Cultura

El poncho, la prenda gaucha que también fue moda en la Buenos Aires virreinal

Un recorrido histórico por el uso del poncho en la ciudad, desde los viajeros del siglo XVIII hasta las testamentarias de la época colonial.

Redacción3 min de lectura
La pilcha gaucha que hace más de dos siglos se usa en las pampas

El poncho es una prenda que se asocia al gaucho y que fue casi obligatoria entre la gente de campo, pero también se usó en Buenos Aires hace dos siglos. De hecho, su presencia en la ciudad quedó registrada en crónicas de viajeros y en documentos de la época virreinal.

Un ejemplo de ello es la descripción del cura portugués Pedro Pereira Fernándes de Mesquita, quien residió en Buenos Aires como prisionero tras la toma de la Colonia del Sacramento por don Pedro de Cevallos. En sus escritos, observó que en las procesiones de Semana Santa, los hombres que formaban las filas iban "revestidos con sus capotes o ponchos y gorros blancos". Aunque se trataba de una tradición española, lo llamativo era que usaban ponchos en lugar de capas.

Un estudio de Nelly Porro y otras autoras sobre 54 ponchos de la época reveló que la mitad eran de color blanco, seguidos por los pardos o plomizos, azules y colorados. Esta diversidad de tonos muestra que la prenda no era exclusiva de un sector social.

En su memoria de 1783, el capitán Juan Francisco de Aguirre coincidía con lo afirmado por Bounganville: "se monta a caballo para ir de una esquina a otra". Aguirre señalaba que "todos sus hijos montan a caballo, pero se puede decir que ya lo más general es únicamente para fuera de la ciudad, pues en el mismo sentido se anda a pie unos de capa y otros en cuerpo [con poncho] hechos unos gentiles petrimetres".

Los oficiales de la marina española José de Espinosa y Francisco Bauzá, que integraron la expedición científica liderada por Alejandro Malaspina, dejaron un diario de viaje desde Mendoza a Buenos Aires en 1794, conservado en el Museo Británico. Allí se menciona que los jóvenes de la ciudad "gustan montar en briosos caballos y se engalanan con ponchos bordados magníficamente".

El quiteño Antonio Alcedo y Bejarano, en su "Diccionario Geográfico de las Indias Occidentales o América", describió el poncho como una "manta cuadrada que usan en América Meridional... tiene en el centro una abertura por donde entra la cabeza y queda colgando por todas partes". Señaló que algunos estaban "bordados de seda, y de oro y plata costosísimos", y que también los usaban algunas señoras.

Los precios variaban según la calidad: los comunes costaban hasta 4 reales; los ponchos pala, de 3 a 7 pesos; los calamacos, entre 9 y 20 pesos; y los balandranes, de 30 a 50 pesos.

La presencia del poncho en el guardarropa femenino está documentada en testamentarias de importantes mujeres porteñas. María Martina Pereyra de Lucena, fallecida en 1799 a los 57 años, poseía uno. También se menciona en la carta de dote que firmó don Juan José de Lezica y Torrezuri en 1783 para su hija Juana Nepomucena. Otras mujeres como Rosa Tagle y Bracho, Lucía Magallanes, Clara R. Díaz y María Francisca Ferreira también contaban con la prenda.

En el caso de los hombres, se encontraron 103 ponchos en sucesiones y documentos de la época virreinal. Entre sus dueños estaban Fernando Caviedes, Manuel Martínez de Ochagavía, Tomás de Arroyo, el abogado Claudio Rospigliosi, e incluso estancieros como don Clemente López de Osornio y Januario Fernández do Eijo, propietarios de grandes extensiones en el pago de la Magdalena.

El valor sentimental de la prenda se refleja en un gasto registrado por el tercer virrey del Río de la Plata, don Nicolás del Campo, marqués de Loreto, quien pagó dos pesos el 30 de abril de 1786 "por un poncho de un cautivo rescatado".

El uso del poncho continuó en la ciudad durante el siglo XIX. En la novela "Amalia", de José Mármol, el padre de Daniel Bello aparece "cubierto con un poncho oscuro". Justo José de Urquiza entró a Buenos Aires después de Caseros vistiendo "poncho blanco corto sobre la casaca militar y pantalón con franja de oro", según recordó Antonio Zinny. Algunos consideraron esa prenda una ofensa para los porteños, pero su uso era una costumbre arraigada desde la época virreinal.

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