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Milei y la ONU: por qué las instituciones casi nunca se reinventan solas

Un repaso por el G7, el G20 y el Consejo de Seguridad para entender por qué el reclamo argentino por Malvinas difícilmente cambie el funcionamiento del organismo

Redacción••2 min de lectura
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¿Cómo se reinventan las instituciones?

La crítica del presidente Javier Milei al funcionamiento de la ONU excede la disputa por las Islas Malvinas. Apunta a un problema más amplio: cómo las instituciones absorben o resisten los cambios de circunstancias. Una de las "leyes" de Parkinson lo ilustra con crudeza: desde el año en que el Reino Unido perdió su última colonia, el número de empleados del ministerio de colonias siguió aumentando.

El caso del G7 es el más citado. El grupo nació por las consecuencias económicas de la guerra del Yom Kippur y reunió a las principales economías del mundo. Los países se ordenaron según el PBI total de la primera mitad de la década de 1970. Con ese criterio, hoy Italia y Canadá deberían ceder sus lugares a China e India.

El G7 se transformó en G8 cuando se desintegró la Unión Soviética y Rusia fue invitada a participar, no por su PBI sino por sus armas nucleares. Hoy existe el G20, un grupo heterogéneo. La secuencia muestra que las instituciones se amplían antes que reordenarse.

El Consejo de Seguridad de la ONU responde al esquema de 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Tiene 15 miembros, de los cuales cinco son permanentes y con derecho a veto: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China. Para el planteo argentino, eso vuelve muy difícil una intermediación objetiva en el caso Malvinas.

"Es difícil imaginar cómo una institución como ésta se modifica por una dinámica interna, que al incorporar las nuevas realidades implica que los poderosos resignarán parte de su poder", sostiene el análisis. A eso se suma la propia dinámica de la burocracia del organismo.

El economista Albert Otto Hirschman aportó una clave: frente a la frustración, las personas o entidades ensayan la queja o la salida. Los politólogos enfatizan la primera reacción y los economistas la segunda. Quien está disconforme con el bar al que concurre habitualmente cambia de lugar para desayunar; los católicos que no están de acuerdo con el Papa se quejan, pero no se convierten al judaísmo o al budismo.

Trasladado al planteo de Milei en la asamblea de la ONU, el diagnóstico es que difícilmente el organismo se transforme en una institución que lo satisfaga. Tomada de manera aislada, la posición argentina suena a queja. Pero Milei no es el único titular del Poder Ejecutivo de un país miembro que piensa de la misma manera, y eso podría activar algún movimiento.

El límite es estructural: las fuerzas armadas pertenecen a los países. La ONU solo dispone de los cascos blancos, militares de algunos Estados miembros que mantienen la paz una vez que los beligerantes dejaron de tirotearse. El mismo problema aparece en medio ambiente e inteligencia artificial: si el impacto traspasa las fronteras, la autoridad de aplicación debería abarcar el mundo entero, pero esa demanda es muy difícil de implementar de manera efectiva.

Por qué importa

El reclamo argentino por Malvinas choca contra un diseño institucional que otorga veto a cinco potencias desde 1945. Entender ese límite evita expectativas desmedidas sobre lo que puede lograr un discurso en la asamblea.

Qué sigue

Habrá que ver si otros países miembros acompañan el planteo argentino y si eso genera algún movimiento concreto. La discusión sobre ampliar el Consejo de Seguridad sigue abierta, pero sin plazos ni consenso entre las potencias con veto.

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