Opinión

La trampa del WhatsApp: cómo la comunicación digital nos atrapa

Un análisis sobre la imposibilidad de responder todos los mensajes y cómo la urgencia digital desplaza lo realmente importante en nuestras vidas.

Redacción3 min de lectura
La trampa del WhatsApp: cómo la comunicación digital nos atrapa
La trampa del WhatsApp: cómo la comunicación digital nos atrapa

El correo electrónico y el WhatsApp colonizaron nuestra intimidad. Conectados permanentemente con familia, amigos, colegas y grupos diversos, recibimos un aluvión constante de mensajes que consume nuestro día sin que nos demos cuenta. Con un promedio de diez demandas por hora durante las dieciséis horas en las que estamos despiertos, la jornada se desmorona en el intento de responder cada uno de ellos.

Muchos reconocen la sensación: culpa por no contestar a tiempo, angustia ante la acumulación de pendientes, esa mala conciencia que acompaña el silencio. Pero existe otra realidad, igualmente válida. Quienes experimentan la necesidad de apartarse del ruido digital saben que es una batalla perdida de antemano. La única salida es aceptar la derrota: habrá mensajes sin respuesta, personas que se sentirán ignoradas, y no hay genio que pueda conceder el equilibrio entre la conversación interna y la externa.

Lo accesorio se convirtió en lo principal. Cada mañana, antes de comenzar el trabajo que realmente importa, llega el ritual obligatorio: revisar los mensajes del día anterior. Mientras se responden, nuevos mensajes caen en cascada a un ritmo que supera la capacidad de quien intenta contestar. Se responde uno, llegan dos. Es un círculo donde el tiempo para hacer aquello que verdaderamente queremos nunca llega, porque los preliminares que hay que superar se reproducen sin pausa.

En el escritorio descansa una carta manuscrita de una lectora, recibida hace más de dos meses. Cuenta cómo una columna confirmó sus sentimientos de juventud, los que no cambian y siguen vivos. La respuesta está planeada en papel, un gesto considerado. Pero el WhatsApp insiste y se impone por número. Mata al papel con su urgencia constante.

Llega el punto del colapso. En un rapto de lucidez, se suelta todo. Se le baja la persiana al mundo y se va a lo propio. Pero el precio de esa libertad efímera es alto. El celular, apartado a un costado como un animal dormido, enseguida empieza a chillar. Aparece el reproche del familiar, del amigo, del compañero: "¿Por qué nunca contestás los mensajes?" El tono airado, casi ofendido, confirma que el dispositivo no solo acabó con la soledad: también terminó con la paciencia.

Al volver de la llamada, descubre que los mensajes continuaron acumulándose. Es el momento de declararse definitivamente vencido. La imposibilidad material de cumplir con lo que sería un acto de consideración morigera la molesta sensación de estar en falta. Y aquí viene la verdad incómoda: es su vida o la mía. Quien tiene la gracia de advertirlo siempre opta por el propio pellejo.

Las víctimas de ese silencio, aunque se hayan sentido ignoradas, harán lo mismo con otros que demandan su atención. Y estos últimos, a su vez, dejarán a otros sin respuesta. Así al infinito, en una cadena de demandas y frustraciones que alimenta el malestar general mientras colabora con la sensación de incomunicación en la que todos vivimos. Se sacrifica el tiempo en las pantallas, se hacen más ricos los magnates de Silicon Valley con cada clic, que además proveen datos para tener cada vez más atados a los usuarios.

Por eso, un llamado a la solidaridad. A todos quienes esperan respuesta, se les ruega que olviden y condonen la deuda. Así podremos empezar de cero, sin lastre. Borrón y cuenta nueva. Se renuevan votos y se promete poner empeño en cumplir. Pero nadie está en condiciones de garantizar nada. Pronto se estará en rojo otra vez. No culpen por eso. Y sepan perdonarse si, tan inadaptados, desertan momentáneamente de esta Babel digital e incurren en el mismo pecado.

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