Andrea de Navarrete: la diseñadora argentina que convierte cápsulas de café en joyas
Seleccionada para MAD About Jewelry 2026 en el Museum of Arts and Design de Nueva York, transforma residuos industriales en piezas de joyería contemporánea.

Una cápsula de café puede atravesar la ciudad en pocos segundos, pasar por una máquina brillante y desaparecer en la basura antes de que alguien vuelva a pensar en ella. Andrea de Navarrete decidió interrumpir ese destino mínimo. Observó el color metálico acumulado dentro de un recipiente doméstico y encontró algo más cercano a una cantera contemporánea que a un descarte. Así nació ADNJewelry, la firma con la que transforma residuos industriales en piezas de joyería contemporánea.
La diseñadora argentina fue seleccionada para formar parte de MAD About Jewelry 2026, la exposición del Museum of Arts and Design de Nueva York que reúne a algunos de los nombres más relevantes de la escena internacional. Su trabajo convive allí con una discusión más amplia sobre el presente de la joyería, una disciplina que dejó de medir el valor exclusivamente a partir de metales preciosos para construir sentido desde los materiales, los procesos y las ideas.
Detrás de sus piezas aparecen la comunicación, la antropología visual, la cultura material y una observación precisa sobre el modo en que las personas se relacionan con los objetos. “Nací en Buenos Aires en una familia en la que la sensibilidad y la creatividad siempre estuvieron muy presentes, aunque no necesariamente vinculadas al arte de manera profesional. De chica me fascinaba transformar objetos, intervenir cosas, inventar universos con materiales simples”, relata.
La escena doméstica aparece en su relato. Programas de decoración vistos durante la infancia, materiales comunes observados con detenimiento, curiosidad por la manera en que las culturas construyen identidad a través de los objetos. Mucho antes de acercarse a la joyería, imaginaba un futuro ligado a la antropología. Terminó estudiando Comunicación Social y pasó años dentro del universo corporativo. Aquel recorrido construyó parte de su mirada sobre el consumo, el deseo y la construcción simbólica del objeto.
“Mi recorrido hacia la joyería fue cualquier cosa menos lineal. Durante muchos años trabajé en áreas de comunicación y asuntos institucionales. Fue una etapa de muchísimo aprendizaje. La joyería apareció más tarde, primero como una búsqueda muy personal y expresiva, y después como un lenguaje propio”, sostiene.
La escena fundacional de su trabajo tiene algo cinematográfico por su simpleza: una máquina de café vaciada sobre un tacho de basura. Cápsulas acumuladas en silencio. Un instante de extrañamiento frente a aquello que se desecha de modo cotidiano. “Un día, vaciando mi máquina de café, descubrí un recipiente lleno de colores brillantes y pensé: ‘¿Qué estamos tirando?’. Saqué las cápsulas, separé el café para usarlo como fertilizante y empecé a experimentar aplicando técnicas de joyería contemporánea sobre esa nueva materialidad”, recuerda.
Después vinieron miles de cápsulas recicladas convertidas en joyas, piezas escultóricas e incluso vestidos que desfilaron en Argentina Fashion Week. Todo comenzó con una observación simple sobre el valor que se les da a los objetos y sobre cómo el diseño puede modificar esa percepción.
La nueva materia del deseo
La joyería contemporánea atraviesa una transformación profunda. El peso simbólico del oro, las piedras preciosas o la tradición hereditaria convive con materiales reciclados, residuos industriales, papeles intervenidos o elementos orgánicos. De Navarrete observa ese cambio como una modificación cultural más amplia sobre la manera en que se piensa el lujo.
“Lo que cambió fue nuestra manera de entender el lujo, el arte y el consumo. El valor dejó de estar dado exclusivamente por la rareza o el costo del material para pasar a construirse desde la idea, el proceso y la capacidad de generar reflexión cultural. Hoy una cápsula de café puede ocupar el mismo plano simbólico que un metal precioso porque lo valioso ya no es solamente la materia prima, sino la capacidad de transformar algo cotidiano en un objeto que cambia la manera en que miramos ese material”, afirma.
La pieza portátil dejó de funcionar exclusivamente como ornamentación. Ahora puede actuar también como discurso, comentario cultural o detonante de conversación. “Muchas personas se acercan a las piezas justamente por lo que representan. Detrás de una cápsula aparece una historia cotidiana, alguien tomó ese café, usó esa cápsula y decidió descartarla. Una joya puede hacer que alguien vuelva a observar algo que veía todos los días, pero desde otro lugar”, dice.
Esa dimensión conceptual acercó la joyería a museos, galerías y espacios asociados al arte contemporáneo. “La joyería empezó a correrse de una lógica donde el valor estaba puesto únicamente en el material o en la tradición. Muchas piezas ya no buscan solamente embellecer, sino generar preguntas o abrir conversaciones. Por eso circulan cada vez más cerca de galerías, museos y espacios culturales”, indica.
Trabajar con cápsulas recicladas implica además desarrollar procedimientos técnicos específicos. Ninguno de esos materiales fue creado originalmente para durar décadas sobre el cuerpo. “Detrás de cada pieza existe una enorme investigación técnica y muchísimo ensayo y error. Son materiales que jamás fueron pensados para joyería. Hay que estudiar cómo reaccionan, cómo envejecen, cómo responden a la luz, al calor o al movimiento. Muchas veces el tiempo de experimentación termina siendo incluso mayor que el de producción”, agrega.
La dimensión manual ocupa un lugar central dentro de ese proceso. El trabajo de Andrea conserva pequeñas deformaciones, accidentes mínimos y variaciones irrepetibles que refuerzan el carácter singular de cada pieza. “Creo que ninguna tecnología puede reemplazar la intuición de la mano ni la sensibilidad frente al material. Hay decisiones que aparecen solamente en el contacto directo con la pieza, la presión de la mano, una textura que cambia según la luz, una deformación inesperada. Muchas veces ahí aparece lo más interesante del proceso”, continúa.
La temporalidad también adquiere otro espesor frente a una cultura dominada por la aceleración. “El tiempo vuelve visible algo que la producción industrial tiende a borrar: la complejidad. Una pieza hecha manualmente conserva rastros, pequeñas variaciones y decisiones que jamás pueden replicarse idénticamente. Ese espesor del tiempo genera singularidad. Me interesa pensar el tiempo también como una forma de resistencia frente a la lógica de optimización permanente”, remarca.
Fuente: LA NACION
Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.
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