Opinión

El decoro judicial: la confianza pública en juego

La designación de allegados a jueces y la falta de excusaciones erosionan la credibilidad de la Justicia.

Redacción2 min de lectura
Decoro

La confianza pública en el Poder Judicial se sostiene no solo en la imparcialidad de los jueces, sino también en la apariencia de imparcialidad. Cuando un magistrado evita excusarse en causas donde existen vínculos personales o políticos, la autoridad de sus decisiones se ve comprometida, aunque sean legalmente válidas.

El reciente nombramiento de la esposa del juez federal Marcelo Martínez de Giorgi, quien investiga una causa con posibles intereses del poder, reavivó el debate. No se discute la capacidad de la magistrada, sino la conveniencia de que un juez con ese perfil no genere sospechas sobre su independencia.

La cultura jurídica occidental establece que la imparcialidad no basta; también debe existir la apariencia de imparcialidad. La Justicia no solo debe hacerse, debe verse que se hace. Es una exigencia institucional, no estética.

En ese marco, el juez Diego Barroetaveña tampoco se excusó en una causa vinculada a la fiesta en la mansión de Pilar del juez Carlos Mahiques, donde asistió. Como integrante de la Cámara de Casación, aceptó la queja para que la propiedad quedara en el juzgado de Campana, tal como pedían los imputados.

Otro caso es el del juez federal de La Plata Ernesto Kreplak, a cargo de la causa del fentanilo mortal, que ya dejó 90 víctimas. Su hermano, Nicolás Kreplak, es ministro de Salud bonaerense, provincia que compraba el producto a la droguería Alfarma, de los hermanos García Furfaro, detenidos. Pese al vínculo, no se excusó.

Los códigos regulan incompatibilidades; la ética exige renuncias. La recusación protege a las partes; la excusación, al juez; el decoro, a la Justicia y a los ciudadanos. Como dice la máxima tradicional, la mujer del César no solo debe ser honesta, sino también parecerlo.

El conflicto de intereses no comienza cuando se demuestra una influencia indebida, sino cuando los ciudadanos tienen motivos razonables para sospechar. La confianza pública se erosiona cuando el sistema tolera situaciones que cualquier observador imparcial percibe como incompatibles con la independencia judicial.

Las repúblicas no se sostienen solo con leyes, sino con convenciones de conducta que revelan la calidad institucional. Existen decisiones legales pero profundamente inconvenientes porque erosionan un capital difícil de reconstruir: la confianza.

El deterioro institucional argentino comenzó cuando dejamos de preguntarnos qué correspondía hacer y nos limitamos a qué era posible sin violar la ley. Esa diferencia es la distancia entre la ética y la legalidad.

Lo preocupante no es que estas situaciones ocurran, sino que ya no sorprendan. Cuando una sociedad deja de escandalizarse, el deterioro se convierte en una mala costumbre. Montesquieu escribió que la virtud política es una renuncia a sí mismo. El decoro es autocontención: renunciar a un derecho para preservar un valor superior.

Las instituciones no mueren cuando se viola la ley, sino cuando la falta de decoro deja de escandalizar.

Fuente: LA NACION

Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.

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