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Keynesianos y maquiavelistas: cómo dos escuelas de pensamiento justificaron el poder sin límites

Un análisis sobre cómo el keynesianismo y el maquiavelismo moderno ofrecieron argumentos sofisticados para concentrar poder en manos de especialistas y elites, alejándose de sus autores originales.

Redacción3 min de lectura
Keynesianos y maquiavelistas: cómo dos escuelas de pensamiento justificaron el poder sin límites
Keynesianos y maquiavelistas: cómo dos escuelas de pensamiento justificaron el poder sin límites

Las grandes teorías raramente sobreviven intactas en manos de sus discípulos. Entre la obra original y su aplicación práctica median simplificaciones, desviaciones y, a menudo, traiciones al espíritu del maestro. Eso ocurrió con John Maynard Keynes y sus seguidores, y también con Nicolás Maquiavelo, aunque de formas distintas.

Keynes escribió su Teoría General en los años treinta, en plena depresión económica global y bajo el temor al comunismo y al fascismo. Su obra fue de oportunidad: ofreció respuestas sofisticadas a un mundo en crisis. Pero el propio Keynes, según señaló el economista Friedrich Hayek, nunca la concibió como definitiva. Sus discípulos, en cambio, heredaron las fórmulas y desecharon las dudas.

Del keynesianismo posterior emergió una teoría de intervención estatal permanente en la economía. Lo que comenzó como respuesta a una emergencia se convirtió en sistema de gobierno. El culto al gasto público, la naturalización del déficit y la expansión de la deuda se instalaron como herramientas de poder político, con un trasfondo común: la idea de que una minoría de expertos podía reemplazar al mercado en la asignación de recursos.

El keynesianismo político ofreció algo más valioso que una teoría económica: un argumento sofisticado para gastar más, distribuir privilegios, cerrar la economía y regular sin límites constitucionales. La inflación se convirtió en expropiación silenciosa de los ahorros. El proteccionismo apareció como independencia. Los costos se postergaban indefinidamente. Pero el poder se concentraba ahora.

Maquiavelo fue revolucionario de otro tipo. Describió el poder político sin los velos morales de sus contemporáneos y enseñó a mirarlo con realismo. Pero no fue solo autor de El Príncipe; sus Discursos defendieron la energía republicana, el conflicto ordenado y la libertad contra la corrupción. Maquiavelo no predicaba adorar el poder, sino comprenderlo.

En el siglo XX surgió una nueva escuela: Vilfredo Pareto, Gaetano Mosca, Robert Michels, Georges Sorel y James Burnham retomaron sus ideas y las transformaron. Su diagnóstico era crudo: toda sociedad es gobernada por minorías; toda democracia tiene una elite; toda organización tiende a la oligarquía. El pluralismo, bajo esta lectura, es apenas una ceremonia; la libertad, una ilusión administrada.

Aquí aparece el punto de contacto decisivo. Los keynesianos desconfían del mercado; los maquiavelistas desconfían de la democracia. En ambos casos, el ciudadano común queda degradado a rol pasivo: paciente de economistas que administran la demanda o masa electoral controlada por elites que administran el poder.

Burnham añadió una pieza crucial en su obra La revolución de los managers: sostuvo que el capitalismo competitivo estaba siendo reemplazado por una sociedad gerencial, controlada por administradores, burócratas y técnicos. La economía dejaba de ser un orden abierto de propietarios y emprendedores para transformarse en un campo dirigido por expertos. La política dejaba de ser competencia pluralista para convertirse en administración de elites. Mercado y democracia sobrevivían como vocabulario; el poder efectivo pasaba a gerentes del Estado y corporaciones.

Argentina conoce bien esta alianza. Emergencias permanentes, controles de precios, confiscaciones monetarias, deuda irresponsable y privilegios sectoriales han sido justificados una y otra vez como necesidades técnicas. Cada fracaso produjo una nueva explicación experta y una nueva promesa de salvación, pero rara vez devolvió poder a los ciudadanos.

La enseñanza es clara: Keynes dejó una teoría de crisis que sus discípulos convirtieron en doctrina de gobierno permanente. Maquiavelo dejó una ciencia del poder que sus continuadores transformaron en fatalismo elitista. Frente a estos excesos, la respuesta sigue siendo constitucional: limitar el poder, preservar la competencia, defender el ahorro, proteger la propiedad y rechazar que ninguna emergencia justifique convertir la excepción en sistema.

Fuente: Clarín.

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