Comedor Balcarce: 65 años del bodegón que nació con los obreros del puerto de Rosario
Fernando Santarelli, tercera generación al frente del clásico de Balcarce y Brown, rescata recetas de la cocina de los inmigrantes y prepara el regreso de platos que salieron de la carta

En la esquina de Balcarce y Brown, en Rosario, funciona desde hace 65 años Comedor Balcarce, el bodegón que nació como punto de encuentro de los obreros del puerto y del ferrocarril. Tres generaciones de la familia Santarelli sostienen hoy el mismo salón que abrió sus puertas el 1° de abril de 1961, cuando Secundino Santarelli compró el fondo de comercio de un almacén de bebidas llamado El Baturro.
Al frente del restaurante está Fernando Santarelli, de 41 años, tercera generación detrás del mostrador. Su abuelo, conocido como Don Segundo, llegó desde Chabás, a casi 100 kilómetros de Rosario, donde la familia tenía una huerta. Un amigo dueño del bar Victoria le avisó que en la ciudad había trabajo y que se vendía el fondo de comercio. Los Santarelli se mudaron con Eduardo, por entonces de 17 años, y su hermana Norma.
El negocio creció al ritmo de la actividad portuaria. "Al lado de Balcarce estaba la fábrica de amortiguadores Fric-Rot, que tenía 1000 obreros que cobraban por jornal y cuando salían de trabajar venían a tomar una cañita a la esquina", recuerda Santarelli. Lo mismo pasaba con la gente del ferrocarril y del puerto, que empezó a pedir algo para comer. Los abuelos compraron una cocina a kerosene y ahí arrancó todo.
El barrio Pichincha de aquellos años no se parecía en nada al actual. "Era una zona fulera: la zona del ferrocarril y del puerto, donde estaban los prostíbulos, el crotario, algo así como un viejo Retiro. Cuando yo era chico no me dejaban caminar ni dos cuadras solo", cuenta el actual dueño. La carta de entonces incluía milanesas, costeletas, pucheros, sopa, hígado encebollado, estofado y albóndigas, platos que remiten a la cocina de los inmigrantes.
Fernando se sumó al restaurante en 2006, con 21 años, después de un paso por la producción de shows de hardcore, punk y metal. "En Balcarce hice de todo: trabajé de mozo, atendí los pedidos de la rotisería, fui bachero en la cocina y estuve atrás del mostrador sirviendo flanes", repasa. Con los años llegaron los cambios: un upgrade de la carta de vinos, reformas estéticas y una apuesta fuerte a las redes sociales, que el lugar trabaja desde hace una década.
Entre los proyectos pendientes figura una carta de vermouth federal y el regreso de platos que fueron saliendo con el tiempo. "El chupín de armado, por ejemplo. Y tapeos con embutidos como los que se servían antes. Tengo guardados en el depósito todos los menús viejos de Balcarce. Ahora estamos viendo qué platos de esos rescatamos", adelanta. La recuperación de recetas se apoya en un archivo propio que la familia conservó durante décadas.
Consultado sobre el revival de los bodegones, Santarelli marca una diferencia. "Levantar la persiana de un día para otro no hace que sea un bodegón; un bodegón es cocina de inmigrantes y es algo con historia. Todos abren lugares que quieren simular ser viejos... nosotros somos viejos", sostiene. En la última reforma, la familia decidió recuperar las paredes con la pintura original de hace 60 años en lugar de taparlas. "Por ahí tenés un color bordó en el fondo y un verde agua horrible en otra pared, pero es algo que queda bien porque era así", explica.
El restaurante mantiene la atención solo para el almuerzo y la cena, pero la familia siempre estuvo todo el día en el salón. En lo que hoy es la oficina de Fernando antes había un depósito con un escritorio donde sus abuelos comían y miraban la telenovela de la tarde. Don Segundo trabajó en Balcarce hasta el día en que murió.
La historia del lugar se cruza con la de sus clientes. Santarelli recuerda a un comensal que se acercó a su mesa: "¿Vos sos el nieto de Don Segundo? Vos sabés que yo venía a comer acá cuando era estudiante. Yo era de Corrientes y no tenía una garantía para alquilar. Y tu abuelo, sin conocerme, me salió de garante. Me recibí y ahora están mis hijas estudiando acá". El hombre se emocionó y él también.
Hoy el público es más amplio que el de los primeros años. "Mi idea era que viniera gente joven, porque nosotros teníamos un público de gente grande. Y lo logramos. Hoy por hoy tenemos grupos de amigos, parejas, familias, vienen todos", cierra el dueño, que trabaja junto a su padre Eduardo. La esquina de Balcarce y Brown sigue contando la historia de la ciudad, de su cocina y de su gente.
Por qué importa
El bodegón es uno de los últimos testimonios vivos de la cocina de inmigrantes en Rosario y de la Rosario portuaria previa a la transformación de Pichincha. Su continuidad familiar y la recuperación de recetas muestran cómo se sostiene un patrimonio gastronómico que otros locales apenas imitan.
Qué sigue
La familia trabaja en una carta de vermouth federal y en el regreso de platos que salieron de la carta, como el chupín de armado y tapeos con embutidos. La selección se hará sobre los menús históricos que conservan en el depósito.
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