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El cine de terror y su problema con la sangre: por qué el CGI ya no asusta y la salida es volver a lo práctico

El gore digital cada vez convence menos y varias películas del año recuperan los efectos prácticos para recuperar el impacto en la pantalla grande

Redacción••3 min de lectura
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El cine de terror y su problema con la sangre: por qué el CGI ya no asusta y la salida es volver a lo práctico

El cine de terror atraviesa un problema que se repite película tras película: las escenas de gore resueltas con CGI cada vez resultan menos convincentes. La sangre digital no tiene viscosidad ni carácter orgánico, y eso rompe la ilusión. Frente a ese desgaste, varias de las películas más efectivas del año optaron por recuperar los efectos prácticos.

La sangre es un elemento de impacto, pero en pantalla aparece cada vez menos desagradable y más incapaz de suspender la incredulidad del espectador. Lo mismo pasa con miembros cercenados u otros elementos que deberían ser salvajes y quedan diluidos por efectos digitales que lucen pobres.

Franquicias como Expediente Warren caen en esa costumbre, con ejemplos tan concretos como un fregador lleno de sangre que se nota que no es sangre. El especialista en CGI para terror Trey Lindsay señaló el origen del problema en una entrevista: “Hay una actitud paranoica y una resistencia a comprometerse con una decisión creativa con la suficiente antelación como para poder llevarla a cabo correctamente”.

Según su lectura, el CGI se volvió una solución apresurada para no tener que decidir cómo plasmar lo gore en el set de rodaje. Las casas de efectos especiales terminan entregando resultados a medio terminar por las prisas y la indecisión de las producciones.

Muchas de las películas más efectivas y exitosas del año hicieron lo contrario: recuperar los efectos prácticos. En Obsession, un momento de matanza brutal empleó un muñeco que había que destrozar. Primate, aunque tuviera un animal como parte de su propuesta, intentó usar todos los elementos prácticos posibles con el apoyo de un estudio.

El nuevo referente del terror, Zach Cregger, tiene clara su postura: “Aunque se vean las costuras, seré mucho más indulgente si se trata de un efecto práctico artificial que de uno digital artificial”. El director de Armas sostiene que la imperfección visible del truco físico genera más complicidad que la falsedad digital.

De todos modos, Cregger no descartó del todo el CGI en su versión de Resident Evil: optó por una mezcla y lo usó en momentos puntuales, pero con intención y con la capacidad de hacer que luzca potente. La diferencia es que tirar por lo práctico es más laborioso, porque alarga los días de rodaje: hay que limpiar y volver a maquillar después de cada desbarre en cada toma.

La discusión no es un capricho creativo. Apunta a ser la manera en la que el público recupere el interés en ver terror como espectáculo cinematográfico. Dentro de la industria hay voces que observan cómo la inteligencia artificial crea con facilidad “momentos de espectáculo” no muy distintos a los de un fregador lleno de sangre CGI, y la tendencia de muchos jóvenes es rechazar esa estética.

Las películas que intentan hacer algo más elaborado, aunque se vea el efecto o lo artificioso, se ganan el beneficio de la duda porque al menos alguien hizo algo con las manos. Como siempre, el mejor CGI es el que nunca se nota porque el espectador está cautivado por la magia del cine que hay en el resto de la imagen.

Por qué importa

La decisión sobre cómo filmar la sangre y el gore define cuánto impacta una película de terror en el espectador. Si el público joven rechaza la estética digital, la industria puede reorientar presupuestos y métodos de rodaje hacia lo práctico.

Qué sigue

Habrá que ver si los próximos estrenos de terror de grandes estudios siguen la tendencia práctica o vuelven al CGI por costos y plazos. La recepción de las películas que mezclan ambas técnicas marcará el rumbo.

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