Buenos Aires después de Rosas: la aldea que se transformó en un pueblo con aires europeos

Entre 1852 y 1880 la ciudad vivió un resurgimiento urbanístico. Este y otros períodos aparecen retratados en el libro Narra Buenos Aires, una obra publicada por dos amigas.

Redacción5 min de lectura
Buenos Aires después de Rosas: la aldea que se transformó en un pueblo con aires europeos

Después de la batalla de Caseros (3 de febrero de 1852), la ciudad de Buenos Aires inició un largo proceso de transformación. “Es una etapa bisagra”, asegura Soledad Saubidet, que acaba de presentar Narra Buenos Aires, un libro que recorre la historia de esta ciudad y explora a partir de una línea de tiempo sus edificios y espacios más significativos. Recurre a historias, anécdotas y personajes que ayudan a ordenar ese desarrollo. “En ese momento se da un renacimiento de la arquitectura, de la proyección urbanística”, agrega Saubidet quien, además, es guía de turismo formada en museología, tiene una presencia activa en visitas a sitios clave de la ciudad.

Con la fotógrafa Carolina Gutiérrez armaron un libro a modo de postales que recorre la historia de esta ciudad, desde su nacimiento colonial hasta nuestros días. Uno de ellos, el capítulo V, titulado La Gran Aldea, refiere a la etapa que inició en 1852 con la Batalla de Caseros y se extendió hasta el arribo de la generación del 80.

La derrota de Juan Manuel de Rosas a manos de Justo José de Urquiza al frente del Ejército Grande en Caseros renovó la agenda argentina y reflejó transformaciones en todos los aspectos de la cultura, sobre todo en Buenos Aires. La ciudad que había sido una suerte de fortaleza y centro del poder rosista protagonizó un proceso que la acercó a los cánones modernos.

“Nosotras lo llamamos La gran aldea. Buenos Aires conserva rasgos coloniales, pero empieza a ser moderna; claro, no del todo”, se ríen. “Buenos Aires apuesta a mostrarse como la cabeza de una potencia. Edificios como la Aduana Taylor y el primer Teatro Colón (frente a la Plaza de Mayo) dan cuenta de ese espíritu”, concluyen.

Luego de la caída de Rosas, Buenos Aires comenzó a ser otra. La vida social se modificó. La aparición de ciertos espacios, como el Club del Progreso y el primer teatro Colón –hoy desaparecidos–, así como el café Tortoni, mostraban la vocación por reunirse y disfrutar. Hay que recordar que durante el período rosista la vida social estaba muy reglamentada, había demasiadas prohibiciones, solo se permitían festividades religiosas y eventos vinculados al poder de turno.

Además, Buenos Aires permaneció unos cuantos años separada del resto de las provincias; recién en 1861, después de la batalla de Pavón, se unió al resto de las provincias. Antes había funcionado como una suerte de estado autónomo y la aduana, con sus increíbles ingresos, le permitió avanzar en el proyecto de su primera modernización; incluso programas urbanísticos postergados empezaron a cobrar vida en esta etapa.

El frontis de la catedral es un claro mensaje de época. Realizado en 1863, muestra la historia bíblica de José. El tema no fue elegido al azar: es un mensaje político, una propuesta política de reconciliación. La historia allí representada refiere al encuentro entre José y sus hermanos, quienes lo habían vendido a unos mercaderes egipcios años atrás como esclavo. José se salva y se convierte en visir gracias a la interpretación del famoso sueño del faraón de las siete vacas gordas y las siete flacas. Gracias a su visión de los sueños, Egipto es el único en la región que guarda provisiones para la época de sequía –vacas flacas– frente a la hambruna generalizada. En esas circunstancias, desde Judea llegan sus hermanos: José los reconoce, los perdona y los alimenta.

La llegada de la luz a gas al alumbrado público fue otro gran cambio. Antes, las calles eran definitivamente oscuras y peligrosas. La iluminación doméstica tuvo un desarrollo más lento, pero paulatinamente la luz a vela fue desapareciendo y los interiores se volvieron luminosos al llegar la noche, una sensación desconocida para la época. El primer Teatro Colón (1857), proyectado por Carlos Enrique Pellegrini, el padre del que luego fue presidente de la Nación, tenía grandes arañas a gas. Diseñado con una capacidad que rondaba los 2500 espectadores, no tenía nada que envidiarle al Teatro Colón actual. Los palcos, a la usanza de la época, eran para caballeros y las cazuelas para el público femenino: hombres y mujeres no se mezclaban.

La llegada del ferrocarril fue otro factor clave. La locomotora La Porteña partía desde Plaza Lavalle y llegaba hasta Floresta. Ese nuevo medio de transporte, que transcurría por un trayecto de 10 km, modificó el traslado urbano y dio lugar a la aparición de los tranvías tirados por caballos que funcionaron como una suerte de taxis. “El ferrocarril te llevaba a la zona de la ciudad donde tenías que ir y el tranvía a la puerta de la casa. Los tranvías eléctricos son posteriores, de la década del 1890, y causan una verdadera revolución en el transporte porteño”, cuenta Soledad.

La vida se volvió más glamorosa, cuenta Saubidet, pero aún no era una sociedad consumista y ostentosa que viajaba por el mundo, un cambio que se empezó a observar en las familias ricas a partir del período siguiente. Todavía se vivía una suerte de clima pueblerino. Años después, Jorge Luis Borges recordaba esa época en el poema Buenos Aires:

Recuerdo los jazmines y el aljibe, cosas de la nostalgia.
Recuerdo un tercer patio que era el patio de los esclavos
Recuerdo el tiempo generoso, la gente que llegaba sin anunciarse...

Todavía existía esa costumbre, aun en el seno de las familias paquetas. La gente dormía la siesta y dejaba las puertas abiertas. Se llegaba de visita sin avisar, una costumbre muy mal vista el período siguiente. La anécdota de las siglas RSVP en las tarjetas de invitación muestra la mentalidad de una época de cambio. “Dicen que un miembro de la familia Alvear fue el primero que las implementó en las invitaciones que enviaba convocando a sus reuniones, muy a la francesa. La gente no sabía de qué se trataba esa inscripción y especulaban con la posibilidad de que su significado oculto fuese: Roca será vuestro presidente”, relata Soledad. En la década de 1880 las costumbres se volvieron más europeas: había que anunciarse antes de llegar y el té de las 5 reemplazó a nuestra clásica infusión de yerba y bombilla.

A partir de 1860 comenzaron a llegar las primeras oleadas de inmigrantes europeos. Arribaron en número significativo, especialmente los venidos de Italia. Esta llegada se tradujo rápidamente en la arquitectura de los nuevos edificios que, además, reflejan un estilo de moda en ese país: el Neorrenacimiento italiano.

Fuente: Lanacion

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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