Economía

El crédito vuelve a crecer en la Argentina: claves para una sociedad de propietarios

Tras años de escasez, el financiamiento al sector privado repunta y se consolida como pilar del crecimiento económico.

Redacción6 min de lectura
Hacia una sociedad de propietarios

Durante décadas, los argentinos convivieron con una anomalía que, por repetida, terminó pareciendo normal: una economía prácticamente sin crédito. Comprar una vivienda o financiar una inversión era un privilegio reservado a quienes ya tenían capital o accedían a líneas subsidiadas. Para el común de la gente, la regla era ahorrar primero y comprar después, pero en una economía inflacionaria ese "después" podía no llegar nunca.

El sistema castigaba al ahorrista: las tasas bancarias quedaban por debajo de la inflación, empujando a refugiarse en el dólar, el ladrillo o el consumo anticipado. A la vez, se desarrolló una cultura del crédito basada en la expectativa de su licuación, donde endeudarse con tasas artificialmente bajas podía ser un gran negocio si la inflación reducía el valor real de las cuotas.

Un sistema crediticio sano requiere lo contrario: que ahorrar sea razonable, que quien deposita reciba una remuneración adecuada, que quien toma prestado asuma que devolverá lo recibido y que el banco gane por intermediar correctamente. Parece elemental, pero en la Argentina, durante demasiado tiempo, no lo fue.

Por eso, uno de los cambios más importantes que está experimentando la economía argentina merece más elogio del que recibe: el crédito al sector privado está volviendo a crecer. En julio, el crédito bancario en pesos alcanzó el 9,2% del PBI y, sumando los préstamos en moneda extranjera, llegó al 12,5%.

Seguimos, sin embargo, rezagados. Según la definición del Banco Mundial, en 2024 el crédito al sector privado sobre PBI equivalía al 40% en Perú, 76% en Brasil y 104% en Chile. En Estados Unidos superaba el 200%.

En materia hipotecaria, la distancia es todavía más impresionante. El stock de estos créditos apenas supera el 1% del PBI argentino, contra alrededor del 27% en Chile y el 50% en Estados Unidos. Un país vecino tiene así un mercado hipotecario, en relación con su economía, más de veinte veces mayor que el nuestro.

¿Cómo llegamos hasta aquí? La respuesta está principalmente en el déficit fiscal crónico. Durante muchos años, y muy especialmente bajo el modelo kirchnerista, el Estado funcionó como una gigantesca aspiradora de los recursos disponibles. El déficit se financiaba con emisión monetaria, endeudamiento del Tesoro o recursos del Banco Central y del sistema financiero.

Para los bancos, prestar al Estado a tasas elevadas y con bajo consumo de capital era la mayoría de las veces más atractivo que asumir el riesgo de financiar una pyme, una familia o una inversión a largo plazo. Se produjo el fenómeno conocido como crowding out: el sector público desplazó al privado del mercado de crédito. El escaso ahorro de los argentinos terminaba financiando al Estado en lugar de viviendas, máquinas, comercios y empresas.

El equilibrio de las cuentas públicas iniciado durante la presidencia de Javier Milei cambia profundamente esa ecuación. Un Estado que no gasta sistemáticamente más de lo que recauda deja de competir por cada peso disponible. El ahorro crece y puede volver a buscar al sector privado. Dicho sencillamente: los bancos pueden volver a trabajar de bancos.

Probablemente sea en el crédito hipotecario donde este proceso tenga su manifestación social más visible. Durante 2017 y comienzos de 2018, en el gobierno de Mauricio Macri, los créditos UVA produjeron una verdadera primavera hipotecaria. Decenas de miles de familias pudieron comprar su vivienda. La posterior crisis macroeconómica interrumpió aquel proceso y complicó a los deudores con la explosión inflacionaria.

A partir de 2024 el crédito reapareció. Desde entonces y hasta el primer semestre de 2026, cerca de 65.000 familias accedieron a un crédito hipotecario.

En ese contexto adquiere especial importancia el reciente programa del Fondo de Garantía de Sustentabilidad, que a partir de hoy colocará recursos mediante licitaciones de depósitos a plazo fijo UVA en los bancos para financiar créditos hipotecarios para primera vivienda. El mecanismo ataca un problema estructural: es difícil prestar a veinte o treinta años cuando buena parte de los depósitos puede retirarse en plazos mucho más breves.

Según las estimaciones difundidas, esos recursos podrían traducirse en 20.000 nuevas hipotecas. Detrás de cada crédito hay argentinos que sueñan: serán 20.000 familias más que transformarán ingresos futuros en patrimonio presente. Y esto es sólo el comienzo.

Hay una idea más profunda detrás de todo esto: construir una sociedad de propietarios. La vivienda propia es, en buena parte del mundo, la principal forma de acumulación patrimonial de la clase media. Una familia que paga durante veinte años una hipoteca no sólo resuelve dónde vivir: acumula capital y termina siendo propietaria de un activo que puede conservar, vender, alquilar o transmitir a sus hijos.

El razonamiento se extiende a toda la economía. El comerciante que amplía su local, el profesional que financia equipamiento, el productor que compra una máquina o la empresa que construye una planta utilizan el crédito para adelantar inversiones que generarán ingresos futuros.

Allí aparece uno de los motores del crecimiento: el ahorro se transforma en crédito; el crédito, en inversión; la inversión aumenta el capital y la productividad, y una mayor productividad permite que los salarios reales crezcan de manera sostenible. Se genera un círculo virtuoso: la estabilidad fomenta el ahorro, el ahorro permite más crédito, el crédito genera inversión y la inversión aumenta los ingresos.

Por supuesto, la expansión del crédito trae desafíos. Después de tantos años de desintermediación, bancos, empresas y familias deberán reaprender a administrar el riesgo. Habrá mora y errores al prestar y endeudarse. Será necesario mejorar la evaluación crediticia y evitar el sobreendeudamiento. El crecimiento del crédito requiere prudencia, profesionalismo y buena regulación.

Pero sería un error concluir que el crédito es el problema. Las sociedades prósperas no son aquéllas donde nadie se endeuda, sino aquellas donde una familia con ingresos previsibles puede financiar una vivienda a veinte años y una empresa con un buen proyecto no necesita acumular previamente todo el capital para realizarlo.

Para avanzar existe una condición que precede a todas las demás: preservar la estabilidad macroeconómica, pilar del programa económico de Javier Milei y su ministro Luis Caputo. No hay crédito de largo plazo en una economía que periódicamente destruye su moneda, ni ahorro profundo cuando el ahorrista debe pensar permanentemente cómo defenderse de la inflación, una devaluación o un cambio arbitrario de las reglas.

Por eso, el equilibrio fiscal tiene consecuencias que van mucho más allá de la estadística. Que el Estado deje de ser una aspiradora de crédito significa que esos recursos pueden financiar una casa, una máquina, un comercio o una fábrica. La estabilidad no es un fin en sí mismo, sino el cimiento para que los argentinos puedan volver a soñar con proyectos de largo plazo.

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