La ópera de tres centavos: la sátira de Brecht y Weill vuelve al Teatro Alvear con una puesta mixta
La nueva versión, coproducción del Colón y el CTBA, maximiza la vigencia de la crítica social pese a los desajustes vocales.

El jueves se estrenó en el Teatro Alvear la cuarta versión local de La ópera de tres centavos, la célebre sátira musical de Bertolt Brecht y Kurt Weill. La puesta, dirigida por Gabriel Calderón, es la primera coproducción entre el Teatro Colón y el Complejo Teatral de Buenos Aires. Con funciones hasta el 9 de septiembre, el espectáculo apuesta a una mixtura entre ópera y musical que, según la crítica, genera luces y sombras.
La obra, estrenada en Berlín en 1928, es una de las piezas más emblemáticas del teatro mundial. Inspirada en The Beggar's Opera de John Gay, Brecht la transformó en una feroz crítica al capitalismo. En esta oportunidad, la versión local incorpora alusiones contemporáneas como “hoy atacan a los pobres, a los discapacitados y a los jubilados”, que resuenan con fuerza en el contexto actual.
El elenco está encabezado por Roberto Peloni como Macheath y Rocío Noziglia como Lucy, quienes logran sortear las exigencias vocales de la partitura de Weill. Sin embargo, la mayoría de los intérpretes, con formación en musicales, lucen forzados al abordar un registro lírico. Esta decisión de puesta es señalada como el principal déficit del espectáculo.
La escenografía de Lucía Tayler resulta aparatosa y limita el desplazamiento de los actores. El vestuario, aunque no es vistoso, actualiza la historia. La orquesta de 12 músicos, perteneciente a alguna de las tres del Teatro Colón, se destaca con un gran desempeño que sostiene la función.
Pese a los desajustes, la fuerza de esta versión radica en la vigencia de su denuncia. La dirección de Calderón maximiza el mensaje virulento del texto original, con una traducción y adaptación de Annie Reney y Onofre Lovero. Así, la obra se convierte en un espejo de las desigualdades sociales que aún persisten.
Las anteriores versiones locales, de 1957, 1988 y 2004, tuvieron un enfoque más efectivo al no exigir a sus intérpretes un registro que no dominaban. Esta vez, la apuesta mixta genera un resultado irregular, aunque no opaca la relevancia de un clásico que sigue interpelando al público.
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