Política

AfD: de la crítica al euro a la ultraderecha que gobierna en Alemania Oriental

El partido antiinmigración y prorruso ganó en Sajonia-Anhalt con el 43,8% de los votos y quedó a tres escaños de la mayoría absoluta.

Redacción3 min de lectura
Antiinmigración, prorrusa y en plena expansión: cómo AfD pasó de los márgenes al centro de la política alemana

La ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) logró un triunfo histórico en las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt, al obtener el 43,8% de los votos y quedarse a solo tres escaños de la mayoría absoluta en el Parlamento local. El resultado, que sacudió al arco político alemán y europeo, confirma el avance de una fuerza que nació en 2013 como un partido liberal crítico del euro y que hoy propone deportaciones masivas y un acercamiento a Rusia.

Con 39 de los 83 escaños en juego, la AfD quedó en condiciones de intentar formar gobierno en un estado que la Unión Demócrata Cristiana (CDU), del canciller Friedrich Merz, controla desde 2002. Es la primera vez desde la posguerra que un partido de extrema derecha gana una elección estatal en Alemania y queda tan cerca del poder.

El ascenso de la AfD no es un fenómeno repentino. Nació en plena crisis de deuda europea, de la mano de economistas como Bernd Lucke, que reclamaban el fin del euro. Pero fue la crisis migratoria de 2015, con la decisión de Angela Merkel de recibir a cientos de miles de refugiados, lo que terminó de virar al partido hacia un nacionalismo radical.

Lucke abandonó la formación en 2015, desplazado por un ala más dura. Dos años después, la AfD ya había conseguido 12,6% de los votos en las elecciones federales y 94 bancas en el Bundestag. Su crecimiento se concentró primero en la ex Alemania Oriental, donde canalizó el malestar económico y el rechazo a las élites de Berlín.

Pero en las elecciones federales de 2025, la AfD dio el salto a todo el país: obtuvo 20,8% de los votos y 152 escaños, convirtiéndose en la segunda fuerza detrás de la CDU/CSU. Poco después, la inteligencia alemana la clasificó como una “iniciativa de extrema derecha” y la puso bajo vigilancia, al considerarla una amenaza para el orden democrático.

La Oficina Federal para la Protección de la Constitución sostuvo que el partido “desprecia la dignidad humana” por su “agitación continua” contra refugiados y migrantes. También cuestionó su idea de basar la identidad alemana en la etnicidad, algo que consideró “incompatible con el orden básico democrático libre”. La AfD rechazó el fallo y lo denunció como una persecución política.

El avance del partido se confirmó en septiembre pasado, cuando en las elecciones municipales de Renania del Norte-Westfalia, el estado más poblado de Alemania, logró 14,5% de los votos, casi el triple que en 2020. Esa expansión más allá de su bastión oriental encendió las alarmas en el gobierno de Merz, en medio del malestar por la economía y la inmigración.

El programa con el que la AfD compitió en Sajonia-Anhalt muestra hasta dónde se alejó de sus orígenes liberales. La lucha contra la inmigración es ahora el eje central de su propuesta. El partido impulsa una “ofensiva de deportación y remigración” con una estructura específica para acelerar las expulsiones, y propone reducir la dependencia de trabajadores extranjeros mediante la automatización y la inteligencia artificial.

También rechaza la inmigración como solución al envejecimiento demográfico y, en su lugar, ofrece incentivos económicos para que los alemanes tengan hijos, reivindicando las familias “tradicionales” de padre, madre e hijos. En política exterior, la AfD mantiene una posición prorrusa y critica las sanciones a Moscú, lo que la aleja del consenso europeo.

La victoria en Sajonia-Anhalt deja a la AfD ante la posibilidad concreta de gobernar por primera vez un estado federal, aunque la CDU ya adelantó que no formará coalición con ella. El resultado, de todos modos, marca un punto de inflexión en la política alemana y reaviva el debate sobre cómo contener a una fuerza que ya no es marginal.

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