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Gustave, el cocodrilo que habría matado a 300 personas y sigue sin ser capturado

El reptil de seis metros y unos 900 kilos aterrorizó a las comunidades del río Ruzizi y el lago Tanganica desde fines de los 80. Desde 2019 no hay registros de él.

Redacción••3 min de lectura
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Gustave, el cocodrilo que habría matado a 300 personas y sigue sin ser capturado

Un cocodrilo del Nilo de unos seis metros de largo y cerca de 900 kilos se convirtió desde fines de la década del 80 en el depredador más temido de una región de África central. Conocido como Gustave, se le atribuye la muerte de más de 300 personas en las costas del río Ruzizi y el norte del lago Tanganica, cerca de Buyumbura, en Burundi. Nunca pudo ser capturado.

Los primeros ataques documentados datan de 1987 y se multiplicaron durante los años 90. La mayoría de sus víctimas eran pescadores o personas que se acercaban a la orilla a buscar agua, según los registros de investigadores y avistadores que siguieron su rastro durante décadas.

Su cuerpo llevaba las marcas de esa persecución: varias cicatrices en el costado derecho por ráfagas de ametralladora y una lesión rosada en el hombro, probablemente causada por una lanza o un arpón casero. El documental Capturing the Killer Croc, de 2004, sumó otro detalle llamativo: dos protuberancias óseas en la parte superior de la cabeza que parecían haberse fusionado en la nuca.

Una de las conductas que más desconcertó a los especialistas fue que mataba más de lo que podía comer. La explicación más aceptada no apunta a la crueldad sino a la física: su tamaño le impedía ejecutar con eficacia el mecanismo habitual de los cocodrilos, que consiste en sumergir y ahogar a la presa para después desmembrarla. Al no lograrlo, el ataque terminaba con la vida del animal sin que hubiera alimento de por medio.

Entre los episodios más violentos que se le atribuyen figuran dos ataques contra un hipopótamo y una vaca adulta, registrados por observadores profesionales. Esa combinación de porte, sigilo y ferocidad alimentó su fama mucho más allá de las fronteras africanas.

A mediados de los años 2000, la figura de Gustave ya había dejado de ser solo la de un animal peligroso. Comunidades locales empezaron a referirse a él como un espíritu o una deidad de las aguas, una presencia que había llegado al río para proteger el territorio y que imponía sus reglas. Muchos pescadores dejaron de navegar en determinados horarios y días, no solo por seguridad sino también por respeto a ese dominio.

Las trampas con cebos se sucedieron durante años sin resultado. Esa capacidad para esquivarlas consolidó la idea de una inteligencia casi sobrenatural, una percepción que los relatos locales fueron agrandando con el tiempo.

En 2019 comenzaron a circular versiones sobre su muerte en los cañaverales del lago Tanganica. El problema es que el cadáver nunca apareció: no hubo restos para estudiar ni confirmación alguna. La ausencia de registros desde entonces dejó abiertas las dos hipótesis, la de un animal que murió lejos de la vista de todos y la de un reptil que sigue merodeando las mismas aguas.

Ese vacío reforzó la dimensión mítica del caso. Para buena parte de los habitantes de la zona, Gustave nunca fue solo un cocodrilo enorme: encarnó la resistencia de un ecosistema frente al avance humano sobre las costas. La historia también dialoga con otras construcciones culturales que mezclan naturaleza y relato, como la que explora el vínculo entre las personas y los animales a lo largo del tiempo.

Con más de 50 años de vida estimados, el destino final del reptil sigue siendo un misterio. Lo que queda es un expediente de ataques, cicatrices de bala, documentales y una cifra que nunca pudo verificarse del todo pero que se repite desde hace tres décadas: 300 muertes atribuidas a un solo animal.

Por qué importa

El caso muestra cómo un animal puede convertirse en símbolo de un territorio y en objeto de mito cuando la ciencia no logra cerrar el expediente. La ausencia de restos impide confirmar su muerte y deja abierta la discusión sobre el impacto real de los ataques.

Qué sigue

Sin cadáver ni registros recientes, la confirmación de su muerte depende de algún avistamiento o hallazgo fortuito en la zona del lago Tanganica. Mientras tanto, las comunidades costeras mantienen sus precauciones.

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