El submarino revolucionario que un estadounidense ofreció a la Primera Junta en 1810
Samuel William Taber llegó a Buenos Aires con planos de una máquina submarina para hundir barcos españoles, pero fue capturado cuando intentaba regresar de una misión de espionaje.


Samuel William Taber, comerciante estadounidense de 30 años, llegó a Buenos Aires en diciembre de 1810 proveniente de Cádiz. Lo que comenzó como una búsqueda de negocios lucrativos se transformó en un compromiso revolucionario cuando el joven de ideas liberales se enamoró de la gesta emancipatoria porteña y decidió sumarse a la causa de la Primera Junta de Gobierno.
Además de mercader experimentado, Taber tenía dotes de inventor. Traía consigo los planos de un proyecto ambicioso: una máquina submarina diseñada para hundir las naves españolas que asolaban el comercio fluvial desde Montevideo. En un contexto donde los barcos realistas controlaban el Río de la Plata, esta propuesta resultó atractiva para las autoridades revolucionarias.
Cornelio Saavedra, presidente de la Junta, y Miguel de Azcuénaga, vocal, analizaron los planos y aprobaron la iniciativa. El artefacto, aunque nunca fue construido en su totalidad, respondía a tecnología militar ya conocida en Estados Unidos y Francia, pero sería la primera máquina de este tipo que se intentaba fabricar en América del Sur.
Los historiadores describen el submarino como un aparato con forma de caparazón de tortuga, enteramente de madera, accionado de forma manual. Contaba con manivelas para mover las hélices horizontales y las aspas para ascender o descender. Su característica más letal era un taladro en la proa para perforar cascos enemigos, acompañado de un dispositivo para colocar explosivos.
Taber se ofreció a financiar con su propio dinero los gastos de materiales y construcción. Esta muestra de compromiso fue recibida con gratitud por los patriotas de Mayo. Sin embargo, los planes cambiaron cuando Francisco Javier de Elío, designado virrey del Río de la Plata por la Junta de Cádiz, trasladó la capital del virreinato a Montevideo el 19 de enero de 1811.
La Primera Junta necesitaba información sobre la situación realista en la Banda Oriental. Eligieron a Taber para una misión de espionaje: viajar a Montevideo, evaluar la potencia bélica enemiga, los recursos económicos y sus planes militares. El estadounidense, desconocido para los españoles y dispuesto a asumir riesgos, era el candidato ideal. Aprovechó también para identificar un bergantín y una fragata que los realistas usaban como depósito de pólvora, objetivos que el submarino atacaría en caso de estar operativo.
Concluida su misión en Montevideo, Taber decidió retornar a Buenos Aires para continuar el desarrollo de su invento. Arrendó un pequeño bote y se subió junto a otros oficiales que huían de la nueva capital virreinal. Pero cuando la embarcación estaba por abandonar el puerto, fue interceptada por una patrulla de marinos realistas. Todos fueron detenidos.
Las autoridades españolas lo acusaron de haber sobornado a funcionarios portuarios para desertar hacia filas enemigas. Fue encadenado y trasladado a prisión bajo condiciones deplorables. En una carta posterior, Taber describió su cautiverio: "Durante mi incomunicación, con una barra de grillos, en un calabozo inmundo que medía siete pies por ocho, no vi la luz del cielo sino las pocas veces que se me llamó a prestar declaración".
Pasó numerosas jornadas soportando insultos de sus carceleros, alimentado únicamente con pan, carne seca y agua. El destino final del inventor estadounidense y su revolucionario submarino quedó perdido en los recovecos de la historia rioplatense, sepultado en los archivos de una época donde la innovación tecnológica y la política se entrelazaban en la lucha por la independencia.
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