Una profesora de Georgetown advierte que el streaming profundiza la epidemia de soledad
Caetlin Benson-Allott analiza cómo la fragmentación del consumo televisivo erosionó las experiencias compartidas que reunían a las familias.

La televisión fue durante décadas un punto de encuentro. Familias enteras se sentaban frente al mismo aparato para ver la misma película, la misma serie o el mismo programa. Ese modelo, sostiene la académica Caetlin Benson-Allott, se quebró con la irrupción de las plataformas de streaming y dejó un saldo inesperado: menos instancias de contacto cara a cara.
Benson-Allott es profesora de Inglés y directora de Film and Media Studies de Georgetown University. Según su análisis, la evolución de la televisión y de los nuevos medios transformó la manera en que la sociedad se relaciona y comparte experiencias.
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, los espectadores accedían a un número reducido de canales y programas. Esa escasez relativa favorecía una cultura común: buena parte de la población veía los mismos contenidos y podía comentarlos al día siguiente. El final de Perdidos, emitido de manera simultánea por Cuatro el 24 de mayo de 2010, quedó como uno de los últimos grandes hitos de ese consumo colectivo.
Hoy el panorama es distinto. Las plataformas estrenan sus contenidos de manera internacional y cada usuario arma su propia grilla. La cultura compartida se fue fragmentando a medida que crecía la oferta disponible, y con ella se volvió más difícil establecer conexiones personales.
“Hay muchos estudios que dicen que estamos en una epidemia de soledad”, afirma la profesora.
La docente remarca que la televisión, desde sus inicios, intentó recrear la sensación de estar con la familia o con esos amigos que se ven una vez por semana. Ese impulso explicaría, en su lectura, el auge de los podcasts, un formato que fideliza a los oyentes a determinadas series y les da una rutina de compañía.
Benson-Allott también observa un interés creciente por recuperar series antiguas centradas en grupos pequeños de personajes que simplemente pasan tiempo juntos y conversan. Se trata de un entretenimiento de bajo conflicto que, en su opinión, conecta con la necesidad contemporánea de compañía.
El diagnóstico de la académica se apoya en un fenómeno más amplio que excede a la pantalla. La oferta ilimitada, la personalización de los algoritmos y la posibilidad de ver cualquier cosa en cualquier momento ampliaron la libertad del espectador, pero también diluyeron los rituales colectivos que durante décadas funcionaron como excusa para reunirse.
Por qué importa
El debate excede a la televisión: muestra cómo la personalización del consumo cultural puede profundizar el aislamiento social. Afecta a familias, audiencias y a la industria del entretenimiento, que apuesta cada vez más a contenidos individuales.
Qué sigue
Queda por ver si las plataformas recuperan formatos de visionado colectivo o si el interés por series de grupos pequeños se consolida como tendencia. La discusión sobre soledad y consumo cultural seguirá abierta en el ámbito académico.
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