Elecciones en Brasil: el duelo Lula-Flavio Bolsonaro define el tablero global
El resultado de los comicios brasileños podría inclinar la balanza entre el multilateralismo y la alineación con Estados Unidos e Israel

La elección presidencial de Brasil definirá algo más que el próximo ocupante del Palacio del Planalto: pondrá en juego el lugar del país en el mundo y el futuro del multilateralismo frente al avance de Estados Unidos y sus aliados. La disputa entre el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, que busca un cuarto mandato, y Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, expone dos proyectos opuestos sobre el rol de organismos como las Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional (CPI).
En las semanas previas a la primera vuelta, el equipo de asesores internacionales de Lula coordinó tres llamadas a mandatarios extranjeros. La primera fue a Xi Jinping, de China, a fines de julio; luego siguió el ruso Vladimir Putin, a principios de agosto; y el 21 de agosto el presidente brasileño conversó alrededor de una hora y veinte minutos por teléfono con Donald Trump.
En los tres llamados, según reveló el propio Lula, les planteó a los mandatarios que era necesario hacer más eficiente al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas frente a los grandes conflictos bélicos globales, un espacio donde Brasil busca ocupar un asiento permanente desde que Lula fue elegido por primera vez en 2002. Se refirió en particular a la guerra entre Ucrania y Rusia y al escenario que se vive en Medio Oriente.
Hoy Brasil es uno de los principales defensores del multilateralismo en el llamado Sur Global, en momentos en que esa visión enfrenta un ataque sostenido por parte de Trump y sus aliados en distintas regiones. Por eso el resultado de la elección brasileña no es importante solo para Brasil.
La disputa entre Lula y Flavio Bolsonaro, que en caso de victoria se alineará con los Estados Unidos de Trump, podría representar una derrota para quienes defienden el rol de los organismos multilaterales y, en consecuencia, el fortalecimiento de un grupo de países que considera que esas instituciones son parte de un mundo en decadencia y promueve un nuevo orden, sin las reglas vigentes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
Cuando se habla de ataques a organismos multilaterales no debe pensarse solo en las Naciones Unidas. Los críticos del multilateralismo también apuntan, por ejemplo, a la Corte Penal Internacional, un tribunal independiente y permanente con sede en La Haya que juzga a personas acusadas de genocidio, crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad.
La CPI, regida por el Estatuto de Roma —un tratado internacional aprobado en 1998, firmado por Estados Unidos en el año 2000 pero nunca ratificado por ese país, y que comenzó a regir en 2002—, enfrenta severas sanciones políticas y financieras por parte del gobierno de Trump.
La intención de Estados Unidos y de aliados como Israel es conseguir que los países de la región se retiren de la CPI. En América Latina y el Caribe, 28 países ratificaron el Estatuto de Roma y son miembros del tribunal, lo que transforma a la región en una de las más importantes dentro del organismo. Recientemente, Venezuela, bajo fuertes presiones de la Casa Blanca, anunció su retiro de la institución, un proceso que puede demorar alrededor de un año.
Según fuentes diplomáticas paraguayas, en un encuentro realizado en septiembre en paralelo a la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, les pidió a los presidentes de Paraguay, Santiago Peña; de Ecuador, Daniel Noboa; y de Bolivia, Rodrigo Paz, seguir los pasos de Venezuela. Para Peña, afirmó la fuente, no será sencillo abandonar la CPI: en su país se necesita mayoría absoluta en el Parlamento y una ratificación mediante referéndum popular para modificar la participación del Estado en tratados internacionales.
Las presiones se intensifican y, en este contexto, lo que pase en Brasil puede inclinar la balanza a favor de los defensores del multilateralismo o, en caso de una victoria del hijo del expresidente Jair Bolsonaro, de aquellos que quieren debilitar organismos como las Naciones Unidas o la CPI.
La relación con Estados Unidos e Israel daría un giro drástico si el joven Bolsonaro llega a la presidencia. La familia Bolsonaro tiene fuertes vínculos tanto con Trump como con Netanyahu. El exdiputado Eduardo Bolsonaro, condenado por el Supremo Tribunal Federal a cuatro años y dos meses de prisión por coacción en un proceso judicial y actualmente exiliado en Estados Unidos, aseguró que, en caso de un triunfo de su hermano, él será el futuro canciller y una de sus primeras medidas será trasladar la embajada brasileña en Israel de Tel Aviv a Jerusalén.
La idea es considerada extremadamente peligrosa por dirigentes de peso que apoyan la candidatura de Flavio Bolsonaro, y no está claro hasta qué punto Eduardo tendrá influencia en las decisiones de su hermano si llega a la presidencia. Lo que sí es evidente es que, de ser elegido, Flavio Bolsonaro enfrentará enormes presiones dentro de su propio gobierno y de su familia para que Brasil adopte posiciones que ni siquiera su padre se animó a tomar cuando fue presidente.
El resultado de la elección definirá si Brasil, con Lula en el poder, insiste en la defensa de los caminos diplomáticos para lidiar con los grandes conflictos globales o si, con el regreso de los Bolsonaro, se alinea con Estados Unidos e Israel. Entre los aliados de Flavio Bolsonaro existen algunos con visiones menos ideológicas y más pragmáticas; pero en un mundo y una región donde las presiones de los Estados Unidos de Trump son cada vez más agresivas, resistir es cada vez más difícil.
Por qué importa
El resultado brasileño puede reordenar el tablero regional: una victoria de Flavio Bolsonaro debilitaría a la ONU y la CPI y consolidaría el bloque de Trump en América Latina, con impacto directo sobre los países vecinos.
Qué sigue
Hay que seguir las presiones de Estados Unidos e Israel sobre los países que aún integran la CPI y el proceso de retiro de Venezuela, que puede demorar alrededor de un año. El escrutinio brasileño será el punto de inflexión.
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