Opinión

La Argentina busca liderar la FAO para potenciar su influencia agroindustrial global

El país aspira a conducir la FAO para transformar su fortaleza productiva en cooperación e influencia estratégica en el comercio mundial de alimentos.

Redacción4 min de lectura
Opinión: la Argentina debe ocupar un lugar central en la gobernanza mundial de los alimentos, fibras y bioenergías

La Argentina es uno de los pocos países cuya identidad productiva, inserción internacional y capacidad de generar divisas están profundamente ligadas a la producción y el comercio de alimentos, fibras y bioenergías. El país es un actor relevante del sistema agroalimentario mundial y cuenta con conocimientos, tecnología, empresas y productores reconocidos internacionalmente.

Sin embargo, históricamente no siempre se le dio la misma importancia a participar con mayor protagonismo en los organismos internacionales donde se definen las reglas de la producción y el comercio agroalimentario. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) es uno de esos espacios clave.

Para la Argentina, aspirar a conducir una organización de esa relevancia no debería ser entendido solo como un objetivo diplomático, sino como una cuestión estratégica. Esto cobra mayor importancia en un mundo donde las reglas multilaterales están en discusión y existen medidas unilaterales regulatorias que se convierten en barreras paraarancelarias.

El complejo agroindustrial genera más de la mitad de las exportaciones argentinas y constituye una de las principales fuentes de inserción en la economía mundial. El país es protagonista en el comercio internacional de soja y subproductos, maíz, trigo, carne, lácteos, productos regionales y numerosos alimentos procesados. Pero la verdadera fortaleza no reside solo en los volúmenes que produce.

Durante décadas, la Argentina construyó un extraordinario ecosistema de conocimiento agropecuario. Fue protagonista del desarrollo y la adopción de la siembra directa, la biotecnología, la agricultura de precisión, la genética aplicada a cultivos y ganadería, la maquinaria agrícola, los sistemas de trazabilidad y numerosas innovaciones que permitieron producir más y mejor, cuidando el ambiente.

A ello se suma una institucionalidad científica y sanitaria que incluye organismos públicos, universidades, centros de investigación, asociaciones de productores y un sector privado altamente especializado. Ese conocimiento constituye un activo internacional.

La agricultura mundial atraviesa una transformación acelerada. El crecimiento de la población, los desafíos climáticos, la disponibilidad de agua, la necesidad de aumentar la productividad, las nuevas tecnologías y las crecientes exigencias ambientales y sociales están modificando la manera de producir y comercializar alimentos.

Al mismo tiempo, el comercio agroalimentario está cada vez más condicionado por normas técnicas, sanitarias y ambientales. Por eso existen dos ámbitos especialmente relevantes para los intereses argentinos: el Codex Alimentarius y la Convención Internacional de Protección Fitosanitaria, donde se desarrollan estándares internacionales para proteger la sanidad vegetal y la salud de los consumidores, y promover prácticas basadas en ciencia en el comercio de alimentos.

Para un país exportador agroalimentario, estas discusiones son fundamentales. Los estándares internacionales sobre sanidad vegetal, certificados fitosanitarios electrónicos, inocuidad, residuos, contaminantes, etiquetado, métodos de análisis y otras cuestiones técnicas pueden tener consecuencias concretas sobre el acceso de los productos a los mercados. Esto ya se ve cotidianamente, y el poder de influencia de la Argentina en los foros internacionales es limitado.

Por lo tanto, el país necesita fortalecer permanentemente su capacidad técnica y su presencia en estos ámbitos. Que la Argentina pueda ejercer la conducción de la FAO tendría un enorme valor institucional, económico y comercial.

Conducir una organización multilateral implica representar los intereses de todos sus Estados miembros y actuar con independencia e imparcialidad. Pero también significa que la Argentina puede demostrar capacidad de liderazgo, generar conocimiento, formar recursos humanos y estar en el centro de las conversaciones globales sobre agricultura, ganadería, alimentación y desarrollo.

Hay además una enorme oportunidad vinculada con la cooperación internacional. La Argentina no debería limitarse a pensar su inserción agroalimentaria exclusivamente en términos de exportación de productos. También puede exportar conocimiento. La cooperación técnica puede convertirse en una extraordinaria herramienta de inserción internacional: cuando un país comparte tecnología y conocimiento, construye relaciones de largo plazo. Esos vínculos generan confianza entre instituciones, científicos, productores y empresas, y pueden facilitar nuevas oportunidades de inversión y comercio.

Por eso, una eventual conducción de la FAO por parte de la Argentina sería más que un reconocimiento internacional: sería una oportunidad para transformar una de sus mayores fortalezas productivas en capacidad de cooperación, presencia internacional e influencia estratégica.

Más que una aspiración nacional, una propuesta argentina para liderar la FAO debe ser entendida como una oferta de soluciones, consensos y agregado de valor para el mundo. Los países que tienen conocimientos deben compartirlos, y los organismos internacionales deben transformar sus capacidades en respuestas efectivas, disminuyendo su burocracia y entregando a todos sus miembros resultados tangibles. Es imprescindible buscar ocupar ese espacio de relevancia internacional en la próxima elección a Director General de la FAO, buscando aliados internacionales que compartan las mismas preocupaciones sobre regulaciones de comercio alejadas de la ciencia que circulan y ponen en riesgo el flujo actual y el potencial exportador de materias primas, alimentos, fibras y bioenergías.

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