Seguridad Nacional

Triple Frontera: la conexión entre el lavado de dinero del narco y el financiamiento del terrorismo

La Operación Hawala expone el circuito financiero que une a las facciones brasileñas con redes de Hezbollah y Al Qaeda en la región.

Redacción4 min de lectura
Alianzas entre el crimen organizado y el terrorismo

La Operación Hawala, desplegada por el Ministerio Público brasileño y la Policía Civil de Río de Janeiro, reveló un circuito financiero que vincula el lavado de dinero del narcotráfico con redes de financiamiento del terrorismo internacional. El caso, que comenzó en una tienda de fundas de celulares en una favela de Río, destapó una arquitectura que movió unos 19 millones de dólares entre 2021 y 2024 para las tres facciones más poderosas de Brasil: el Primer Comando Capital, el Comando Vermelho y el Terceiro Comando Puro.

La investigación detectó una relación comercial entre una empresa vinculada a los acusados y un hombre sancionado por la OFAC, la oficina del Tesoro estadounidense, señalado por integrar una estructura de financiamiento de Al Qaeda y Hezbollah. En el corazón del capítulo fronterizo aparece un núcleo de empresarios de origen libanés, entre ellos los hermanos Zayoun, en operaciones que movían valores entre firmas de pantalla de Río y operadores de la Triple Frontera.

El nombre del operativo no es casual: hawala es un sistema informal de compensación, milenario, que permite mover dinero entre países sin que un solo dólar cruce físicamente una frontera ni pase por un banco. Es invisible por diseño, y es exactamente el mecanismo que las investigaciones internacionales vienen asociando con el comercio de la Triple Frontera y las redes de recaudación en el Líbano.

La denuncia formal es por lavado de activos para las facciones. La palabra terrorismo no figura en el comunicado de los fiscales. La conexión con Al Qaeda y Hezbollah es, por ahora, una línea de investigación policial, no un hecho probado en sede judicial. Esa distinción importa: la historia de la Triple Frontera está llena de anuncios altisonantes que nunca terminaron en una condena. Pero cautela no es negación. Hay un piso de hechos que ya no admite discusión.

Por la Triple Frontera pasaron los recaudadores de Hezbollah investigados tras los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA. Allí fue detenido en 2018, a pedido de la justicia argentina, el jefe del clan Barakat. Y, en diciembre de 2021, el Tesoro norteamericano sancionó por primera vez a una red de Al Qaeda asentada en Brasil. No estamos ante una novedad, sino ante la reaparición documentada de un patrón viejísimo.

El año pasado, un testigo paraguayo, David Rachid Lichi, entregó al fiscal Sebastián Basso documentación original de la firma Safio. Según esos papeles, entre 1989 y 2000 se habrían transferido unos 12 millones de dólares a Ali Hussein Abdallah, el hombre que dio cobertura en la Triple Frontera a Salman Raouf Salman, acusado de coordinar la fase final del atentado que dejó 85 muertos en Argentina. Solo en 1994, el año del ataque, los depósitos habrían sumado dos millones de dólares, fraccionados casi a diario en montos de entre 10.000 y 300.000 dólares. La técnica, el goteo pequeño para no despertar alarmas, es la misma que la Operación Hawala describe tres décadas más tarde con otro nombre: smurfing.

Ahí está el punto que ninguna de las dos investigaciones puede probar todavía, pero que ambas iluminan desde extremos distintos de la misma línea temporal. En 1994, el dinero del terrorismo se movía por las financieras de la frontera con métodos de fraccionamiento y triangulación. En 2024, el dinero del narcotráfico se mueve por los mismos corredores, con las mismas técnicas y, según la hipótesis policial brasileña, a veces con los mismos operadores. Cambió el origen de los fondos; la cañería es idéntica. La Triple Frontera no es un lugar donde ocurren cosas: es una infraestructura. Y las infraestructuras, cuando funcionan, sirven para que todo el que pase pague peaje.

El contexto internacional le agrega urgencia a este cuadro. Desde junio, el PCC y el Comando Vermelho son Organizaciones terroristas extranjeras para los Estados Unidos, una designación que habilita sanciones secundarias contra cualquier banco o empresa de la región que opere con sus estructuras. Bajo ese paraguas, la vieja discusión académica sobre si estas facciones son crimen organizado o terrorismo deja de ser un debate de categorías para volverse un riesgo concreto sobre el sistema financiero de toda la región, la Argentina incluida. Si la hipótesis brasileña se confirma, el caso Hawala será la primera prueba judicial de una convergencia que los organismos antiterroristas vienen denunciando durante años sin lograr documentarla. Si no se confirma, quedará igual la fotografía inquietante de tres facciones enemigas compartiendo una misma lavandería clandestina.

La pregunta por hacer no es si el terrorismo internacional financia sus operaciones en nuestra frontera, eso ya lo sabemos desde 1994, y lo pagamos con vidas. La pregunta es por qué, treinta años después, seguimos descubriendo la misma estrategia como si fuera nueva. La respuesta incomoda: porque la Triple Frontera sigue siendo, sobre todo, una zona de nadie donde tres Estados miran para otro lado con la excusa de que el problema es del vecino. Las armas robadas de un batallón cerca de Rosario aparecen en un camión rumbo al PCC; la cocaína baja por la Hidrovía; el dinero se compensa por hawala entre Foz, Ciudad del Este y Beirut sin tocar un banco. Los tres flujos usan la misma geografía. Que después de tres décadas eso siga siendo posible no es un misterio del crimen organizado.

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