza. También Almacén C&T, de Lucas Coarasa, con parrilla y picadas, instalado en la antigua Casa Terren que Rafael Coarasa abrió en 1912. La trattoria Cucina de Santo, de Salvatore Di Santo y Ángeles, reproduce sabores napolitanos con platos como los orecchiette o mariscos.

Más reciente es Lo de Grace, abierto hace un año y medio por Robertino Yacoy y su madre, la docente jubilada Graciela Deminicis, con parrilla y pasta libre. Ofrecen ñoquis de batata rellenos de mozzarella, empanadas, sorrentinos y el postre de Grace con tortas fritas. En todos los casos conviene reservar, sobre todo los domingos.

El restaurante francés Le Four se mudó hace un año, pero la cocinera Vanesa Plaza mantiene el estilo que aprendió del chef Sébastien Fouillade, con platos como cordero con ciruelas, magret de pato y sopa de cebolla. El único buffet abierto durante la semana es el del Club Recreativo Apolo, a cargo de Marcelo Santander y Marcela Ronco, con ravioles caseros y milanesas gigantes.

La vida cotidiana del pueblo también gira alrededor de oficios antiguos. La panadería La Moderna, fundada en 1917 por Laura González y hoy continuada por sus hijas junto a Leandro Roldán, conocido como Cotón, arranca la producción de galleta de campo a las 3.30 de la mañana en un horno a leña. Esa galleta tiene su propia fiesta anual, que este año se realizó el domingo 13 de septiembre con panaderías de Cucullu, Solís, Villa Ruiz y San Andrés de Giles.

Las calles del pueblo mueren en el campo, entre caminos rurales, vizcachas, liebres y lechuzas. La capilla Nuestra Señora del Rosario, construida por Santín Capecci en 1902 e inaugurada en 1907, la cuida Ramona Lescano desde hace 20 años. El entramado de historias familiares, sastres, baqueanos y sobrenombres sostiene la identidad de un paraje que encontró en la gastronomía su forma de resistir.

Por qué importa

El caso muestra cómo pueblos rurales bonaerenses con patrimonio ferroviario en desuso encuentran en la gastronomía y el turismo de fin de semana una vía de reactivación económica y de fijación de población.

Qué sigue

El nuevo espacio de café y tortas en La Piamonte abre este domingo. La pileta climatizada de Rancho Aparte y la consolidación de la oferta de alojamiento marcan los próximos pasos del polo turístico.

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