Construyó su casa en las sierras de Punilla con piedras y arena del lugar
Michael Ingrey y su esposa levantaron su refugio a 1700 metros de altura, sin luz, gas ni agua, en un entorno natural único.

Hace 20 años, Michael Ingrey y su mujer, Magda, conocieron las sierras del Valle de Punilla y se enamoraron del lugar al punto de animarse a construir a 1700 metros de altura, donde no llegaba la luz, el gas ni el agua. La historia de esta pareja en La Cumbre comenzó mucho antes de que levantaran su puesto en el medio de las sierras. Magda pasó su infancia en esa localidad, mientras que Michael llegó en su juventud como pupilo de un colegio inglés.
De esas épocas datan sus primeros encuentros y todo lo que siguió: el noviazgo, el casamiento y los tres hijos. Aunque se fueron a estudiar y luego armaron su vida en San Isidro, La Cumbre siempre siguió presente. “Siempre seguimos yendo: todos los veranos y vacaciones eran ahí”, cuenta Michael.
Durante años, las visitas eran en casa de su suegra, que vivía ahí. “Pero, lógicamente, llegó un momento en que ya necesitábamos un lugar propio, y eso coincidió con la época en que conocimos las sierras”, relata. Unos amigos se habían construido los primeros ranchitos “arriba” y, gracias a ellos, los Ingrey tuvieron sus primeras cabalgatas y encuentros con la inmensidad de las sierras. “Una Semana Santa nos invitaron a quedarnos en el ranchito de unos amigos y ahí fue que nos decidimos”, recuerda.
La compra del terreno se hizo en tres partes: el primer campito lo adquirieron en marzo de 2007 y enseguida comenzaron a construir. El Quince, nombre con el que bautizaron su puesto, es la construcción más alta en el camino a las sierras. Hoy en día hay más casas, pero hace 20 años eran muy pocos los que se animaban a avanzar sobre un terreno inhabitado sin servicio de luz, agua ni electricidad.
“Había que subir todo: los postes, las chapas, los clavos, todo... La piedra y la arena no, porque –cuando hicimos el estacionamiento– apareció una veta y usamos esa”, recuerda Michael. En aquel momento tenían una camioneta a la que engancharon un carro de madera; así subieron todo el material al punto en que iban a construir su casa. “Se subía una o dos veces por día con todos los materiales. Después había dos chicos arriba con una barreta y pico y pala que movían piedras buscando las que tenían buena veta para usar”, agregó.
Hechas con piedras y arena del lugar, al resguardo del viento, las tres construcciones que conforman el puesto se hicieron respetando al máximo el paisaje. Aunque no hubo un proyecto formal, arquitectos ni constructores, Michael reconoce que su amigo, el arquitecto Manuel Gálvez, tuvo un rol clave asesorándolo en cada instancia del proceso. “Lo mejor que tiene El Quince no es la casa sino el lugar, un lugar lindísimo con una energía única; y nosotros quisimos interferir lo mínimo posible con él”, sostiene.
Pisos de cerámico, techos de tejuelas y ventanas de demolición le dan su carácter criollo y austero al puestito. La decoración tiene una fuerte impronta inglesa, con los muebles heredados de la familia, y criolla, con los textiles de telar y antigüedades. “Durante años el puesto fue nuestra casa de veraneo y pasamos largas temporadas ahí”, cuenta su dueño. Ahora que los chicos se hicieron más grandes y ellos se mudaron de San Isidro a La Cumbre, El Quince cobró nueva vida de la mano de un servicio de cabalgatas.
“Empezamos a organizar cabalgatas para mantener vivo el lugar, pero hoy ya es un negocio”, confiesa. A veinte años de su llegada, su vínculo con la sierra no pierde la magia. Así como en su momento encontró en la obra la excusa perfecta para volver a La Cumbre todos los meses, hoy su proyecto es también su negocio. “Hace poquito empezamos a ofrecer la posibilidad de quedarse a dormir acá”, cuenta. Sencilla y sin grandes pretensiones, para él su casita en las sierras sigue siendo el mejor lugar de toda La Cumbre.
Fuente: LA NACION
Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.
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