El rencor: una herida emocional que enferma el cuerpo
Guardar rencor activa mecanismos nocivos que impactan en el corazón, el sistema inmune y hasta a nivel celular.

El rencor es una emoción compleja que surge cuando una persona siente que sufrió una ofensa, una injusticia o una humillación que considera injusta. A diferencia de la ira, que suele ser intensa pero breve, el rencor implica conservar activamente el recuerdo de lo ocurrido y volver mentalmente sobre él. Su origen puede ser una traición, una separación, una decepción o un conflicto familiar, y su duración es variable pero prolongada, ya que puede persistir incluso décadas.
El rencor no es un sentimiento pasajero, sino una memoria duradera. Quien recuerda una ofensa y logra dejarla atrás no queda atrapado, pero la persona rencorosa sí: el agravio se repite una y otra vez con la misma intensidad del primer día. Ese pasado que no se procesa ni se distancia de la conciencia no se queda quieto, sino que actúa sobre el cuerpo día tras día, como si el organismo entero estuviera todavía bajo ataque.
El primer efecto se nota en el corazón y los vasos sanguíneos. El rencor sostenido eleva la presión arterial de manera crónica, acelera la frecuencia cardíaca incluso en reposo y aumenta el riesgo de enfermedad coronaria y de infarto. El cuerpo interpreta la ofensa recordada como una amenaza presente y responde activando una y otra vez los circuitos de alarma que se dispararían ante un peligro real e inmediato.
Ese estado de alerta permanente tiene un costo hormonal. El cortisol se mantiene elevado más tiempo del que debería, y esa elevación sostenida altera el sueño, concentra el peso en la zona abdominal y vuelve al organismo más resistente a la insulina, lo que allana el camino hacia trastornos metabólicos. Mientras tanto, el sistema inmunológico, exigido de forma constante, empieza a fallar: bajan las defensas frente a infecciones y aumenta la inflamación de bajo grado, esa inflamación silenciosa que hoy se vincula con un amplio abanico de enfermedades crónicas.
El cuerpo también se tensa de manera literal. El cuello, la mandíbula y la espalda acumulan una rigidez que no cede, y de ahí derivan las cefaleas tensionales que muchas veces no encuentran explicación médica clara, porque su origen no está en el músculo sino en la historia que ese músculo sostiene. El sistema digestivo, tan sensible al estado emocional a través del eje intestino-cerebro, también se resiente. Y a todo esto se suma una fatiga que no se explica por el esfuerzo físico, sino por el desgaste de sostener, sin pausa, un estado de alerta que debería ser transitorio y se volvió permanente.
Incluso a nivel celular el rencor parece dejar huella: guardar rencor envejece. No existe evidencia clara para afirmar que el rencor, por sí mismo, cause una enfermedad determinada, pero sí que es una experiencia psicológica capaz de mantener activados mecanismos nada saludables para el organismo. Por eso resulta tan certera la vieja imagen que compara al rencor con beber un veneno esperando que el otro muera. El otro, muchas veces, ni se entera, pero el cuerpo que paga la factura es siempre el propio.
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