Adoptó un gato en una veterinaria y terminó transformando su vida y su profesión
Carolina Marcó del Pont adoptó a Felipe, un gato naranja que se convirtió en colaborador terapéutico y dio origen a más de mil tránsitos rescatados.
Carolina Marcó del Pont vio a Felipe por primera vez en la jaula de una veterinaria, exhibido como si estuviera en exposición. Ese día viajaba en colectivo, algo poco habitual en ella, y al salir de una sesión con una paciente decidió volver por el gato naranja. Compró todo lo necesario, pidió un remis y lo adoptó. La psicóloga nunca había tenido gatos y se definía como team perros.
“Guiada por mitos sobre la supuesta indiferencia de la especie o por la creencia de que eran traicioneros y se iban por los techos, era de las que sostenían que no le gustaban los gatos”, recuerda Marcó del Pont. La adopción de Felipe fue, según sus palabras, el punto de partida de un cambio profundo: fue el primer animal bajo su total responsabilidad cuando se fue a vivir sola.
Con el tiempo, Felipe empezó a entrar al consultorio por iniciativa propia, salvo que algún paciente rechazara su presencia. Recorría el lugar frotándose contra los muebles y su presencia tranquila facilitaba el vínculo con personas introvertidas. En otras ocasiones se trepaba a una biblioteca para dormir o contemplar la sesión desde las alturas. Los pacientes bromeaban con que tenían un “centinela”.
“Esta interacción espontánea despertó mi curiosidad por comprender mejor el impacto de los animales en el ámbito terapéutico, lo que me llevó a formarme en Intervenciones Asistidas por Animales”, explicó. Aunque las formaciones formales de la época se centraban en perros, Felipe se convirtió en un colaborador autodidacta en sesiones con niños con discapacidad, donde participaba de actividades sencillas como recibir paté preparado por los propios pacientes en alfombras de lamido.
La experiencia de cuidarlo también la acercó a veterinarios dedicados al rescate y comenzó a ofrecer su hogar como espacio de tránsito. Por su casa pasaron más de mil animales rescatados. Cada una de esas vidas salvadas y su labor actual en el acompañamiento terapéutico tuvieron origen en aquel cruce fortuito frente a la vidriera.
Años después, aunque mantenía su peso habitual, Marcó del Pont detectó en Felipe una pérdida de peso progresiva. El diagnóstico confirmó hipertiroidismo. Comenzó un tratamiento con medicación diaria durante casi dos años y una terapia con yodo radiactivo que requirió dos días de aislamiento. Los valores tiroideos se estabilizaron, pero la afección le dejó una arritmia cardíaca.
Durante los cuatro años siguientes, su cuadro exigió una rutina de cuatro medicaciones diarias y monitoreo constante ante episodios de retención de líquidos. “A veces se llenaba de agua y se inflaba como un globo, entonces debíamos inyectarle diuréticos para que liberara todo ese líquido que, por suerte, en las primeras instancias le iba al abdomen”, relató.
En esos años, Felipe tuvo tres encuentros cercanos con la muerte. Tuvo mycoplasma, se salvó. Tuvo otro decaimiento grande, repuntó. “Y el problema real empezó cuando ya el líquido empezó a ir para el lado de los pulmones. Ahí solo quedaba punzar y esperar que mejorara. Durante todos esos años, que fueron como cinco, Felipe tomaba cuatro pastillas diarias. Pero fueron años en los que no me fui de vacaciones. Me daba pánico que le pasara algo cuando yo no estaba. La muerte lo perseguía, pero él era más rápido”.
Su partida ocurrió un domingo de junio inesperadamente cálido. Tras compartir un momento al sol en el jardín y descansar sobre Carolina, se organizó la despedida en su casa. Rodeado de afecto y sobre la cama que había compartido con su humana y otros cuatro patas, Felipe falleció recibiendo mimos hasta el último segundo, acompañado por los demás animales de la casa.
“Cuando se fue, lloré muchísimo. Lo primero que hice fue escribir un posteo despidiéndolo en Instagram. Siempre uso ese recurso porque a través de mis redes mucha gente conoce y quiere a mis animales, y muchos adoraban a Felipe, así que me sentí muy acompañada”, contó. Luego se tomó unos días para estar en casa con el resto de sus animales y acompañar a Florita, una de sus gatitas criada por él, que también sintió su ausencia.
Esa pérdida y la de otros tres integrantes de su familia multiespecie la llevaron a escribir el libro “Permiso para sentir: una guía para acompañarte en el duelo por la pérdida de un compañero animal”. En el texto recoge herramientas para atravesar ese proceso, como comprender el duelo anticipado, validar las emociones, expresar lo vivido mediante rituales de despedida, diferenciar la culpa de los factores fuera de control y cuidar el cuerpo con respiración y descanso.
Fuente: LA NACION
Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.
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