Moria Casán cumple 80 años: el arte de no dejar que la edad la defina
La serie "Moria" se estrena cuando la actriz y vedette llega a las ocho décadas, con un personaje que acumula identidades sin jubilar ninguna.

Moria Casán cumple 80 años y lo hace con una serie propia que se estrena en ese mismo momento. Lejos del balance retrospectivo que suele acompañar esa cifra, la actriz y vedette sostiene una figura pública que se resiste a ser encasillada por la edad. "Estoy de vuelta de tantas cosas que ya no sé si voy o vengo", dice ella misma en la producción.
El estreno de "Moria" coincide con el aniversario y propone un recorrido por una trayectoria que atravesó el espectáculo argentino durante más de cinco décadas. La serie no se detiene en el pasado como memoria fija, sino que muestra cómo esas etapas pueden retomarse o reconvertirse en cualquier momento.
Sus 80 años están dichos, mostrados y hasta festejados. Pero la cifra no logra convertirse en una posición desde la que los demás puedan definirla. Ese es, quizás, el rasgo más singular de su construcción pública.
A Moria le tocó ser muchas cosas: la vedette deseada de los años setenta, la actriz, la mujer televisiva, el jurado, la escandalosa, la irreverente, la madre, la diva, la señora, la "One". Ninguna de esas figuras parece jubilar a la anterior. Se acumulan, a veces se contradicen y terminan formando ese personaje excesivo que lleva su nombre.
Por eso resulta difícil pensar su trayectoria mediante la clásica sucesión lineal de edades. En Moria las temporalidades se mezclan. Puede mirar a la vedette que fue como si perteneciera a otra persona y, al instante siguiente, volver a apropiársela. "A mí el paso del tiempo me hace los mandados", afirmó.
Ella misma utilizó una imagen para definir ese movimiento: mirarse como una "marciana". Mirarse desde otro planeta significa poder contemplar al personaje sin confundirse enteramente con él. Moria observa a Moria, la administra, la comenta, se ríe de ella y vuelve a lanzarla a escena.
Para permanecer durante décadas en el centro de una escena cambiante es necesario saber transformarse sin dejar de ser reconocible. La permanencia no consiste en conservar intacta una identidad sino en modificarla antes de que los demás puedan declararla vencida.
Moria parece haber comprendido tempranamente que la figura pública es, en buena medida, un artificio. El cuerpo, la ropa, las palabras, la voz, los gestos y hasta los nombres con los que se designa forman parte de esa construcción. Nunca hubo demasiado interés en esconder el artificio. Al contrario: lo exhibió.
Allí aparece una diferencia con cierto ideal contemporáneo de autenticidad. Moria no necesita presentarse como alguien que finalmente se liberó de las máscaras para mostrar su verdadero yo. La máscara también es ella. Cambiar de máscara es uno de sus modos de seguir siendo ella.
De ahí que resulte sugerente el recorrido que lleva de haber sido una de las vedettes más deseadas del país a proclamarse "el Obelisco con tetas". En su transformación de femme fatale en monumento podría parecer haber una pérdida, pero ocurre lo contrario: es una ampliación. Ya no se trata solamente de ser una mujer deseable. Se vuelve paisaje urbano, símbolo, exageración nacional.
En esa operación también se modifican las categorías de género. Moria puede presentarse como mujer, varón, puto o travesti sin preocuparse por delimitar esos lugares. Se dice una trans de su propia vida porque trasciende y transgrede su propia biografía.
Esa libertad produce una particular pieza barroca. No basa su poder solamente en la fascinación que provoca sobre los hombres, sino en una figura construida mediante la acumulación: pelucas, siliconas, joyas, maquillaje, escotes, uñas, karate verbal, obscenidades, inteligencia escénica. El barroco no disimula el artificio: lo celebra.
Moria no "envejeció bien", porque eso supondría adecuarse a algún ideal esperable. Lo que ella hace es más interesante: intenta evitar que las formas atribuidas a la edad la definan. No niega los años, los muestra para convertir esa cifra en una dimensión más de su personaje. Continúa trabajando, provocando, deseando y cobrando por ser requerida.
La serie muestra episodios más duros: violencia, abuso y hasta el electroshock recibido durante su adolescencia. Resultaría sencillo convertir esos acontecimientos en explicaciones psicológicas de su personalidad posterior. Más interesante es observar qué hace ella cuando los incorpora a su relato.
Una vez más, intenta no quedar fijada al lugar que el acontecimiento parecería asignarle. Incluso frente a aquello que podría colocarla en el sitio de víctima, busca recuperar una capacidad de acción, una ocurrencia, una salida inesperada. No porque el dolor desaparezca, sino porque se resiste a entregarles a los otros la última palabra acerca de quién es.
Quizás por eso sus 80 años adquieren un significado particular. La longevidad suele ser narrada hoy a través de palabras como actividad, salud, autonomía o proyectos. Su caso agrega la lucha por conservar la autoría de la propia representación. No permitir que la edad, el cuerpo, el pasado o los otros terminen de escribir el personaje.
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