La demanda emocional que la política no logra capturar: Malvinas y la Selección
Un análisis sobre la necesidad de un liderazgo que trascienda la polarización y conecte con el orgullo nacional, algo que ni Milei ni otros gobiernos han conseguido.


En la Argentina hay un casillero vacío que la política no logra llenar. Ni siquiera la irrupción de Javier Milei en el escenario electoral pudo capturar esa demanda subterránea por una motivación vital transversal y trascendente. Esa corriente se hizo visible durante el Mundial, sobre todo desde el partido contra Inglaterra. La Selección argentina de Messi y Scaloni y las Malvinas logran conectar emocionalmente a millones de argentinos, cruzando ideologías, clases sociales y edades, pero la política no acierta a representarla.
La demanda se sostiene en un entramado que deja de lado prejuicios y conecta con dos causas: la camiseta de la Selección como bandera de todos y las Malvinas como dolor transgeneracional. Es un nacionalismo de baja intensidad, lejano del nacionalismo conservador o procesista. El Mundial y la emoción por Malvinas muestran una oportunidad para una oferta política que acelere el progreso económico sin romper el tejido social. La utopía perfecta: que no agrave la polarización, sino que contenga multitudes.
Lo que se percibe es un orgullo alegre por ser argentino, un nacionalismo inocente, sin enemigos. Esta Selección representa amigos, esfuerzo, ascenso social y una sensibilidad leve, como recoger una bandera arrojada desde la tribuna. Ahí hay material para una política que abandone el horizonte sacrificial y proponga la belleza de la vida cotidiana. Por ahora, es un guante que nadie recoge.
Esa sociedad solo se expresa en el fútbol y en el dolor malvinero, y también en la muerte del Indio Solari. Para todos los Gobiernos, esas causas son un problema. Milei, con su calidad de outsider machucada por dos años y medio en el poder, tampoco encontró una nueva relación con Malvinas ni con la Selección. En el mileísmo, el monocomando de la rabia deja afuera los matices emocionales que mueven a la sociedad.
En el pasado, Alfonsín tuvo un enemigo común externo, el poder militar, y supo leer la época. No es casual que la Selección del '86 celebrara en la Casa Rosada, con Alfonsín haciéndose a un lado. En 2014, Cristina Kirchner copó la escena en Ezeiza. Con Alberto Fernández, la Selección campeona rechazó la invitación a Casa Rosada y Messi esquivó el abrazo de Eduardo “Wado” De Pedro. La cercanía a la política dejó de ser un activo.
Milei faltó a la Final del Mundial por cábala, evitando ser considerado “mufa”. Mauricio Macri lo resolvió mejor: estuvo presente como funcionario de FIFA y Argentina salió campeona. En los temas Malvinas y fútbol, el Gobierno tuvo problemas. La ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva fue demasiado enfática al evitar banderas politizadas, y el sobregiro disciplinador dejó al Gobierno fuera del aura emocional. Victoria Villarruel retomó una retórica procesista al llamar “piratas usurpadores” a Inglaterra, mientras Patricia Bullrich se desmarcó con una foto alentando a la Selección con un termo que decía “Islas Malvinas. Siempre nuestras”.
Fuente: Lanacion.
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