Críticas a la Argentina Week en París: la bioeconomía quedó fuera de la vidriera inversora
La presentación en Francia mostró energía, minería, agro y tecnología, pero omitió el eje que conecta ciencia, campo e industria, justo cuando Europa impulsa esa estrategia.

La Argentina Week en París exhibió oportunidades de inversión en energía, minería, agroindustria, salud y tecnología. Sin embargo, la bioeconomía no figuró como eje explícito de esa presentación. Esa ausencia genera cuestionamientos porque Europa avanza con una estrategia para convertir el conocimiento biológico en nuevas industrias y el país tiene capacidades para participar.
La crítica no apunta a que toda actividad de base biológica haya estado ausente: hubo agro y alimentos. Lo que faltó fue una mirada que integrara campo, ciencia, industria y energía. Esa conexión permite mostrar una Argentina con oportunidades que exceden los rubros tradicionales.
Una explicación posible es que se sigue pensando el agro como proveedor de alimentos y divisas, la energía como un negocio aparte y la tecnología como sinónimo de economía digital. Cada actividad importa, pero la división en compartimentos deja afuera los negocios que nacen de combinarlas. Del maíz no solo sale alimento: también bioetanol que se mezcla con la nafta. De los residuos de un tambo se obtiene biogás. Así, el campo amplía su papel económico.
La bioeconomía combina lo que crece en el campo y en la naturaleza con conocimiento científico para producir mejor y aprovechar los residuos que hoy se descartan. Vincula laboratorios con inversión y permite que una misma cosecha alimente varios negocios. Su desarrollo requiere tecnología, ingeniería, servicios y capacidades industriales.
El país cuenta con un agro competitivo, experiencia en biotecnología —fue uno de los primeros en adoptar cultivos transgénicos y desarrolló un trigo tolerante a la sequía— e instituciones como el INTA y el CONICET. No todas esas capacidades están articuladas ni todas las oportunidades tienen la misma madurez. Si se muestran solo los recursos naturales, se cuenta la mitad de la historia.
En París la omisión resulta más significativa. La nueva estrategia europea de bioeconomía busca que los descubrimientos científicos pasen del laboratorio a la fábrica y se produzcan a gran escala. Europa piensa cómo conectar laboratorios, empresas y mercados. La Argentina podría presentarse como socio con capacidad productiva y conocimiento propio.
El acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur puede bajar aranceles y facilitar exportaciones e importaciones. Su valor real dependerá de los negocios que se construyan alrededor de esa relación. Para eso hace falta cooperar en ciencia y tecnología, atraer inversiones y aprender. Pagar menos aranceles, por sí solo, no garantiza ese salto.
Hay posibilidades concretas de cooperación sin anunciar grandes plantas. Compartir plantas piloto ayuda a que los resultados científicos se conviertan en procesos reales. Formar en conjunto a investigadores, ingenieros y técnicos amplía lo que saben hacer los equipos. Los programas entre instituciones científicas y actores productivos abordan problemas que una pyme difícilmente resolvería sola.
La energía ofrece otro ámbito que merecía integrarse. La experiencia en bioenergía —biodiésel de soja, bioetanol de caña y de maíz, biogás— y la demanda de la agroindustria abren espacio para inversiones que mejoren la eficiencia, aprovechen residuos como el estiércol, la cáscara de maní o el bagazo de caña y bajen costos. Algunas atienden mercados internacionales; otras fortalecen el abastecimiento local y generan empleo en el interior.
La cooperación europea podría aportar ingeniería, financiación y métodos de evaluación, mientras que la Argentina contribuiría con experiencia productiva e investigación. Esas asociaciones deben dejar capacidades instaladas y demostrar cuidado ambiental. Que algo provenga de plantas o residuos no lo vuelve sustentable de manera automática: hay que medir su impacto sobre suelo, agua, biodiversidad y emisiones.
La bioeconomía tiene menor visibilidad porque sus oportunidades están repartidas entre agricultura, industria, energía, ciencia y ambiente. Ninguno de esos ámbitos puede desarrollarlas en forma aislada. Coordinar esas piezas es parte de una política de desarrollo. La próxima vez que el país busque inversiones, debería llevar una propuesta de bioeconomía reconocible, con proyectos listos para financiar e instituciones coordinadas.
Por qué importa
La bioeconomía puede ampliar la oferta exportadora y generar empleo calificado en el interior. Quedar afuera de la agenda europea implica perder inversiones y cooperación científica frente a competidores que ya articulan campo, industria y laboratorios.
Qué sigue
Resta ver si el Gobierno incorpora la bioeconomía en próximas misiones comerciales y cómo se articula con la estrategia europea. También queda pendiente la ratificación del acuerdo UE-Mercosur y su implementación concreta.
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