Perfume y cerebro: qué dice la neurociencia sobre los aromas que regulan el ánimo
Las fragancias funcionales, diseñadas para actuar en el cuerpo, ganan terreno junto a la tecnología inmersiva.

Oler bien no es solo elegir el frasco de perfume correcto. Basta cruzarse en la calle con alguien que usó una fragancia cara sobre una base descuidada para entender que el perfume solo no alcanza. Oler bien es una sumatoria que empieza mucho antes de destapar nada.
La ropa guardada sin ventilar, la campera que se usa “una vez más” o el pelo que se lava cada tres días porque “no se nota” son enemigos silenciosos. El olfato humano es extraordinariamente sensible a los olores de fondo, y un perfume rociado sobre una base descuidada no se mezcla: compite, y pierde.
El desodorante también juega un papel clave. Elegir uno sin fragancia marcada, o al menos neutro, evita que pelee con el perfume elegido con cuidado. Combinaciones como cítrico contra floral o dulce contra amaderado arruinan en el cuerpo lo que en el frasco olía increíble. Oler bien es también un ejercicio de coherencia: que cada fragancia dialogue con la siguiente en lugar de gritarle encima.
Mientras tanto, la industria global de belleza va un paso más allá. WGSN, la consultora de tendencias, señala la convergencia entre perfumería y neurociencia. En sus informes sobre el futuro del cuidado de la piel, anticipa una experiencia cada vez más multisensorial, en la que las fragancias funcionales —pensadas no solo para gustar, sino para actuar en el cuerpo— ganan terreno junto a la tecnología inmersiva.
La propuesta puntual que más interesó fue tomar como inspiración la perfumería de uso personal, respaldada por evidencia neurocientífica, para testear lo que ya se empieza a llamar “neuroaromas” en formatos de cuidado corporal y también del hogar, diseñados específicamente para ayudar a regular el sistema nervioso y bajar los niveles de cortisol.
No es una idea que aparece de la nada. En 2023, un estudio publicado en la revista Healthcare por investigadoras de la Universidad de Konkuk, en Seúl, documentó los efectos ansiolíticos de la inhalación de aceite esencial de lavanda. Y en el terreno de la neurocosmética, distintos especialistas vienen mostrando cómo ciertos aromas actúan sobre el sistema límbico —esa zona del cerebro vinculada a la emoción y la memoria— incluso antes de que un tratamiento o un producto empiece a hacer efecto sobre la piel.
Un ejemplo cotidiano: un perfume de almohada de lavanda con melatonina incorporada, la hormona que regula el ciclo de sueño. Es exactamente la lógica del “neuroaroma” llevada a un objeto accesible. El olor, en ese sentido, deja de ser decoración para convertirse en preparación: el cuerpo se predispone al bienestar apenas percibe determinadas moléculas aromáticas.
Ya se perfilan cremas corporales para bajar la ansiedad antes de dormir, difusores hogareños para acompañar el fin de una jornada estresante y perfumes que no solo firman una identidad sino que además regulan. La perfumería, que durante siglos fue puro placer estético, empieza a asumirse también como una herramienta de salud emocional.
Sin embargo, ninguna innovación en neuroaromas va a reemplazar lo elemental. Ningún “neuroaroma” corrige una remera sin lavar. La base sigue siendo la misma de siempre: cuerpo, higiene y coherencia en las capas de fragancia.
Fuente: Lanacion.
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