Sucesos

Hermanas Papin: el doble crimen que conmocionó a Francia y marcó al psicoanálisis

Christine y Léa Papin asesinaron a su patrona y a la hija en Le Mans en 1933. El caso se volvió un hito para la criminología, la literatura y la lucha de clases.

Redacción••4 min de lectura
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Hermanas Papin: el doble crimen que conmocionó a Francia y marcó al psicoanálisis

Christine y Léa Papin asesinaron a golpes y puñaladas a su patrona, Léonie Lancelin, y a la hija de esta, Geneviève, el 2 de febrero de 1933 en Le Mans, Francia. Las hermanas, que trabajaban como empleadas domésticas en la casa desde hacía casi siete años, no intentaron escapar: se lavaron, se cambiaron y se acostaron juntas hasta que llegó la policía.

El caso conmocionó al país y trascendió la crónica policial. Se convirtió en materia de estudio para el psicoanálisis, la criminología y la literatura, y en un símbolo del conflicto de clases que atravesaba la sociedad francesa de entreguerras.

Christine nació en marzo de 1905 y Léa en septiembre de 1911. Eran hijas de Gustave Papin y Clémence de Ré, un matrimonio marcado por los celos, los conflictos y el alcoholismo del padre. La pareja tenía otra hija, Emilia, nacida en 1902.

La convivencia se quebró cuando Clémence descubrió que Gustave había abusado sexualmente de Emilia, que entonces tenía diez años. La madre abandonó a su marido, pero responsabilizó a la nena por lo ocurrido y la envió a un convento. Las tres hermanas crecieron separadas.

Christine pasó casi siete años con una tía y después ingresó al claustro, donde aprendió tareas domésticas y llegó a considerar la vida religiosa. En 1920, su madre la retiró del convento, cuando tenía quince años, y empezó a buscarle empleos como doméstica en distintas casas de Le Mans.

Léa también se empleó en el servicio doméstico. Pese a los años de distancia, las hermanas mantenían un vínculo estrecho y se encontraban en sus ratos libres. En 1926, Christine consiguió trabajo en la residencia de René Lancelin, un abogado retirado que vivía con su esposa Léonie y su hija Geneviève. Pocos meses después logró que contrataran también a Léa: por primera vez pudieron trabajar y vivir juntas.

Al principio la relación parecía buena. Las hermanas llamaban mamá a Léonie y se referían a su madre biológica como esa mujer. La señora incluso intervino cuando supo que entregaban casi todo el salario a Clémence y les recomendó quedarse con el dinero.

Con el tiempo la convivencia se deterioró. Léonie revisaba las tareas con minuciosidad y reaccionaba ante el mínimo descuido. Según los relatos que se recogieron del caso, hubo ocasiones en que las abofeteó, pellizcó y dio apretones. Después de uno de esos episodios, Léa le advirtió a Christine que estaba dispuesta a defenderse si la señora volvía a agredirlas.

La tarde del crimen, Léonie y Geneviève salieron de compras y René Lancelin estaba fuera de la casa. Mientras las hermanas trabajaban, una plancha eléctrica se volvió a romper y dejó la vivienda sin luz. Cuando las mujeres regresaron, cerca de las cinco y media, Christine les informó que no había podido terminar el trabajo.

Según su declaración posterior, Léonie levantó una mano con intención de golpearla y Christine respondió atacándola. Geneviève intervino para defender a su madre y Léa se sumó al enfrentamiento. Christine golpeó a una de las mujeres con una pesada jarra de peltre y las dos hermanas las tiraron al piso.

En medio de la agresión, Christine le ordenó a Léa que le arrancara los ojos a una de las víctimas, y ella hizo lo mismo con la otra usando los dedos. Después Christine fue a la cocina a buscar un martillo y un cuchillo, y las hermanas siguieron golpeando y apuñalando, intercambiándose las armas.

La violencia fue tal que los investigadores encontraron trozos de huesos, dientes y restos de cabello dispersos por el lugar. Uno de los ojos quedó sobre la escalera, a más de dos metros de los cuerpos. Las víctimas fueron desvestidas y halladas desnudas.

Cuando terminaron, Christine cerró las puertas, las dos se lavaron la sangre de las manos en la cocina, se cambiaron y subieron a su habitación. Llevaron el martillo y se acostaron juntas. Esa noche, René Lancelin volvió a la casa, la encontró a oscuras y con las puertas cerradas, y en un primer momento pensó que su esposa e hija habían ido solas a la cena que tenían prevista.

El caso, que llegó a los tribunales y dividió las aguas entre quienes veían a las hermanas como víctimas de la explotación doméstica y quienes las consideraban criminales, quedó como uno de los episodios más estudiados de la historia criminal francesa. La historia de Christine y Léa Papin sigue funcionando como espejo de las desigualdades de clase y de los silencios que rodean la violencia dentro del hogar.

Por qué importa

El caso Papin excedió la crónica policial: instaló el debate sobre la explotación doméstica, la salud mental y la violencia de clase en la Francia de entreguerras. Su huella sigue presente en el psicoanálisis y la literatura.

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