Psicología

Diagnósticos psicológicos: el riesgo de etiquetar sin prudencia

Especialistas advierten que el uso cotidiano de términos como TOC o TEA puede banalizar trastornos y encasillar a las personas.

Redacción2 min de lectura
Diagnósticos psicológicos: el riesgo de etiquetar sin prudencia
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El uso de términos que nombran trastornos y patologías mentales merece mesura, adecuado discernimiento y un atinado abordaje profesional. Sin esos cuidados, las palabras pueden hacer más daño que bien. En los últimos años se instaló la costumbre de diagnosticar a diestra y siniestra, tanto en charlas de barrio como en redes sociales, donde las personas se etiquetan mutuamente con categorías clínicas.

Antes se hablaba de “histéricas” y “neuróticos”; hoy todos sufren TOC, son habitantes del trastorno del espectro autista (TEA) o parecen merecer el rol de psicópatas irredimibles. Este léxico se usa a modo de arma silvestre y poco científica, pero también como refugio para quienes padecen: ante la confusión de situaciones vitales que generan sufrimiento sin causa clara, una palabra que dé forma al malestar puede resultar aliviante.

Sin embargo, lo que al principio ayuda puede terminar siendo una trampa. La palabra no solo describe la realidad, sino que también la genera. De tanto decir que uno “es” TDAH, ansioso o cualquier otra cosa, a veces se refuerza la cuestión de maneras preocupantes, sesgando la identidad y empobreciéndola. En el caso del autismo, aparecieron de repente muchas personas que decían habitar ese territorio, lo que llevó a que los propios profesionales que originaron la categoría pidieran revisar los criterios diagnósticos.

El filósofo Ludwig Wittgenstein ya advertía: “Fuimos cautivados por una imagen y no pudimos desligarnos de ella porque descansaba en nuestro lenguaje y el lenguaje parecía repetírnosla inexorablemente”. El lenguaje genera realidad, y si de realidades psicológicas se trata, decir que alguien “es” algo induce a que se cumpla con esa pseudodefinición, que fue refugio en un momento pero puede convertirse en una cárcel.

No es nuevo el fenómeno de diagnosticar a mansalva ni el de quedarse a vivir en un diagnóstico. Se usa demasiado el diagnóstico como algo que uno “es”, cuando lo que somos es mucho más rico y complejo que esa definición. Fobias, ansiedades, depresiones y trastornos varios no “son” algo, sino manifestaciones producidas por factores múltiples y complejos. Por eso, los diagnósticos, para que sirvan, deben ser acompañados por una idea singularizada de la persona.

Todo padecer psicológico tiene el nombre y apellido de quien lo transita. Ayudar a un “cuadro clínico” sin un contacto genuino con la persona real que lo “tiene” es insuficiente. Se necesita focalizar en la potencia de la persona, no solo en su carencia. Prudencia entonces a la hora de los diagnósticos ligados al universo psicológico: que no sean moda y, mucho menos, arma. Que sirvan para humanizar, no para catalogar.

Fuente: Lanacion.

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