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Termas Concepción: la apuesta vecinal que convirtió un río implacable en motor turístico

Cuarenta y dos vecinos de Concepción del Uruguay buscaron agua bajo tierra hace tres décadas y hoy el complejo proyecta un hotel cuatro estrellas all inclusive

Redacción••5 min de lectura
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Los vecinos que buscaron agua bajo tierra y cambiaron el destino de una ciudad

Un grupo de vecinos de Concepción del Uruguay decidió hace tres décadas buscar bajo tierra una salida a las inundaciones del río Uruguay que golpeaban al turismo local. Lo que empezó como una apuesta incierta, sostenida por 42 socios sin grandes inversores, atravesó perforaciones fallidas, la crisis de 2001 y una pandemia hasta convertirse en uno de los complejos termales más importantes de Entre Ríos. Hoy, Termas Concepción ocupa 30 hectáreas sobre el kilómetro 129 de la Autovía 14.

El complejo tiene 17 piletas, parque acuático, parque aéreo, lago artificial, 74 unidades de alojamiento y una agenda permanente de actividades. Además, proyecta la construcción de un hotel cuatro estrellas all inclusive que marcará una nueva etapa en su crecimiento.

“Todo proyecto carga un sueño detrás”, asegura Daniel Dutra, el entonces joven arquitecto que dibujó en papel vegetal, cuando el AutoCAD todavía no existía, los croquis de un emprendimiento que, apenas zarpó, comenzó a navegar los mares de la incertidumbre. “No fue solo por la crisis de 2001, sino por la concatenación de contratiempos. Pero hoy somos una referencia para muchísimas familias de la región y la demostración de un trabajo colectivo que no se detiene. Eso es lo que cuenta”, dice Dutra, hoy responsable de la coordinación del complejo.

A lo largo de la historia, las aguas termales han sido un remanso para el ser humano. A fines del siglo V a.C. se disfrutaban en las villas romanas de Balmes y Thermae y, al igual que en la civilización griega, se construían estancias destinadas por completo a sus placeres. Aquí, hacia finales de los años noventa, algunas ciudades entrerrianas comenzaron a recorrer ese camino. Pero no porque sí. Los locales recuerdan aquella década por la brutalidad del río Uruguay. Al no existir defensas urbanas, el agua no solo borraba las playas, sino que inundaba barrios enteros e instalaciones ribereñas.

Impulsada por un fuerte evento de El Niño, la creciente de junio de 1992 alcanzó en el puerto local picos de hasta 8,70 metros. Las arenas de Banco Pelay quedaron sepultadas bajo el agua durante meses, destruyendo la infraestructura turística. El “Súper Niño” de 1997 coronó aquel desastre con sus 12,61 metros y arruinó los veranos de 1997 y 1998 en toda Concepción del Uruguay. En paralelo, Federación estrenaba sus piletas termales, mientras Chajarí y Villa Elisa hacían lo propio en 1999.

“El contexto exigía un cambio. Las localidades cercanas mejoraban, como la ciudad de Colón, y nosotros íbamos para atrás, así que las reuniones de la Cámara de Turismo, integrada por hoteleros, gastronómicos, comerciantes y vecinos, eran largas y a veces duras. Yo acababa de recibirme de arquitecto y comenzaba a colaborar con aquel grupo. Era de los más jóvenes de aquella mesa y, como ellos, no imaginaba hasta dónde podíamos llegar”, relata Dutra.

Se necesitaba un nuevo atractivo complementario al río y a la historia tan presente en la ciudad de Justo José de Urquiza: “La experiencia de Federación, pero también la del otro lado del río Uruguay, despertó la pregunta inevitable: ¿y si debajo de nosotros también había agua termal?”.

“Había testarudos y opinólogos, como en todo grupo, pero esencialmente gente que trabajó muy comprometida”, cuenta uno de los actuales socios. Efectivamente, había que convencer a propios y ajenos de investigar y, si había fortuna, encontrar el recurso.

“Implicaba asumir riesgos. Porque una buena idea hay que sostenerla para verla funcionar. Así que arrancamos la primera etapa viajando a distintas experiencias de Argentina, Uruguay y Brasil. No se trataba todavía de pensar en un complejo turístico como el que conocemos hoy, sino de comprender algo más elemental: cómo se buscaba el agua, qué características tenían los distintos yacimientos, qué estudios eran necesarios y cómo lograr extraerla con los pocos recursos existentes. Cada viaje aportaba información, contactos y nuevas preguntas”, describe Dutra.

Una sociedad anónima encaraba el proyecto sin un gran inversor ni un grupo empresario detrás. Eran 42 vecinos con alma de cooperativa, entre los que había comerciantes, profesionales y un geólogo como asesor para los primeros estudios de un predio municipal que aún no era propio y apenas contaba con un permiso de uso.

Ya sobre el final del siglo, y a 1.218 metros bajo tierra, llegó la respuesta: había agua termal.

“No sobraba la plata, pero si algo valía la pena era ese pozo. Y, buscando la excelencia, contratamos a una de las mayores petroleras que operaban en la Argentina para perforar. Pero lo hicieron mal”, relatan. El encamisado entre el caño y la tierra no selló correctamente y, al bajar la bomba, el pozo apareció tapado.

“Nos retrasó un año más, y vaya si generó discusiones. Era obvio que si hacíamos juicio a una empresa con un bufete de abogados como ese, íbamos a perder. Pero nuestro letrado se animó y, en la mediación, terminamos arreglando por unos mangos. Con ese dinero viajamos a Salta y convencimos a un perforador que se había quedado con una máquina rusa descompuesta como parte de la indemnización de la entonces privatizada YPF. Le ofrecimos repararla y, a cambio, perforar. Cuatro meses después pudimos ver, por fin, el agua”.

El desafío cambió de escala. El agua estaba allí y ahora había que imaginar qué hacer con ella y cómo transformar esas tierras en un complejo turístico.

Proyectar redes internas de energía eléctrica, construir cloacas y llevar agua potable, desarrollar desagües y conectar el gas natural implicaba levantar prácticamente una pequeña ciudad desde cero. A la par, había que ordenar el territorio, definir sectores y futuras áreas de crecimiento con calles, plazas y espacios recreativos.

“Una de las decisiones estratégicas fue iniciar una forestación sistemática que terminaría conformando buena parte del entorno que hoy nos caracteriza, con 10.000 árboles de diferentes especies dentro del predio”, cuentan.

Todo parecía listo y ya existían proyecciones concretas de inauguración. Pero la Argentina se encaminaba hacia una de las mayores crisis económicas y sociales de su historia reciente. Se acercaba 2001.

“El proyecto se paralizó por completo. Estaban la tierra, el agua, la sociedad constituida y la obra en marcha, pero solo podíamos cortar el pasto y matar hormigas. Literalmente, eh”, recuerda Dutra.

Treinta y seis meses después se retomó el trabajo con la primera pileta, inmensa y cubierta, que hoy es la estrella del complejo, con temperaturas de entre 35 y 38 grados, rampas e hidroterapia.

Por qué importa

El complejo se convirtió en el motor turístico de Concepción del Uruguay y demuestra cómo una inversión colectiva de vecinos, sin grandes capitales, puede transformar una crisis ambiental en desarrollo regional.

Qué sigue

La construcción del hotel cuatro estrellas all inclusive marcará una nueva etapa de crecimiento del complejo. Resta definir plazos y detalles de la obra.

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