Historias Personales

De las changas al e-commerce: cómo Leandro González rompió las barreras del barrio

Creció en contexto vulnerable y enfrentó prejuicios al buscar trabajo formal, pero dos fundaciones le permitieron estudiar y hoy trabaja en una empresa tecnológica.

Redacción4 min de lectura
De las changas al e-commerce: cómo Leandro González rompió las barreras del barrio
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Leandro González creció con una certeza grabada a fuego: todos sus sueños de progreso solo podrían concretarse fuera de su barrio. A los 19 años, decidió dejar las changas que hacía desde los 14 para ayudar en su casa y buscó un trabajo formal en Villa Albertina, donde vivía desde los 5 años. Lo que no sabía era que su primer obstáculo no sería la falta de experiencia, sino los códigos invisibles de un mundo que le resultaba completamente ajeno.

Su primer intento fue emblemático: se compró un traje en la feria de usados de Lomas de Zamora donde su madre vendía. Pensó que esa prenda lo haría encajar en el mundo corporativo. "Imaginate a un chico de 20 años trajeado para un puesto de vendedor. El efecto que logré fue el contrario al que buscaba: la gente me miraba raro", recuerda hoy sobre ese choque de realidades. La ropa no era el problema: eran los códigos que desconocía, los referentes que nunca tuvo.

La historia de Leandro es la de una familia que pasó de la clase media a la supervivencia en pocas años. Nació en Salta junto a su padre gendarme, su madre ama de casa y dos hermanos. Cuando tenía nueve años, su padre murió en cumplimiento de su trabajo. Desde ese momento, el hogar dejó de ser un refugio y se convirtió en un ejercicio permanente de supervivencia. Una hermana desarrolló esquizofrenia; la otra, depresión. Su madre, que nunca había trabajado, vendía chucherías donadas por la iglesia en una feria del barrio. Las aspiraciones de la familia ya no pasaban por viajar o comprarse un electrodoméstico, sino por cubrir lo mínimo: la comida.

A los 14 años, Leandro asumió un rol activo en la economía familiar. Fue ayudante de albañil, armador de cajas, vendedor de ropa y repartidor. En paralelo, se esforzaba por terminar el secundario. En la iglesia había visto familias que progresaban, que se iban de vacaciones, que tenían profesionales: en todas ellas el estudio era un valor. Comenzó a soñar con trabajar en marketing, administración o comercio exterior.

Pero cuando decidió buscar empleo formal, encontró barreras sistémicas. "Como vivís cerca de una villa, la gente piensa que capaz no vas a rendir igual o vas a hacer algo malo, como robar", relata con crudeza. Sentía que para las empresas de Capital Federal, un joven de Lomas era sinónimo de impuntualidad o falta de capacitación. Peor aún: buscar trabajo se convirtió en una inversión imposible. Imprimir un currículum, pagar dos colectivos y un tren para viajar dos horas hasta el centro, pasar el día sin comer y volver con las manos vacías. "A veces no tenía ni para la SUBE. Subía al colectivo con mi hermana, que tiene carnet de discapacidad. Ella se bajaba en la siguiente parada y yo seguía viaje", recuerda.

Se sumaba la brecha digital: no tenía computadora ni sabía qué era LinkedIn. Sus primeros currículums incluían fotos gigantes y datos que le cerraban puertas, como haber sido vendedor en una feria. "A veces iba a las agencias de trabajo a dejar mi CV y me decían con desprecio: ¿no sabés que esto se hace por el portal?".

A principios de 2018, alguien le habló de una charla de empleabilidad en el Sheraton. "Me acuerdo que no sabía que era un hotel", reconoce. Esa charla era de la Fundación Forge, que trabaja como puente entre jóvenes de contextos vulnerables y el mundo del empleo. En el curso no solo aprendió habilidades técnicas, sino también las blandas: cómo presentarse, cómo hablar, cómo usar una computadora por primera vez.

Gracias a ese apoyo, consiguió su primer empleo en blanco como camillero en el Hospital Británico a fines de 2019. "Recuerdo que con el primer sueldo me puse a llorar. Nunca había ganado tanta plata junta", confiesa. Con ese dinero compró comida para su casa y una bicicleta para su hermana.

Sin embargo, su ambición seguía siendo el Comercio Internacional. Había intentado estudiar la carrera en la Universidad Nacional de Quilmes, pero no pudo sostenerla: no tenía base de conocimientos suficiente. A través de Forge, la Fundación ICBC le otorgó una beca para estudiar la tecnicatura en Comercio Internacional en su sede. El apoyo fue más allá de lo económico: la directora y la rectora le enviaban mensajes para alentarlo.

El desafío era enorme. Había compañeros de 18 o 19 años que "volaban" porque tenían otra base. Leandro tuvo que compensar las carencias de su educación secundaria con horas de tutoriales en YouTube para entender lo que para otros era obvio. Después de cinco años, se recibió de Técnico en Comercio Internacional. Es uno de los diez graduados que lograron estudiar gracias a la articulación de ambas fundaciones.

Hoy trabaja en una empresa tecnológica en el área de logística y alianzas comerciales con marketplaces de bancos como Provincia y Galicia. Trabaja en modalidad híbrida y vive en Villa del Parque junto a su esposa. Cuando vuelve al barrio a visitar a su madre, ve a los chicos con los que jugaba: sin trabajo, haciendo changas, viviendo con sus padres. "Yo tuve oportunidades que me permitieron insertarme en el mundo del trabajo. Eso fue lo que marcó la diferencia", reflexiona.

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