El Fantasma de la Ópera cumple 40 años: el musical que no deja de acechar
Se estrenó el 9 de octubre de 1986 en el Her Majesty's Theatre de Londres y sigue generando giras, libros y versiones inmersivas en todo el mundo.

El 9 de octubre de 1986, en el Her Majesty's Theatre de Londres, se estrenó El Fantasma de la Ópera, el musical de Andrew Lloyd Webber que se convirtió en uno de los fenómenos más persistentes del teatro musical. Cuatro décadas después, el deforme y enamoradizo Erik vuelve a las andadas por el mundo: hay funciones y giras de Norteamérica a Asia, con un regreso sonado a Shanghái encabezado por Ramin Karimloo, uno de sus intérpretes históricos.
En Nueva York, Masquerade, la versión inmersiva del espectáculo, tomó el nombre del célebre número del segundo acto y propone que mirar desde la butaca ya no alcanza: ubica al público en salones, corredores y escondrijos de la Ópera, con su escurridizo morador desfigurado respirándoles en la nuca a los espectadores.
La efeméride también llega con abundante letra impresa. Our Strange Duet, novela y audiolibro de Erin A. Craig, le entrega las riendas de la trama a Christine, la joven soprano que despierta la obsesión del misterioso habitante de los subsuelos. A Behind-the-Mask Look at the Global Phenomenon hurga en cuatro décadas de archivos, fotografías inéditas y recuerdos. Habrá además varios volúmenes ilustrados de la colección Little Golden Book para pequeños lectores ya entrenados en el género fantástico y de terror.
Detrás de todo esto está Andrew Lloyd Webber, hoy de 78 años, uno de los compositores más exitosos del género. Nacido en Londres en 1948, hijo de un compositor y de una profesora de piano, creció en una casa donde el silencio era escaso. Construyó un teatro de juguete, reclutó a su hermano Julian para mover personajes y decorados y montó allí sus propios espectáculos. Uno de ellos, inspirado en La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, recibió el título de A Musical of Gigantic Importance. Tenía menos de diez años.
Para Lloyd Webber, Puccini, Rodgers y Hammerstein, el rock y el pop nunca habitaron compartimentos estancos. Ese eclecticismo alimentó Jesucristo Superstar, la ópera rock sobre los últimos días del Mesías; Evita, la muy fantaseada bío de Eva Perón; o Cats, la conversión en musical de los poemas felinos de T.S. Eliot. Canciones como “Superstar”, “Memory” o “Don’t Cry for Me Argentina” quedaron en el oído colectivo.
A mediados de los 80 le llegó el turno al Fantasma. Lloyd Webber se aplicó con esmero: poco antes del debut, el crítico Michael Billington encontró catorce borradores de la obra desperdigados por su oficina. El compositor buscaba aún “la estructura musical perfecta”. El punto de partida fue Le Fantôme de l’Opéra, la novela que el escritor y periodista francés Gaston Leroux publicó a comienzos del siglo XX, y que Andrew leyó sin demasiadas reverencias. “Me pareció un libro extremadamente confuso: no logra decidirse entre el relato policial, de terror, una gran historia de amor o algo que simplemente pretende ser bastante gracioso”, declaró. Sus palabras levantaron cejas en Francia, donde la novela es adorada.
Acaso por esas opiniones, su Phantom tardó décadas en intentar pisar suelo galo. Cuando por fin iba a hacerlo, en 2016, un incendio dañó el escenario y los decorados, y el estreno en el teatro Mogador fue suspendido. Lloyd Webber contó que un supuesto espíritu se había instalado en su hogar londinense: tomaba sus libretos y los dejaba apilados en los lugares más insospechados. No le quedó otra que llamar a un sacerdote para que bendijera la vivienda.
Ya terminada su histórica sociedad con Tim Rice, Lloyd Webber contó con nuevos cómplices: Richard Stilgoe colaboró en el libreto, el joven Charles Hart puso palabras a las canciones y Harold Prince, viejo conocido desde Evita, dirigió. Michael Crawford fue el hombre detrás de la máscara; Sarah Brightman, por entonces pareja del compositor, encarnó a Christine.
La historia original nació antes. Corría septiembre de 1909 cuando el diario parisino Le Gaulois comenzó a publicar por entregas Le Fantôme de l’Opéra. Leroux (1868-1927) alternaba la literatura con el periodismo y se valió de ambos oficios: decía haber investigado una serie de hechos extraños ocurridos en el Palais Garnier, la sede de la Ópera de París que Napoleón III había soñado como joya de su imperio, y presentaba la novela casi como el resultado de sus pesquisas. Durante cinco meses, los lectores siguieron aquel folletín que mezclaba crimen, suspenso, misterio y romance.
En el centro, Erik: el varón de rostro monstruoso, genio de la arquitectura, la magia y la música, que vive oculto en los laberínticos subsuelos de la Ópera. Hasta que se enamora de Christine Daaé, una joven soprano a la que instruye en secreto. Un flechazo desdichado, no correspondido, ya que ella ama al joven vizconde Raoul de Chagny. Lo que sigue incluye secuestro, trampas, espejos, persecuciones, asesinatos y una guarida muy bien amueblada a orillas de un río subterráneo.
Tal fue el impacto de esa fantasía que todavía hay quien cree que ese río existe. En realidad se trata de una gran cisterna construida bajo el edificio. Cuarenta años después del estreno londinense, el fantasma sigue acechando desde el resguardo de su palco, con récords en Broadway y el West End, y una máquina de hacer dividendos que no se detiene.
Por qué importa
El musical redefinió el teatro musical global y sostiene una industria de giras, ediciones y experiencias inmersivas cuatro décadas después. Su vigencia muestra cómo un clásico literario francés se recicla en producto cultural masivo.
Qué sigue
El regreso a Shanghái con Ramin Karimloo y las nuevas publicaciones marcan la agenda del aniversario. Habrá que ver si el estreno pendiente en Francia, frustrado por el incendio de 2016, encuentra finalmente su oportunidad.
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