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El calendario de una vida puede medirse en Mundiales

Las Copas del Mundo son hitos que nos recuerdan quiénes éramos en el momento en que se celebraban

Redacción3 min de lectura
El calendario de una vida puede medirse en Mundiales
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Un monje budista que decidió no subir a un avión cambió el destino de un viaje. El asiento que quedó libre permitió a un periodista viajar desde una zona de conflicto en Myanmar hasta la final del Mundial de Qatar. Ese episodio, narrado por Federico Sersale, jefe de la oficina de ACNUR en Dnipro (Ucrania), ilustra cómo los Mundiales marcan etapas de la vida.

Los Mundiales, según Sersale, no se recuerdan solo por los resultados, sino por el contexto personal: dónde se estaba, con quién y quién se era en ese momento. "Con los años entendí que los Mundiales terminan convirtiéndose en puntos de referencia", escribió. "Hay quienes miden sus vidas en navidades, elecciones, cumpleaños o canciones. Yo las mido, en parte, en Copas del Mundo".

Sus primeros recuerdos están ligados a una camiseta de Sergio Goycochea, arquero de la selección argentina en Italia 90. Vivía en Estados Unidos y veía videos del Mundial con su padre y su hermano. "Yo entendía poco de fútbol, pero entendía algo más importante: que aquellos colores eran los nuestros y que nos conectaban con un país que parecía muy lejano", relató.

Luego vinieron otros Mundiales. Estados Unidos 94 fue el primero que vio en vivo. Recuerda la confusión, a Maradona y la eliminación contra Rumania. "Fue una de las primeras veces que comprendí que el fútbol podía doler", afirmó. Francia 98 lo vivió en una feria en Nueva York, rodeado de desconocidos que se volvieron familia. "Por primera vez entendí que el fútbol podía convertir extraños en familia", sostuvo.

Corea-Japón 2002 marcó un quiebre. "Estaba convencido de que íbamos a ser campeones. Cuando quedamos eliminados sentí una tristeza desproporcionada. Lloré", recordó. "Mucho tiempo después entendí que aquella mañana no estaba llorando solo por un partido; estaba descubriendo algo más universal: que las cosas que más queremos también pueden fracasar".

Alemania 2006 lo encontró en la universidad; Sudáfrica 2010, en una experiencia transformadora; Brasil 2014, entre viajes improvisados; Rusia 2018, en La Guajira, cerrando la puerta de su oficina tras perder con Croacia. "Cada Mundial parecía marcar una etapa distinta", escribió. "Como si el calendario de mi vida no se midiera en años, sino en Copas del Mundo".

Qatar 2022 fue el más improbable. Tres días antes de la final estaba en Sittwe, Myanmar. No tenía entrada. Un colega francés le avisó que un amigo se había bajado. "Necesitaba una respuesta rápida. Solo pensé una cosa: ¿se puede llegar?", contó. Consiguió vuelos, pero el problema era salir de Sittwe. Finalmente, un monje budista canceló su vuelo y Sersale ocupó su lugar. "Todavía hoy me cuesta creer que una de las decisiones más improbables de mi vida dependiera de que un monje budista decidiera no viajar ese día", confesó.

Llegó a Doha y fue al estadio. "Durante el partido estuve detrás del arco donde se marcaron casi todos los goles, el mismo arco donde Dibu Martínez hizo la atajada que ya forma parte de la historia", relató. Cuando Argentina ganó, lloró. "No lloré solamente por la victoria. Ni por Messi. Ni siquiera por el fútbol. Lloré porque, por un instante, sentí que todos los Mundiales anteriores estaban allí conmigo".

"Cuando rueda la pelota vuelvo a sentir algo familiar. En algún lugar sigue existiendo aquel chico que se ponía una camiseta de Goycochea demasiado grande", concluyó. "Quizá esa sea la verdadera razón por la que seguimos viendo Mundiales. No para recordar a los campeones. Sino para recordar quiénes somos. El resto es azar".

Fuente: Lanacion.

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