La noche está marchándose ya: un refugio en la sala de cine
La ópera prima de los cordobeses Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas retrata un cineclub en crisis y convierte la sala en un abrazo posible.

Una sala de cine puede ser muchas cosas: un pasatiempo, un rito, una salida. Para algunos, también un refugio. Eso es lo que propone La noche está marchándose ya, ópera prima de los cordobeses Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas, que ya se proyectó en el Centro Cultural San Martín y desde hace cuatro meses integra la programación de cine del Malba.
La película cuenta la historia de Pelu, un joven proyectorista de un cineclub que pierde su puesto por los recortes presupuestarios y acepta quedarse como sereno del lugar. Cuando complicaciones con el pago de un alquiler lo dejan en la calle, decide instalarse con un colchón en un área olvidada del edificio. En medio de la desgracia, consigue un sueño: cada noche tiene el cineclub, y sus películas, para él solo.
Filmada en las instalaciones del Cineclub Municipal Hugo del Carril de la ciudad de Córdoba, la ficción se enmarca en una crisis económica que no tiene nada de ficcional. Los recortes presupuestarios presionan sobre el cineclub y empujan a Pelu a una situación límite. La película narra ese deterioro con una ternura sobria, cercana a la del neorrealismo italiano.
El blanco y negro de La noche está marchándose ya dialoga con el blanco y negro de los clásicos que Pelu proyecta y mira: Los tallos amargos, de Fernando Ayala; La venganza del bergantín, de Edward Ludwig; Buenos días, de Yasujirō Ozu, entre otras. Los fantasmas que animan la pantalla funcionan como el sueño diurno que lo cobija frente a lo inexorable del derrumbe.
Desde el parco Pelu hasta la desinhibida Vero o los lavacoches que pedirán asilo, todos son entrañables buscavidas. No hay estridencias: solo el modo en que unos intentan ayudar a los otros y el silencio con que, cada noche, dejan que las películas les hablen.
La historia recupera una experiencia que muchas generaciones reconocen. Durante los años que siguieron al retorno de la democracia, la Sala Lugones ofrecía funciones de cine gratuitas al mediodía. Allí convivían cinéfilos, jubilados, estudiantes que rateaban el colegio y personas sin techo que se acomodaban entre las butacas del fondo. Nadie interactuaba con nadie. Al final de la función, cada uno se levantaba y seguía con su vida. Durante una o dos horas, la sala los había preservado del ruido externo, del frío o la lluvia, de la propia historia y de sus carencias.
Ese recuerdo vuelve con la película de Sonzini y Salinas. Lo que nos marca a cierta edad condiciona de por vida, y también define qué espacios públicos sostenemos. La sala de cine como zona de protección, como forma del abrazo, como algo cercano al hogar: una idea que la crisis vuelve urgente.
Por qué importa
La película pone en escena el impacto de los recortes presupuestarios sobre los espacios culturales públicos y comunitarios. También recupera el valor del cineclub como refugio colectivo frente a la crisis económica.
Qué sigue
La película continúa en la programación del Malba, donde lleva cuatro meses en cartel. El futuro de los cineclubes públicos y de sus presupuestos sigue siendo el telón de fondo de un debate abierto.
Fuente: LA NACION
Nota redactada con asistencia de inteligencia artificial y editada por nuestra redacción. Cómo usamos IA.
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