Sociedad

Los trabajadores del GBA ya no buscan progresar: luchan por sobrevivir

Un análisis describe cómo la crisis transformó a los suburbios bonaerenses en territorios de subsistencia, endeudamiento y desafiliación social

Redacción5 min de lectura
La supervivencia resiliente de los trabajadores del GBA

Los suburbios del Gran Buenos Aires que hace un siglo comenzaron a poblarse por la saturación de la Ciudad y el impulso de una industrialización incipiente hoy muestran un deterioro demográfico y económico profundo. El segmento mayoritario que se mantiene en la legalidad, apostando al trabajo y al esfuerzo, ya no tiene como norte el progreso sino una supervivencia lo más digna posible.

Ese estado de cosas no es nuevo: sus raíces se hunden aproximadamente medio siglo atrás. Lo llamativo es la dinámica social inversa a la integración durante las últimas décadas, cuando cada crisis supuso un nuevo peldaño descendente para millones de personas. El ciclo actual, signado por la cuarentena y el ensayo de otra reestructuración socioeconómica, resulta más irrevocable que los anteriores.

Entre los fenómenos socioculturales más visibles aparece la consolidación del protagonismo femenino frente a los adolescentes y una defensividad masculina creciente. Hay mujeres a cargo de hogares cuya ausencia por razones laborales motiva la crisis de su autoridad respecto de sus hijos. También hombres desertores refugiados en casas de parientes o pensiones hasta formar otra pareja transitoria. Y muchos adolescentes conformando sus propios núcleos convivenciales, asistidos por vecinos que reconocen su actitud solidaria y su resistencia a las tentaciones de la vagancia.

La carencia, a diferencia del comienzo del ciclo largo de fines de los 70, pulveriza a las organizaciones familiares clásicas y las dispersa en morfologías novedosas donde mujeres y adolescentes asumen el rol de proveedores. Una estribación no menor de las sucesivas separaciones y pleitos por la crianza es que muchos hijos mayores quedan a cargo de sus hermanos menores. Esa es una de las causas de la deserción escolar no revertida desde 2020.

La insuficiencia de ingresos obliga a muchos de estos chicos y chicas a procurar changas. De no mediar la solidaridad de otros parientes, se cierne el riesgo de la desafiliación. Las bolsas de trabajo de templos evangélicos y parroquias o el favor de los referentes barriales fueron sustituidos por las oportunidades ofrecidas desde las pantallas de los teléfonos celulares. Las redes habilitan el resto: antiguos remiseros que proveen coches de transporte por aplicaciones o motos para deliveries, y las ofertas de los explotadores del desasosiego que no dejan de tentarlos.

La multiplicidad de trabajos determina una itinerancia costosa por el aumento del precio de los transportes

En el orden laboral, a la nueva logística se suman oficios más clásicos como los vinculados a la construcción, la venta ambulante de textiles y comida, jardinería, enfermería, reparación de celulares y servicios de asistencia doméstica. Si luego de los rigores de la cuarentena muchos alimentaron ilusiones de crecimiento social por la puesta en valor de sus saberes, esa esperanza se desvaneció. Las restricciones al consumo por el aumento del precio de los servicios las redujeron a la supervivencia. La multiplicidad de trabajos determina, además, una itinerancia costosa por el aumento del precio de los transportes y estresante por el deterioro de su regularidad, las largas colas, vehículos atestados, suspensiones y largas caminatas para volver a casa. Una cuarta parte de su vida viajando.

Otra fuente de tensiones es el endeudamiento. La reducción inflacionaria lanzó a trabajadores formales y monotributistas al crédito en el sistema financiero formal. Pero el alza de la tasa de interés determinó que su uso se destinara al sostén de las necesidades básicas. El receso económico produjo moras e incremento de los intereses en un círculo vicioso hasta el cierre de millones de cuentas. Como las necesidades siguieron apremiando, recurrieron a los mercados informales a tasas más elevadas y con riesgos que ya no son solo judiciales. A este corrosivo se suma la extensión del juego clandestino, particularmente atractivo para los jóvenes apegados a las vistosas ofertas de dinero fácil que entran por las pantallas de los celulares.

Los potreros de las plazas también terminan cuidados por dueños cuyos emisarios cobran peajes y habilitan la observación de operadores de los clubes grandes en procura de jugadores diestros

La crisis de autoridad familiar se replica en otras instituciones que habían operado como barreras de contención social: los clubes, templos e iglesias, y los referentes barriales. Los primeros siguen constituyendo un lugar de culto para aquellos que cuentan con energía para jugar al fútbol. Pero las direcciones han tendido a ser cooptadas por barras bravas de clubes de mayor escala. Los potreros de las plazas también terminan cuidados por dueños cuyos emisarios cobran peajes y habilitan la observación de operadores de los clubes grandes en procura de jugadores diestros. También, de narcomenudistas atentos al estado anímico de quienes solo miran los partidos; en algunos casos, ofreciéndoles trabajos o el regalo promocional de sustancias para atenuar su tristeza.

La crisis de representación afecta, sobre todo, a los referentes barriales, los vulgarmente denominados punteros, que desde centros culturales, clubes o templos ejercían el nexo con la política comunal. La descomposición de su autoridad territorial resultó del cruce de la mayor capacidad proveedora y el superior poder de fuego de micropoderes volátiles sobre cuadras, manzanas o corredores manejados por adolescentes de familias picantes. Sus séquitos suelen estar constituidos por muchos chicos desprendidos de hogares laboriosos que cedieron a las tentaciones de narcos y cajeros, aunque con estudios suficientes y capacidad de gestión de actividades ilegales.

En suma, se configura una subcultura urbana cuyos valores salientes son un presente continuo en el día a día y experiencias primarias muy intensas aunque también al tris de la violencia. A tono con un concepto de vida al límite que puede terminarse en cualquier momento. Ese combo sociocultural se completa con el déficit del hábitat: conexiones clandestinas de caños, falta de desagües cloacales, insuficiencia de canales aliviadores e inundaciones. También, la recolección de residuos en asentamientos que no figuran en los mapas con sus respectivos basurales a cielo abierto; la contaminación ambiental por parques industriales que afecta al acuífero Puelche, los asfaltos precarios y las viviendas inconclusas.

No deja de ser una humanidad admirable por su lucha y disposición a reinventarse. En muchos casos, apostando a consolidar su subsistencia mediante cursos breves de oficios o eventuales carreras universitarias condicionadas por un contexto siempre en el borde. Su contrapartida es la culpa ante la caída de algún familiar y sus flagelos concomitantes en ascenso: los suicidios, las adicciones y los estados psicóticos. Y un poder político a la retaguardia de la penuria que se reduce a administrar este estado legal e ilegal de cosas.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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