Adolescente con anorexia sintió que la escuela no tenía herramientas para acompañarla
Rocío Argañaraz, de 19 años, relata cómo la rigidez institucional y la falta de comprensión agravaron su trastorno alimentario durante la secundaria.


Rocío Argañaraz tenía 14 años cuando comenzó un tratamiento por anorexia. Durante los años siguientes, también enfrentó depresión y el duelo por la muerte de un familiar. En ese proceso, sintió que la escuela no estaba preparada para acompañarla. “Me encontré con una institución rígida. Me sentí sola y hasta llegué a quedarme libre”, recuerda.
Hoy, con 19 años, estudia Medicina en la Universidad Nacional de Córdoba. Pero su paso por la secundaria le dejó una marca profunda: la sensación de que nadie entendía que sus dificultades cognitivas eran parte de la enfermedad. “Yo quería prestar atención, quería estudiar, quería rendir bien. Pero no podía”, afirma.
Rocío vivía en Córdoba con sus padres y tres hermanos menores. Al principio, ni su familia notó lo que sucedía. “La anorexia es una enfermedad que se vive desde la vergüenza, el secreto y la culpa. Uno aprende a ocultarla”, explica. Las primeras señales las encontró en redes sociales, donde veía testimonios de otras personas con trastornos alimentarios. “Pensé: esto que describen también me está pasando a mí”, relata.
Pedir ayuda no fue fácil. Finalmente, acudió a su mamá y luego a un equipo interdisciplinario. Pero los tratamientos tenían una enorme carga horaria, y sostener la rutina escolar se volvió cada vez más complicado. Su equipo terapéutico recomendó que cursara de manera virtual desde su casa, una modalidad contemplada por ley para estudiantes con problemas de salud. “Conseguirlo fue un proceso burocrático larguísimo”, asegura.
Cuando logró la modalidad virtual, descubrió que tampoco era una solución ideal: implicaba aislamiento y una experiencia de aprendizaje limitada. Propuso asistir algunos días de forma presencial y otros no, según sus tratamientos, pero la respuesta fue negativa. “Tenés que cursar igual que tus compañeros o hacer la modalidad virtual, porque es así”, le dijeron. “Sentía que me estaban exigiendo igualdad cuando lo que necesitaba era equidad”, reflexiona.
Durante la secundaria, algunos docentes notaron que algo no estaba bien, pero no sabían cómo acercarse. Rocío recuerda a dos que sí lo hicieron: “Me escribían, se conectaban conmigo y me preguntaban cómo estaba. No me resolvieron los problemas, pero me hicieron sentir vista”. Sin embargo, otros le hacían comentarios como “¿Cómo te sacaste esa nota?”, como si todo dependiera de su voluntad.
El último año de secundario, Rocío se llevó materias por primera vez. Cuando intentó pedir una excepción para rendir en condiciones especiales, la respuesta volvió a ser negativa. “Ahí entendí que ya no podía seguir en una institución que no estaba pudiendo acompañarme”, dice. Decidió cambiarse de escuela, una de las mejores decisiones que tomó. Pudo terminar el secundario y hoy sueña con que ningún adolescente tenga que elegir entre cuidar su salud mental o sostener su trayectoria escolar.
Fuente: Lanacion.
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