Albert Gaja, sepulturero: “Cuando abrimos un nicho, a veces aparecen cuerpos momificados”
El sepulturero catalán, con 11 años de oficio, cuenta cómo es trabajar entre nichos, exhumaciones y despedidas.

Albert Gaja trabaja como sepulturero desde hace once años en el cementerio de Tordera, Barcelona. Empezó a los 20, casi por casualidad, cuando su padre rechazó una oportunidad en el sector funerario y él decidió probar. “Hice la prueba, me gustó y aquí estoy”, resume.
Su trabajo diario incluye preparar nichos, hacer entierros y colocar lápidas. Pero lo que más desconoce la gente, según Gaja, es la preparación previa: cuando una persona fallece y va a un nicho donde ya hay restos de otros familiares, él y sus compañeros van un día antes para dejar todo listo. Reducen el féretro anterior, la madera va a un contenedor especial y los huesos se colocan en una bolsa llamada sudario.
“Se aprende sobre todo trabajando”, asegura Gaja, que no tenía experiencia previa en el oficio. “No es lo mismo hacer una pared en cualquier sitio que trabajar delante de una familia. Es una cosa muy seria y muy delicada”.
La presión de trabajar frente a los familiares es constante. “A veces hay 50 personas, 100 o incluso más. Están en silencio, te observan, la gente llora… Es complicado, porque no estás haciendo un trabajo cualquiera”, explica.
Gaja recuerda su primer entierro en Tordera: “Al principio siempre vas con un compañero que ya sabe y normalmente solo miras. En los primeros entierros vas observando, y como mucho ayudas a hacer el cemento, pero aun así te quedas un poco en shock”.
Aunque asegura que uno se acostumbra, hay casos que duelen. “Cuando es un chico de 15 años que muere en un accidente, no es lo mismo que una persona mayor. Cuando es un niño o una muerte inesperada, se nota mucho”, sostiene.
Lo más duro, según Gaja, no es la parte física, sino lo psicológico. “Puedes venir aquí muy fuerte y, aun así, no aguantar. Hay gente que ha empezado y lo ha dejado porque no podía”, afirma.
En las exhumaciones, que son parte delicada del trabajo, Gaja intenta tratar los restos con el máximo respeto. “Aunque hayan pasado veinte, diez o cinco años, yo intento verlo como si fuera mi padre, querría que lo sacaran con todo el cuidado posible”, dice.
Uno de los fenómenos que más impactan es encontrar cuerpos momificados. “Cuando al nicho le da mucho sol, el cuerpo se seca y no llega a descomponerse de la misma manera. La piel se queda seca y rígida, y se puede conservar el cuerpo entero: se ven los dientes, el pelo, las uñas”, explica. En esos casos, se utiliza un sudario especial y se procede con cuidado, aunque la familia esté presente.
Tras tantos años, Gaja reflexiona: “A veces pienso que la vida es más intensa de lo que creemos. Ves a deportistas, a gente joven, a personas de todo tipo, y al final todos acaban en el mismo sitio. Entiendes que te vas a morir y que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa”.
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