Cómo ayudar a los chicos a superar la desilusión de una derrota deportiva
Especialistas en crianza explican por qué no conviene apurar el consuelo y recomiendan validar las emociones antes de buscar el lado positivo.


La derrota de la selección argentina en la final del Mundial dejó una imagen repetida en miles de hogares: chicos llorando frente al televisor, desconcertados porque el desenlace no fue feliz. Psicólogas especializadas en crianza coinciden en que lo primero no es buscar frases de consuelo ni relativizar la derrota, sino acompañar las emociones. Recomiendan validar el enojo, la tristeza y las lágrimas antes de intentar rescatar el lado positivo.
La intensidad con la que muchos chicos viven una derrota de la selección tiene una explicación. Para Marisa Russomando, psicóloga especialista en crianza y familia, el Mundial trasciende lo deportivo porque moviliza a todo el entorno. “Estamos todos de acuerdo en que queremos que nuestro equipo gane. Ese resultado se sobrevalora y la intensidad del grupo genera un aumento en la intensidad propia”, detalla.
Perder ya resulta difícil para la mayoría de los chicos en cualquier ámbito, pero una derrota del equipo albiceleste puede vivirse con una intensidad todavía mayor. Ganar suele estar asociado al reconocimiento y la aprobación de los adultos, mientras que perder genera un “bajón emocional” que pone a prueba recursos que aún están en desarrollo. “No enojarse, no ofenderse o no angustiarse es un aprendizaje que lleva toda la vida. De hecho, hay adultos que todavía no aprendieron”, afirma Russomando.
A eso se suma una característica propia de la infancia: la necesidad de sentir que el mundo es previsible. Esa búsqueda de control explica por qué los chicos disfrutan de las rutinas o de escuchar una y otra vez el mismo cuento. En un partido de fútbol, en cambio, nada depende de ellos. “Hay algo de lo que pasó que no estaba previsto, que no estuvo anticipado. No tienen el saber acerca de cómo procesarlo y muchas veces los adultos no colaboran”, sostiene.
Por eso, Russomando considera que la reacción de los padres es determinante. “Los chicos no quieren y no saben perder, pero dependiendo de cómo acompañen los padres esa situación, será más fácil atravesarla o se convertirá en un momento de mucho malestar”, advierte. En lugar de intentar distraerlos o convencerlos rápidamente de que “no pasó nada”, propone reconocer la tristeza como una emoción válida. Incluso los adultos pueden admitir que ellos también están desilusionados. “Podemos mostrar que para nosotros también es difícil. El tema es salir de esa tristeza lo más rápido posible pensando en ellos”, señala.
Maritchu Seitún, referente en crianza, coincide en que el error más frecuente es querer pasar demasiado rápido de la tristeza al aprendizaje. “Antes que nada, acompañemos el dolor; incluso antes de eso, procesemos nuestro propio dolor por haber perdido”, plantea. A su juicio, las enseñanzas que deja una frustración no aparecen de inmediato. “Lleva tiempo aprender de los golpes de la vida, no ocurre solo porque lo dicen papá o mamá”, aclara.
Por eso, recomienda no apresurarse a destacar el esfuerzo de la Scaloneta mientras los chicos todavía están atravesados por la emoción. “Cuando hayamos acompañado su enojo y sus lágrimas, iremos recordando el gran desempeño de la selección, tanto en el último partido como en los anteriores”, sostiene. Para ambas especialistas, el orden importa: primero hay que validar lo que sienten y dar lugar al enojo; solo después será posible ayudarlos a resignificar lo ocurrido.
Según Seitún, ese acompañamiento resulta todavía más importante en los más chicos, que suelen interpretar las competencias en términos absolutos. “Para los más chiquitos no hay medias tintas: es ganar o catástrofe”, afirma. Con el tiempo y el ejemplo de los adultos, destaca, irán comprendiendo que competir también implica aceptar la posibilidad de perder y que eso no invalida el esfuerzo realizado.
En esa misma línea, Russomando sostiene que, una vez que el enojo y las lágrimas encontraron su espacio, recién entonces llega el momento de ampliar la mirada. “Hay que empezar a pensar con los chicos qué significa haber sido segundos, dimensionar todo lo logrado hasta ese momento, cuántos equipos quedaron en el camino y transmitirles que siempre se puede volver a trabajar para intentarlo otra vez”, resume.
“La perspectiva la va a dar el tiempo. Primero vienen el enojo, la frustración y las lágrimas”, coincide Seitún. Por eso desaconseja recurrir enseguida a frases hechas que, aunque bien intencionadas, pueden sonar vacías para un niño que acaba de sufrir una gran desilusión. “El mensaje de que no importa ganar o perder, sino divertirse, es para adultos, y tampoco para todos”, concluye.
Fuente: Lanacion.
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